No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 10 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 10 · ABRIL #2

En cuanto la palabra salió, se me secó la boca. Muy valiente todo.

También.

Qué fácil sonaba perder una salida cuando una estaba enfadada. Qué cómodo hacerse la fuerte en una habitación caliente con la espalda pegada a la camisa.

El comprador me estudió un momento.

—Te conviene pensarlo sin tanta gente alrededor.

—Me conviene pensar sin alguien apretándome donde cree que duele.

Bajé primero.

No esperé a que me siguiera.

Abajo, todos fingieron estar ocupados. Fatal. Jana limpiaba una cucharilla con una concentración mística. Ona miraba la pared. Tina estaba quieta con un trapo en la mano. Vega tenía el boli preparado. Biel no estaba en la cocina.

Estaba en la terraza, de espaldas, bajando una silla de una mesa.

El comprador salió detrás de mí y ajustó su camisa, como si la conversación hubiera arrugado menos de lo esperado.

—Te enviaré una propuesta revisada esta tarde.

—Vale.

—Necesito respuesta rápida.

—Lo sé de sobra.

—Abril.

Lo miré.

—Que sea rápido no significa que tenga que ser sucio.

No sé por qué lo dije. Sonó demasiado personal. No para él. Para mí. Para todo.

El comprador asintió una vez, se despidió con una educación menos cómoda que al llegar y salió por la terraza.

Nadie habló hasta que se alejó por la calle hacia el paseo.

Jana fue la primera, claro.

—Bueno. Tiene cara de usar ambientador caro en el coche y de hacer sufrir a camareros.

—Jana —dijo Vega.

—Qué. Estoy aportando perfil psicológico comercial.

Tina soltó el trapo sobre la barra.

—No me gusta.

—A ti no te gusta nadie —dije.

—Por eso acierto mucho.

Ona me miró.

—¿Ha mencionado el vídeo?

—Sí.

Se le hundió la cara.

—Joder.

—No es culpa tuya.

—Un poco sí.

—Un poco quizá. Toda no.

Ona asintió. Aquella era la clase de perdón que podíamos permitirnos: pequeño, incómodo, sin música.

Vega se acercó con la libreta.

—¿Qué ha dicho exactamente?

—Que revisa oferta. Que necesita garantías. Que Biel es trabajador clave y problema personal.

Biel, desde la terraza, dejó una silla en el suelo.

No se giró.

Me odié.

—No debí pedirte que salieras —dije hacia él.

Siguió de espaldas.

—Sí debiste.

—Biel.

—Querías demostrar que podías manejarlo sola.

—Puedo manejarlo sola.

Entonces se giró.

—Ya lo he visto.

Merecido.

Feo.

Directo.

Vega hizo un gesto para intervenir, pero Tina la frenó con una mano.

—No —dijo Tina—. Que se manchen ellos.

Gracias, Tina. Siempre tan espiritual.

Salí a la terraza. Biel estaba junto a la mesa donde el comprador había tomado notas mentales para bajar precio. El sol daba sobre el tablero y marcaba círculos de vasos antiguos.

—No quería que te usara —dije.

—Ya me estaba usando, aunque estuviera abajo.

—Precisamente.

—No soy un mueble incómodo que puedas sacar de la habitación para que no estorbe.

—No he pensado eso.

—No. Tú has pensado: si Biel está delante, esto se vuelve emocional y yo necesito parecer fría.

Me quedé callada.

Otra vez acertaba. Qué costumbre más insoportable.

—No quería parecer débil —dije.

—Delante de él.

—Delante de todos.

Lo dije más bajo.

Biel respiró hondo. Tenía la camiseta gris manchada de polvo del almacén y las manos marcadas por la silla.

—Abril, parecer débil no es lo que te va a hundir.

—No empieces con frases.

—No estoy haciendo frases. Estoy diciendo que te hunde más hacerte la sola delante de gente que ya te ha visto con una camiseta mojada, contando mal una cuenta y casi llorando por una libreta de galletas.

—Qué repaso tan amable.

—Es el único que tengo.

Quise discutir. De verdad. Tenía material. Podía hablar de sus llaves, de su tendencia a ocupar, de L’Estaca, de la forma en que defendía sin preguntar. Pero estaba cansada. No físicamente. Cansada de ganar mal.

—Lo ha bajado —dije.

—¿El precio?

—Todavía no lo ha dicho, pero sí.

—Entonces espera a tenerlo por escrito.

—¿Y después?

—Después decides.

—¿Sin opinar?

Biel se apoyó en el respaldo de una silla.

—Voy a opinar. Bastante. Pero no voy a firmar por ti.

Me reí sin ganas.

—Generoso.

—Estoy creciendo.

—Lento.

—Es temporada alta.

Volvimos dentro porque la cocina ya olía a aceite calentándose y Lola y Sal no respetaba conversaciones importantes después de las doce. Había que abrir. Había que servir. Había que limpiar la vergüenza de la mañana con trabajo vulgar.

A la una, llegaron las primeras mesas. A la una y media, el baño volvió a hacer un ruido indecente. A las dos, Jana ligaba con un cliente y al mismo tiempo le cobraba de más sin querer. A las tres, Vega recibió un correo del comprador.

Lo abrió en mi móvil porque el suyo estaba sin batería y porque, al parecer, mis tragedias ya funcionaban por pantalla compartida.

Oferta revisada.

Menos.

Bastante menos.

Vega se tragó la respuesta al principio.

Jana dejó de masticar.

Ona se tapó la boca.

Tina soltó:

—Ese tío es un rata.

Biel estaba en la cocina. No lo había visto.

O quizá sí.

El correo hablaba de inversión necesaria, incertidumbre de licencia, desgaste de marca, dependencia de Biel no garantizada y riesgo reputacional reciente.

Riesgo reputacional reciente.

Se me calentó la cara.

No de vergüenza. De rabia con dientes.

—Lo usa todo —dije.

Vega asintió.

—Sí.

—¿Cuánto baja?

Me lo dijo.

Me tuve que sentar.

La silla era la misma que Biel me había puesto después de San Juan. Fea, coja, útil. Me senté porque si no lo hacía iba a llamar al comprador para insultarlo o para aceptar por pánico. Las dos opciones eran malas. Una más digna, pero igual de mala.

Biel apareció en la puerta de la cocina.

—¿Qué pasa?

Nadie contestó.

Me levanté antes de que alguien hablara por mí.

—Ha bajado la oferta.

—¿Cuánto?

Se lo dije.

Su cara no cambió mucho. Le conocía lo suficiente para saber que aquello empeoraba las cosas.

—No aceptes.

—No decidas por mí.

—No aceptes eso.

—Biel.

—No. Eso no es una venta. Es un castigo con firma.

La frase entró directa en el local. Incluso Jana guardó silencio.

Yo miré el correo. Riesgo reputacional reciente. Biel como condición. Desgaste.

—Tengo que pensarlo.

—Sí —dijo Vega—. Pero no desde el golpe.

Tina cruzó los brazos.

—Y no hoy.

Ona asintió.

—Ni con el móvil en la mano.