No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 10 · ABRIL #3
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CAPÍTULO 10 · ABRIL #3

Jana levantó un dedo.

—Ni cerca de alcohol, compradores o hombres con camisa muy limpia.

Biel no sonrió.

—Abril.

Lo miré.

—Qué.

—Sal cinco minutos.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Hay servicio.

—Lo cubrimos.

—No quiero que me cubráis todo el rato.

—Pues no te estamos cubriendo. Estamos evitando que vendas un sitio entero por vergüenza.

Vergüenza.

Ahí estaba. La palabra correcta. La fea.

No quería vender solo por dinero. Tampoco solo por libertad.

Quería vender para que el pueblo dejara de mirarme, para que Biel dejara de leerme, para que Lola y la caja dejaran de hablar desde cajones viejos, para no tener que decidir qué parte de mí había vuelto con intención de irse y cuál se estaba quedando descalza en la barra.

Salí por la parte trasera.

No hacia la ducha. No esta vez. Me fui hasta el principio del Camí de les Figueres, donde el ruido del chiringuito llegaba más bajo y el calor olía a tierra seca, hojas machacadas y basura lejana. Me apoyé en un muro y miré el móvil.

El correo seguía allí.

No había cambiado.

Biel apareció dos minutos después.

—He dicho cinco minutos —dije.

—Han pasado dos.

—Controlador.

—Impaciente.

Se apoyó en el muro a mi lado, dejando una distancia prudente. Eso me molestó. Todo me molestaba.

—No aceptes por vergüenza —dijo.

—Ya lo has dicho.

—Lo repetiré hasta que entre.

—Igual necesito vender, aunque sea menos.

—Igual. Pero que sea por una razón que puedas defender mañana.

Preferí no abrir la boca.

El Camí de les Figueres estaba vacío. Una cigarra gritaba desde algún sitio con la insistencia de una máquina defectuosa. A lo lejos, Lola y Sal seguía funcionando sin mí. Eso debería haberme aliviado. Me dio miedo.

—Cuando me fui —dije—, pensé que si salía rápido dolería menos.

Biel permaneció ahí.

—No dolió menos.

—No.

—Solo dolió sin ti delante.

Apreté los párpados un segundo.

—No sé quedarme sin sentir que pierdo.

—Entonces no te quedes hoy.

Abrí los ojos y lo miré.

—¿Qué?

—No decidas hoy. Ni quedarte ni vender. Hoy solo no firmes una rebaja hecha con mierda.

Me reí. Una risa fea, breve.

—Qué romántico.

—Te estás autopublicando la ruina, Abril. El romance puede esperar a que acabemos servicio.

Aquello me hizo reír de verdad.

Poco.

Mal.

Pero de verdad, con lo poco elegante que resulta creer algo cuando estás hecha polvo.

Biel mantuvo los ojos en mí, y durante un segundo no hubo comprador, ni correo, ni vídeo, ni Ayuntamiento. Hubo un muro caliente, un camino de higueras, el ruido de un chiringuito que no sabía callarse y un hombre que no me pedía que me quedara, solo que no me vendiera barata.

—Vale —dije.

—¿Vale qué?

—No contesto hoy.

—Bien.

—No confundas esto con hacerte caso.

—Por supuesto.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Volvimos andando despacio. Al llegar a la puerta trasera, el TPV soltó un pitido desde dentro.

Jana gritó:

—¡Ha vuelto a vomitar papel!

Biel suspiró.

—El local nos necesita.

—El local necesita un exorcista con datáfono.

Entramos.

Dejé al comprador sin respuesta.

Guardé el móvil en la caja de Lola, encima de la libreta de Lola, y cerré el cajón.

No con llave.

Pero lo cerré.

A las cuatro, mientras servía dos claras y una ración de almejas a una mesa de turistas rojos de sol, pensé que decidir de momento quizá consistía en eso: no dar la respuesta más rápida solo porque dolía menos.

A las cinco, el comprador llamó.

No lo cogí.

Biel lo vio desde la cocina.

Dejó el silencio ahí.

La no orden me sostuvo más que cualquier discurso.

Esa noche, cuando cerramos, Vega me hizo reenviarle el correo para contestarlo al día siguiente con cabeza.

Tina dejó el cubo de la fregona junto al baño con una nota que decía: “Quien lo atasque, lo adopta”.

Ona prometió no mirar redes hasta la mañana.

Jana dijo que aquello era antinatural y pidió acompañamiento en forma de patatas.

Biel fue el último en salir.

Yo estaba en la barra, revisando que el cajón donde había guardado el móvil siguiera cerrado.

—Mañana habrá que responder —dijo.

—Lo tengo presente.

—Y habrá que verlo por escrito.

—Lo sé.

—Y habrá que revisar la licencia con Vega.

—Biel.

—Qué.

—Estoy cansada. No soy idiota.

Asintió.

—Ya.

—Gracias por fingir que lo recuerdas.

Se apoyó en el marco de la puerta.

—No lo finjo.

La frase quedó allí, corta, incómoda, excesivamente limpia para lo sucios que estábamos.

Yo abrí el cajón, saqué el móvil y vi tres llamadas perdidas del comprador.

No respondí.

Biel miró la pantalla.

—Está bien.

—No es por ti.

—No he respirado fuerte.

—Lo has dicho con toda la cara.

Esta vez sonrió.

Un poco.

Yo también.

Luego el baño hizo un ruido horrible desde el fondo.

La sonrisa se me cayó.

Biel suspiró.

—Mañana compramos una bomba.

—¿Para el baño o para el comprador?

—No me tientes.

Me reí con la frente apoyada en el cajón cerrado.

Fue una risa cansada, sucia, sin glamour. Una risa de mujer que todavía no sabía qué iba a hacer con su vida, pero acababa de no venderla por miedo durante veinticuatro horas más.

En Lola y Sal, a veces eso contaba como avance. Pobre baremo, el nuestro.