No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 11 · BIEL #3
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CAPÍTULO 11 · BIEL #3

—Pero la entiendo.

—Qué desgracia.

Nos quedamos callados.

Detrás de nosotros, el local seguía respirando: vasos, una risa de Jana, Tina diciendo que no quedaba pan, un niño llorando por un helado que no vendíamos. Yo podía haber entrado. Debía haber entrado.

No lo hice.

Abril levantó la mano y me tocó la cicatriz del índice.

Fue poco. Una yema, apenas. Una pregunta sin frase.

—Fue una caja —dije.

—Ya.

—Una caja y una puerta. En agosto. El congelador se había quedado bloqueado. Lola estaba empeñada en sacar género y yo estaba enfadado porque tú no llamabas.

Su dedo no se movió sobre mi mano.

—¿Te lo hiciste por mi culpa?

—No. Me lo hice por idiota.

—Pero estabas enfadado conmigo.

—Eso no es un deporte de riesgo si uno no mete la mano donde no toca.

Abril miró al suelo.

—Lo siento.

No añadió nada. Ni por irme. Ni por no llamar. Ni por la caja. Solo lo siento. Pequeño. Insuficiente. Mucho mejor por eso.

—Ya.

—No sé hacerlo mejor ahora mismo.

—Ya.

Le habría cogido la mano.

No lo hice.

Ella tampoco la apartó enseguida.

Luego el TPV se quejó desde dentro con una crueldad perfecta.

Abril cerró los ojos.

—Voy a matarlo.

—Ponte a la cola.

La tarde terminó tarde. Siempre terminaba tarde. El comprador mandó un correo a las seis y media. Oferta revisada con una cláusula nueva: mejora parcial si Biel Ferrer Sintes aceptaba permanecer tres meses como responsable operativo durante la transición.

Abril leyó el correo en la barra.

Yo lo leí en su cara.

No hizo falta que me enseñara nada.

—Ha puesto la cláusula —dije.

Asintió.

—Sí.

—Contesta que no.

—No me hables con ese aire de mando.

—No es una orden. Es mi parte.

Abril volvió la cara hacia mí.

—Tu parte.

—Sí.

—Vale.

Vale.

La palabra debería haberme aliviado.

En lugar de eso, me dejó una especie de miedo rancio en la boca. Porque Abril acababa de aceptar mi límite, pero la venta no había desaparecido. Solo había perdido una de sus patas. Y cuando algo cojea, en Lola y Sal todos intentan arreglarlo con bridas, deuda o deseo.

Esa noche cerramos sin hablar del correo.

A veces el silencio no es tregua. Es una bolsa cerrada demasiado llena.

A las once y media, Abril subió a la habitación de arriba a buscar la libreta de Lola. Yo subí detrás con una excusa pésima: revisar si el ventilador pequeño se podía arreglar.

El ventilador llevaba roto desde antes de que yo naciera como persona razonable.

Ella estaba de pie junto al cajón, con el correo abierto en el móvil y la caja de galletas sobre la mesa.

—No deberías haber subido —dijo sin girarse.

—Ya.

—Estoy intentando pensar.

—Yo estoy intentando no hacerlo.

Se giró.

La habitación estaba caliente. La ventana abierta no servía para nada. Abajo, Tina y Jana discutían por el cubo de la fregona. Ona reía. Vega hablaba por teléfono en la terraza. El mundo, por una vez, quedaba un piso por debajo.

Abril dejó el móvil sobre la mesa.

—Si vendo sin ti, baja mucho.

—Sí.

—Si no vendo, no sé qué hago.

—Sí.

—Si te quedaras con él, yo podría irme más tranquila.

Eso me dio.

Ahí. Directo.

—No me digas eso.

—Es verdad.

—No me conviertas en tu calmante.

—No estoy…

—Sí. Sí estás. Quieres irte y que yo me quede para que Lola y Sal no parezca abandonado. Quieres vender y que yo siga aquí para que no parezca una muerte. Quieres que el comprador compre y que yo le dé continuidad, para que tú puedas decirte que no has roto nada del todo.

Se le fue el color.

Victoria, no.

Fue una caída con testigos mínimos.

—Eres cruel cuando aciertas —dijo.

—Tú también.

—Yo no quería pedirte eso.

—Pero lo has pensado.

—Sí.

Por fin.

La honestidad no siempre limpia. A veces solo deja ver mejor la mancha.

Abril cruzó los brazos. La camiseta se le subió un poco por la cintura. Tenía una marca de sol en el hombro, una raya de bolígrafo en la muñeca y cara de querer salir corriendo contra una pared.

—Vete —dijo.

—No.

—No me hagas otra vez lo de quedarte donde no te pido.

—Esta vez sí me lo has pedido.

—¿Qué?

—No con palabras.

—No uses eso.

—No sé usar otra cosa contigo.

Nos miramos.

Yo podía bajar. Debía bajar. Ya habíamos hecho bastante daño para un día con baño averiado y cláusula nueva. Pero Abril dio un paso, solo uno, y la distancia cambió de nombre.

—No me beses para demostrar nada —dije.

—No pienso demostrar nada.

—Abril.

—Cállate un poco.

Frase bonita, no. Gracias a Dios.

Me besó ella.

Salió torpe al principio, con rabia mal puesta, dientes, respiración corta y una mano suya agarrándome la camiseta a la altura del pecho como si quisiera apartarme y traerme a la vez.

Yo tardé un segundo en responder. Uno. Luego le cogí la cara con las dos manos y el día entero se fue al suelo con las cajas, el comprador, el baño, el correo y mis pocas buenas intenciones.

Abril hizo un sonido pequeño contra mi boca.

Ahí supe que estábamos perdidos.

Y que esa vez no iba a fingir que era el congelador, ni la ducha, ni San Juan, ni el cansancio.

La excusa se había acabado.

Quedábamos los dos, la habitación cerrándose alrededor y el problema abajo, con nombre, horario y olor a fritura.