No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 11 · BIEL
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CAPÍTULO 11 · BIEL

El comprador no volvió por la puerta principal.

Eso ya decía bastante de él.

A las ocho y cuarenta de la mañana, mientras Tina intentaba arrancar la cafetera con una mezcla de insultos y golpes pequeños, lo vi desde la barra cruzando por el lateral de la terraza, camisa limpia, gafas oscuras, zapatos sin arena y una carpeta fina bajo el brazo.

No venía a desayunar. Quien viene a desayunar mira la pizarra. Él miraba las esquinas.

Lola y Sal todavía no estaba abierto. Las sillas seguían encima de las mesas, el suelo tenía una capa fina de arena de la noche anterior y el baño olía a producto barato de limpieza con algo podrido debajo.

En la cocina, el congelador grande hacía un ruido nuevo, más agudo.

Como si hubiese aprendido otra forma de pedir auxilio.

—No —dijo Tina sin girarse.

—¿Qué?

—No sé qué viene a hacer ese, pero no.

—Buenos días a ti también.

—Los buenos días son para la gente que no usa perfume antes de las nueve.

El comprador se detuvo en la entrada lateral y sonrió con una educación que me dio ganas de buscar una herramienta.

—Biel. ¿Abril está?

—No.

—Habíamos quedado en hablar hoy.

—Con ella.

—También me interesa hablar contigo.

Tina dejó la cafetera y se giró muy despacio. Llevaba una camiseta vieja de Lola y Sal, el pelo recogido con un lápiz y cara de tener sueño suficiente para cometer un delito menor.

—El que abre y cierra no hace visitas antes del café —dijo.

El comprador la miró como se mira un obstáculo simpático en una excursión.

—Serán cinco minutos.

—Aquí cinco minutos son una unidad de tragedia —contestó Tina.

Yo dejé el trapo sobre la barra.

—Habla.

—Preferiría hacerlo fuera.

—Yo preferiría tener un baño que no amenace a la ciudadanía. Estamos todos renunciando a cosas.

Su sonrisa aguantó. Profesional. De esas que no han fregado una plancha en su vida.

—Bien. Seré directo. Estoy revisando la oferta.

—Eso ya lo sabemos.

—La oferta puede mejorar si hay garantías de transición.

Tina bufó una risa.

—Qué palabra más fea tan temprano.

El comprador no la miró. A mí sí.

—Necesito que el local no se caiga al día siguiente de firmar. Abril no está aquí. Su experiencia real es limitada. Tú sabes dónde cruje este sitio, quién llama cuando algo falla y qué pasa si Abril se va. Si te quedas durante un periodo inicial, la operación gana estabilidad.

Ahí estaba.

No lo dijo con mala intención visible. Eso lo empeoraba. Quien te convierte en objeto con voz tranquila siempre cree que está siendo razonable.

—¿Me estás ofreciendo quedarme en Lola y Sal después de comprarlo?

—Estoy diciendo que tu continuidad puede proteger el valor.

—El valor de quién.

—De todos.

Tina apoyó una mano en la cafetera.

—Cuidado con esa palabra. Suele traer mierda debajo.

El comprador respiró hondo. Se le notó una grieta mínima en la paciencia. Bien. Algo humano, aunque fuera desagradable.

—No busco conflicto. Abril quiere vender. Tú quieres que el chiringuito funcione. Esto puede resolver ambas cosas.

—No sabes lo que quiero.

—Sé que llevas años sosteniendo el local.

—Eso no me pone precio.

—Todo tiene condiciones, Biel.

Me reí.

Fue una risa mala. Salió corta, seca, de esa parte donde uno guarda las ganas de romper algo porque sabe que luego tocará barrer.

—Yo no entro en el traspaso.

—Eso, no.

—Lo has traído en carpeta.

Tina murmuró:

—Y con zapatos de señor que no friega.

El comprador apretó la mandíbula.

—Podría ser una transición temporal bien pagada. Tres meses. Quizá seis, si ambas partes están cómodas.

Ambas partes.

Me vi en la frase como quien se ve en una ventana sucia: deformado, pero reconocible.

Yo abriendo bajo otro cartel, explicándole a un comprador dónde se guarda el vermut, aguantando a clientes que preguntarían por Abril como se pregunta por una serie cancelada, cerrando cada noche un lugar que ya no sería mío ni de ella ni de Lola.

Una transición. Una palabra elegante para quedarse a limpiar después de que otros decidan.

—No.

—Piénsalo.

—No.

—No tienes que contestar ahora.

—Acabo de hacerlo dos veces. Puedo añadir gestos si necesitas material visual.

Tina sonrió. El comprador no.

—Esto puede ayudar a Abril.

Ahí sí se me acabó la parte civilizada.

Di un paso hacia él.

—No uses eso conmigo.

—Es una realidad.

—No. Es una palanca. Y se te ve la mano.

Durante un segundo no hubo ruido salvo la cafetera intentando morir. Luego el baño, desde el fondo, soltó un gorgoteo largo, obsceno, casi con opinión.

Tina parpadeó despacio.

—No. Hoy no.

El gorgoteo se repitió.

Más húmedo.

Más caro.

El comprador giró la cabeza hacia el pasillo.

—¿Eso es normal?

—En Lola y Sal, normal es una categoría muy deprimente —dijo Tina.

Yo pasé junto al comprador sin pedirle permiso. El baño de clientes estaba al fondo, pegado a la cocina, con una puerta azul desportillada y un pestillo que funcionaba solo si creías en cosas absurdas. Al abrir, el olor me golpeó antes que la imagen.

Agua en el suelo.

No mucha. La suficiente.

Un hilillo salía de la base del váter y avanzaba hacia la puerta con una voluntad tranquila, de invasión lenta. El lavabo goteaba. El cubo con la fregona estaba volcado. En la pared, una grieta que llevaba años allí parecía mirarme con satisfacción.

—Mierda —dijo Tina detrás de mí.

—Resumen técnico correcto.

El comprador se quedó en el pasillo, sin entrar.

Por supuesto.

—Esto afecta a la valoración —dijo.

Yo me giré.

—Fuera.

—Biel…

—Fuera del local.

Tina no dijo nada. Eso significaba que mi tono acababa de cruzar una línea y que, por una vez, ella no pensaba frenarme.

El comprador levantó las manos.

—Te escribiré la propuesta completa.

—Escríbele a Abril.

—También.

—No. Solo a Abril.

Salió por donde había entrado, cuidando mucho de no pisar agua, arena ni nada que pudiera pegarse a sus zapatos. Lo vi marcharse por la terraza lateral mientras el baño seguía invadiendo el pasillo como si quisiera comprar también una parte del negocio.

Tina se ató mejor el pelo.

—Necesitamos la bomba.

—Lo tengo claro.

—La broma de ayer se nos ha puesto administrativa.

—Llama a Taller Marí.

—Llama tú. A mí todavía me tiembla el ojo.

Cogí el móvil. Tenía un mensaje de Abril sin abrir.

Voy para allá. No contestes al comprador si aparece antes.

Tarde. Demasiado.

No respondí. Llamé al Taller Marí. El hombre que contestó dijo que tenía una bomba pequeña, una manguera y cero ganas de venir antes de comer. Le dije que iba yo. Me dijo que mejor, porque si venía él cobraba desplazamiento. Al menos era honesto en su miseria.

Abril llegó cuando yo estaba sacando dos toallas viejas del almacén, una bolsa de guantes y una expresión que no debía de invitar al diálogo.

Entró por la terraza con el pelo recogido, pantalón corto, camiseta verde apagada y una bolsa del Forn Nuri en la mano. Se paró al ver el pasillo.

—Dime que eso es agua limpia.

—No empezaré el día mintiéndote.

—Qué detalle tan asqueroso.

Tina apareció con una fregona en cada mano.

—El comprador ha venido.

Abril no cedió espacio.

no me miró a mí primero. Miró el pasillo, el baño, la puerta lateral por donde él se había ido. Luego sí.

—¿Qué quería?

—Hablar.

—¿De qué?

—Luego.

—No me hagas eso.

—Ahora el baño está saliendo al pasillo.

—Biel.

—Abril.

El agua tocó la punta de su zapatilla.

Bajó la cabeza.

—Joder.

—Exacto.

Eso salvó la conversación durante diez minutos. Lola y Sal tenía talento para aplazar heridas con averías.

Abril dejó el pan en la barra, cogió unos guantes y entró en el pasillo sin preguntar qué hacer. Esa fue la primera cosa que me descolocó. La segunda fue que no puso cara de víctima, ni de señora que descubre la fontanería popular. Se arremangó, hizo una mueca por el olor y dijo:

—Orden.

—¿Perdón?

—Orden. Si vamos a hundirnos en aguas dudosas, al menos por zonas. Tina, tú cortas paso a clientes y pones cartel. Biel, tú vas a por la bomba. Yo saco lo que pueda del pasillo y llamo a Vega para ver si esto afecta al expediente.

Tina la miró.

—Mira a Abril.

—No me llames así si tengo agua de váter cerca.

—Es cuando más mérito tiene.

Yo debería haber dicho algo útil. Cualquier cosa. “Bien”, “voy”, “cuidado”. En lugar de eso, la miré medio segundo de más.

Abril lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—No existe nada aquí.

—Estás mandando.

—Alguien tenía que hacerlo.

Su frase. Mi frase. La misma maldita piedra, ahora en su boca.

La cara se le cerró. Yo tampoco.

Cogí las llaves de la furgoneta.

—Voy al taller.

—Voy contigo.

—No.

—No me organices.

—Esto no es una excursión.

—Ya he pisado el agua. Mi mañana ha perdido glamour. Vamos.

Tina levantó una fregona.

—Llevaos una. Para ambiente.

Terminamos en la furgoneta diez minutos después, los dos con guantes en los bolsillos, olor a lejía en las manos y una urgencia vulgar ocupando todo el espacio.

La Carretera de la Cornisa no tenía nada que ver esta vez.

Fuimos hacia el Taller Marí por la parte baja, junto a Port Saurí, esquivando turistas que caminaban por la calzada con toallas al hombro y fe absoluta en que los coches respetan a los idiotas.

Abril iba callada.

Eso me preocupó más que si hubiera discutido.

—El comprador quería que me quedara —dije.

Lo dije sin preparar. A lo bestia. Como se arranca una tirita con los dedos mojados.

Abril giró la cabeza.

—¿Qué?

—Después de la venta. Tres meses. Quizá seis. Para transición.

Su cara no hizo nada durante un segundo.

Después sí.

—¿Te lo ha ofrecido a ti?

—Sí.

—Sin hablar conmigo.

—Sí.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que no.

No pareció aliviada. Eso no traía nada bueno.

—¿No?

—No.

—Así. Sin hablarlo.

—Era mi respuesta.

—Pero afecta a la oferta.

—Por eso salía tan fácil.

Se rio una vez, sin humor.

—Claro. Fácil.

—Abril.

—No. Estoy intentando no ser injusta y me está saliendo regular.

—Te está saliendo bastante mal.

—Gracias.

—De nada.

Pasamos junto a la entrada de Port Saurí. Había redes apiladas, dos niños comiendo helado, un perro mojado sacudiéndose sobre la pierna de un señor y el olor a gasoil mezclado con pescado de puerto pequeño. El día seguía. Tenía una falta de respeto admirable.

—No quiero que te quedes con él —dijo al fin.