No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 12 · ABRIL
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CAPÍTULO 12 · ABRIL

Biel besaba enfadado.

No conmigo. No solo conmigo. Con los años, con la habitación de arriba, con la caja metálica abierta sobre la mesa, con el correo del comprador encendido en mi móvil y con esa parte suya que todavía creía que quedarse quieto podía salvar algo.

Yo lo besé peor.

Tenía las manos en su camiseta y no sabía si tiraba de él para acercarlo o para culparlo de obedecer.

Él me sostuvo la cara con los dedos manchados de trabajo, pulgar cerca de la comisura, palma caliente en mi cuello.

La puerta estaba abierta. La ventana también.

Abajo había gente. El ventilador muerto nos miraba desde una silla plegable y la libreta de Lola seguía sobre la mesa, con mi nombre escondido dentro.

Todo estaba mal elegido.

Por eso mi cuerpo dejó de discutir.

—Para —dijo Biel contra mi boca.

No se apartó del todo. Trampa.

—Para tú.

—Abril.

—No me hables con voz de responsable operativo.

Soltó una risa rota, de una sola respiración.

—No tengo una voz para esto.

—Pues aprende.

Volví a besarlo.

Esta vez él me agarró por la cintura y me subió contra la mesa con una facilidad que me dio rabia y calor a la vez. La caja vieja cayó de lado. La libreta de Lola resbaló y chocó contra el suelo con un golpe blando. Un bolígrafo rodó hasta la pata de la silla. Ni uno de los dos miró.

Las rodillas me quedaron abiertas a cada lado de su cuerpo. El borde de la mesa se me clavó en la parte de atrás de los muslos. La madera estaba caliente. Mi camiseta se me pegaba al pecho. La suya olía a jabón barato, sal, sudor y local cerrado.

Biel apoyó la frente en la mía.

—Dime que esto no es por él.

—¿Por el comprador?

—Por la oferta. Por la cláusula. Por miedo.

Le agarré la nuca.

—Esto es por ti, imbécil.

Apretó los párpados un segundo.

Esa frase sí le dio.

—Dilo mejor.

—No sé.

—Inténtalo.

Lo odié un poco por pedirme precisión en mitad de una mesa vieja, con mi muslo contra su cadera y la sangre comportándose como una idiota.

—Es por ti. Porque estás aquí. Porque no entras en el precio. Porque no puedo venderte ni quedarme contigo sin romper algo. Porque llevo días queriendo tocarte y usando cualquier desastre para no decirlo. ¿Así?

Abrió los ojos.

—Así entra.

Me besó otra vez.

Más lento al principio. Luego no. Luego sus manos bajaron a mis muslos, me acercó al borde de la mesa y mi cuerpo chocó contra el suyo con una claridad indecente. Me salió un gemido breve, ridículo, imposible de recoger. Él no se movió.

—¿Sí?

—Sí.

—Necesito que me lo digas claro.

—Sí, Biel. Sí. No pares por hacerte el noble justo ahora.

—No me sale noble.

—Se te nota.

Me mordió el labio. Lo suficiente para que se me escapara otra respiración sin permiso. Le pasé una mano por debajo de la camiseta y encontré piel caliente, espalda dura, una gota de sudor bajando por la columna. Él se tensó cuando le arañé apenas con las uñas.

—Cuidado —dijo.

—No me lleves de la mano.

—Eso no iba como orden.

—Era una queja.

—Era un aviso.

—Qué útil eres siempre.

Me cogió la mano, la bajó hasta su cinturón y me sostuvo allí.

—Puedo ser útil de otras formas.

Eso me hizo reír contra su boca.

Mala idea. Reírme abrió una puerta más peligrosa que cualquier beso.

Biel sonrió y me levantó la camiseta con una paciencia casi cruel.

Me la quité yo antes de que pudiera hacerlo él.

Debajo llevaba un sujetador negro que había elegido por la mañana para parecer adulta, no para acabar sentada sobre una mesa con las bragas mojadas y la caja de Lola de mi madre en el suelo.

Biel miró.

Miró bien.

No con prisa. No como quien consume; como quien reconoce y no sabe si tiene derecho.

—Si me miras así, me voy a cabrear —dije.

—Estás cabreada desde que llegaste.

—No me estudies.

—No estoy estudiando.

—Entonces qué haces.

Me desabrochó el primer botón del pantalón.

—Intento no hacer nada que luego uses contra ti.

Eso me habría roto si no estuviera tan excitada. O quizá me excitó más por eso. Por la torpeza de cuidado metida en una mano que me abría el pantalón.

Le agarré la muñeca.

—Lo voy a usar contra mí igual.

—Abril.

—No puedes salvarme de eso.

—No.

—Entonces quédate aquí.

Se quedó.

Me besó el cuello, justo debajo de la oreja, y todo lo que yo había ordenado durante treinta y tantos años se deshizo en una parte muy concreta del cuerpo. Bajó con la boca por mi garganta, por la línea del sujetador, por la piel sudada del pecho. Me arqueé sin querer y la mesa crujió.

—La mesa —dije.

—La mesa ha visto cosas peores.

—No quiero saberlo.

—Yo tampoco.

Me reí y el sonido se convirtió en gemido cuando me bajó el tirante con los dientes.

Fue sucio.

Fue suyo.

No parecía un hombre de catálogo. No sabía dónde poner el codo, se golpeó la rodilla con la mesa al acercarse más y soltó un “joder” contra mi piel que me hizo apretarlo con los muslos.

Yo tampoco era ninguna fantasía bien iluminada.

Tenía una marca de fregona en el antebrazo, la nuca húmeda, la barriga apretada por el borde de la mesa y miedo.

Mucho. Por debajo de las ganas, por encima, mezclado.

Miedo a que aquello fuera despedida. Miedo a que no lo fuera.

Biel me abrió el sujetador con una mano torpe.

—Has empeorado —dije.

—Hace siete años tenía menos presión administrativa.

La risa me duró medio segundo. Después su boca bajó a mi pecho y la habitación se inclinó. Me agarré a sus hombros. Él me sujetó por la espalda, firme, y me lamió un pezón con tanta calma que tuve que morderme la mano para no hacer ruido.

—No te calles —dijo.

—Hay gente abajo.

—Lo tengo claro.

—Entonces no seas idiota.

—He pedido que no te calles. No que informes a Cala Saurina.

Quise insultarlo. Me tocó entre las piernas por encima del pantalón y se me borró el vocabulario.

—Biel.

—Dime que pare.

—No.

—Dímelo si quieres que pare.

—No quiero.

Me bajó el pantalón lo justo. Las bragas también. Nada elegante. Nada de ropa cayendo con gracia. Un pie se me enganchó en la pernera y casi me desequilibré. Biel me agarró, dejó escapar una risa breve y me besó la rodilla.

—No te rías.

—Estoy intentando no morirme.

—Muy dramático.

—Tú no te estás viendo.

Me tocó con los dedos y dejé de contestar.

La suavidad habría sido mentira. Me tocó despacio al principio, mirándome la cara, buscando la forma en que mi cuerpo decía sí antes que mi boca.

Después aumentó presión, ritmo, intención.

Apoyé una mano atrás, sobre unos papeles, y tiré al suelo media carpeta.

No me importó. Él me acarició más dentro, más exacto, y tuve que apoyar la frente en su hombro para no decir su nombre muy alto.

—¿Así? —preguntó.

—No pares.

—Abril.

—No pares.

Obedeció entonces. Bien. Por fin. Y la obediencia, en ese caso, no me enfadó.

Me atravesó. El calor empezó en la cadera, subió torcido, se me agarró a la nuca.

Le mordí la camiseta. Él murmuró algo que no entendí, una palabra sucia o mi nombre o las dos cosas mal puestas.

Me corrí con los dedos de Biel dentro de mí, la boca contra su hombro, una carpeta clavándoseme en la palma y el ruido del TPV subiendo desde abajo en el peor momento posible.

El TPV se quejó.

Una vez.

Luego otra.

Me empecé a reír sin poder evitarlo.

Biel apoyó la frente en mi pecho.

—Voy a tirarlo al mar.

—No uses el mar para amenazas. Está ocupado fingiendo que esto es una postal.

—Al TPV le da igual.

La risa me dejó floja. El cuerpo también. Biel me besó la clavícula, no con triunfo. Con cuidado. Ese cuidado era lo peligroso. El sexo podía explicarse. El cuidado no.

Le desabroché el cinturón.

Plantó los pies.

—Abril.

—Qué.

—No tienes que…

—Acaba esa frase y te empujo por la escalera.

—Vale.

—De acuerdo.

Le bajé la cremallera. Mi mano temblaba un poco. Me dio rabia. Él lo notó y me cubrió los dedos con los suyos.

—No hay prisa.

—Sí la hay.

—No.

—Hay gente abajo, una oferta encima de la mesa, un comprador intentando comprarte por tramos y mi madre tirada en el suelo dentro de una libreta. Sí hay prisa.

Biel respiró hondo.

—Entonces no.

Se apartó un poco.

Poco, pero bastante para que me doliera.

—¿Perdón?

—Si es prisa, no.

—No me hagas esto.

—Precisamente.

Me bajé de la mesa con las piernas poco fiables y el orgullo peor. Me subí el pantalón, busqué el sujetador, no lo encontré porque estaba medio colgando de la silla. Genial. Muy adulta.

—Ahora vas a decidir tú qué significa.

—No.

—Sí.

—Estoy decidiendo que no quiero follarte con un correo abierto y la sensación de que mañana vas a llamarlo error.

—No sabes lo que voy a hacer mañana.

—Sé lo que hiciste la última vez.

Ahí estaba.

El golpe antiguo.

Me puse el sujetador con torpeza. Me pellizqué la piel con el cierre y solté un insulto. Biel dio un paso, pero no me tocó.

—No uses mi ida cada vez que tienes miedo —dije.

—No uses mi miedo para empujarme a hacer algo rápido.

La puerta de abajo se abrió. Jana gritó:

—¡Abril! ¿Sabes dónde están las bolsas pequeñas?

Los dos nos quedamos quietos.

Yo tenía los pechos aún calientes bajo el sujetador mal puesto, el pantalón torcido y la boca hinchada de él. Biel llevaba la cremallera abierta, la camiseta arrugada y una expresión que habría podido romperme si yo no estuviera ocupada en no romperme sola.

—Detrás del detergente —grité.

Mi voz salió sorprendentemente normal.

Jana contestó desde abajo:

—Gracias. Y no preguntaré por qué contestas con voz de haber hecho ejercicio.

Entorné los ojos.

Biel bajó la cabeza.

—Voy a matarla —murmuré.

—Pide número.

La risa volvió, muy pequeña, y eso nos dio un segundo de no guerra.

Me agaché a recoger la libreta de Lola. Estaba abierta por una página cualquiera. No la leí. La cerré y la dejé sobre la mesa. Luego recogí la caja de Lola.

Biel se abrochó el pantalón en silencio.

—No pienso quedarme con él —dijo.

—Lo sé.

—No. Escúchalo entero.

Alcé la mirada.

—Si vendes, yo me voy de Lola y Sal.

Lo sabía desde la furgoneta.

No lo había entendido hasta verlo ahí, con la boca marcada por la mía y el cuerpo todavía tenso de no haber terminado lo que yo sí había terminado.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—Biel.