CAPÍTULO 11 · BIEL #2
—Pues estamos de acuerdo.
—Pero tampoco quiero que pierdas una oportunidad por mí.
—No es una oportunidad. Es una jaula con nómina.
—No uses palabras así para que quede claro.
—¿Jaula?
—Nómina.
Casi me reí. Mal momento. O precisamente por eso.
—Abril, no voy a quedarme en Lola y Sal si ya no es Lola y Sal.
Miró la carretera.
—Entonces si vendo, te vas.
—Sí.
La palabra llenó la furgoneta. La conocíamos; solo estaba dicha.
Abril apoyó la cabeza en el respaldo, sin cerrar los ojos.
—Eso lo cambia todo.
—No. Lo aclara.
—Para ti quizá.
—Para los dos.
—No me digas qué me aclara.
—Entonces acláratelo sola, pero no me metas en el precio.
Giró la cabeza hacia mí.
—Yo no te he metido en el precio.
—Él sí. Y tú estabas a punto de preguntarte si mí no te costaba dinero.
Le dolió porque era verdad. Lo vi. La herí a propósito y me di asco enseguida.
—Eso ha sido sucio —dijo.
—Sí.
—No me des la razón así.
—No tengo una forma limpia.
El Taller Marí estaba abierto, con la persiana a medias, olor a goma, metal caliente y aceite de motor.
Entramos en silencio. El hombre del taller nos dio una bomba pequeña, una manguera enrollada, dos abrazaderas y una explicación que duró más que mi paciencia.
Abril escuchó. Hizo preguntas buenas. Preguntas de alguien que no quería solo salir del paso, sino entender qué iba a fallar después.
—¿Y si vuelve a atascarse?
—Volverá —dijo el hombre.
—Agradezco el optimismo.
—Esto es costa. La humedad se come todo.
—Nosotros también comemos —dije—. Y normalmente pagamos.
Abril clavó los ojos en mí de lado.
—No negocies. Hoy no estás fino.
—Estoy precioso.
—Estás agresivo.
—Eso no contradice lo anterior.
El hombre del taller no quiso entrar en nuestra crisis y cobró. Bien por él.
De vuelta a Lola y Sal, Abril sostuvo la bomba en las piernas como quien lleva un órgano de repuesto.
No hablamos. La furgoneta olía a plástico nuevo, lejía en nuestras manos y algo que ninguno de los dos quería decir.
Yo tenía una frase atascada en la garganta desde Port Saurí: no quiero que vendas si luego te vas a odiar.
No la dije. Sonaba a orden con barniz de cuidado.
Al llegar, el baño había empeorado lo justo para confirmar que la vida tiene sentido del humor.
Jana ya estaba allí, con pantalón corto, camiseta de tirantes y un pañuelo en la cabeza.
—¿Me he perdido la parte romántica de comprar una bomba?
—Ha sido preciosa —dijo Abril—. Había abrazaderas.
—El erotismo industrial siempre se subestima.
—Jana —dijo Tina—. Fregona.
—Voy, dictadora húmeda.
Montar la bomba fue un desastre moderado.
El hombre del taller había dicho que era fácil.
Quien dice que algo es fácil debería tener prohibido vender objetos con piezas.
Yo, Biel Ferrer Sintes, camarero, electricista de emergencia, fontanero mediocre y propietario de cero diplomas, tardé veinte minutos en entender que una abrazadera estaba al revés y otros diez en no admitirlo.
Abril lo admitió por mí.
—Está al revés.
—No.
—Sí.
—No.
—Biel, está mirando hacia donde no puede apretar nada. Es una abrazadera existencial.
Jana, desde el pasillo:
—Me identifico.
La giré.
Funcionó.
Abril no dijo “te lo dije”. Eso me calentó más que si lo hubiera dicho. La dignidad mal administrada tiene efectos raros.
A las doce y cuarto, el baño dejó de invadir el local. A las doce y media, el suelo estaba medio seco. A la una, abrimos con una hora de retraso, una cartelera improvisada, menú reducido y Tina avisando a cada cliente:
—El baño está sensible. Sed personas.
Nadie sabía qué responder a eso.
Abril trabajó con un turno invisible colgado del cuello.
Atendió mesas, contestó al teléfono, revisó caja, llamó a Vega, mandó fotos del baño, negoció con Noguera porque una caja de sardinas había llegado mal y, a media tarde, le explicó a una señora de Barcelona por qué no podía sentarse en la mesa de cinco “aunque estuviera vacía”.
—Esa mesa no se toca —dijo.
La señora se ofendió.
Acabé con una bandeja en la mano, mirándola.
Abril no miró hacia mí.
Mejor.
Y eso pesaba más.
A las cinco, cuando el servicio bajó, la encontré detrás del almacén, junto a la ducha exterior, lavándose los antebrazos con el grifo bien orientado por primera vez en días.
—Has aprendido —dije.
—Anótalo en la libreta de milagros.
Me apoyé en el marco.
—El baño no ha explotado.
—Dale tiempo.
—Hoy lo has hecho bien.
—No digas bien.
—Lo has hecho útil.
—Eso me vale.
El agua le resbalaba desde el codo hasta la muñeca.
Tenía una marca roja donde se había clavado una caja, el pelo pegado a la nuca y una mancha de grasa en la mejilla.
No parecía de Barcelona. No parecía de allí.
Parecía suspendida en un sitio intermedio que podía durar cinco minutos o estropearlo todo.
—No pienso quedarme con él —dije.
Cerró el grifo.
—Ya me lo has dicho.
—Te lo repito para que no hagas cuentas con eso.
—Hago cuentas con todo.
—Conmigo no.
Abril se giró.
—No eres mío para excluirte de mis cuentas.
Me reí sin ganas.
—Esa frase ha salido fatal.
—Me he enterado.