No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 10 · ABRIL
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CAPÍTULO 10 · ABRIL

A las nueve y media de la mañana ya había mentido tres veces.

La primera, a Vega, cuando le dije que tenía controlada la visita del comprador.

La segunda, a Tina, cuando le dije que había dormido.

La tercera, a mí misma, cuando me até el pelo delante del espejo del Hostal Mar de Fora y pensé que ponerme una camisa limpia convertiría aquella mañana en una reunión normal.

Normal.

Qué palabra tan cara para un chiringuito con un baño que se atascaba por venganza y una propietaria provisional que llevaba dos noches usando camisetas de un hombre al que no debía querer cerca.

Llegué a Lola y Sal a las nueve y cincuenta y uno. Nueve minutos antes. La puntualidad, en mi caso, era sospechosa. Jana lo notó desde la mesa del lateral, donde estaba sentada con un café, gafas de sol y una tostada que mordía sin entusiasmo.

—Has llegado antes. Mal presagio.

—Buenos días.

—No cambies de tema con educación. Me inquieta.

Ona estaba en la barra revisando el móvil sin tocar apenas la pantalla, lo cual demostraba que la culpa también podía tener postura corporal.

Tina abría la cocina con movimientos secos.

Vega había ocupado una mesa de la terraza con carpetas, libreta, bolígrafo y cara de querer cobrar honorarios, aunque no fuera abogada del caso.

Biel no estaba.

Eso me irritó.

Luego me irritó que me irritara.

—¿Dónde está? —pregunté, a toda prisa.

Jana sonrió sin levantar la vista de la tostada.

—¿El que abre y cierra?

—Jana.

—En el almacén. Rompiendo cosas con utilidad masculina.

—No empieces.

—Yo siempre empiezo. El problema sois vosotros, que continuáis.

Dejé el bolso tras la barra. Llevaba una camisa blanca de lino fino, pantalón corto beige y zapatillas. Había intentado parecer seria sin parecer que iba a firmar una rendición. Fracaso parcial. La camisa ya se me pegaba a la espalda y todavía no había abierto la puerta del todo.

Biel salió del almacén con una caja de vasos bajos.

Aguantó la mirada.

La mirada bajó a la camisa, a las zapatillas, volvió a mi cara. Ni sonrió.

—Hoy no vas en lino de terraza —dijo.

—Hoy voy en lino de guerra.

—Tiene mala logística.

—Tu ayuda moral abruma.

—No soy ayuda moral. Soy el que abre y cierra.

—No uses eso.

—Lo ha puesto de moda tu comprador.

—No es mi comprador.

—Lo sé.

—No digas claro.

Jana levantó la tostada.

—Subtítulos, por favor.

Vega cerró una carpeta con un golpe seco.

—Antes de que esto derive en teatro de baja financiación: el comprador viene a las diez. Abril, tú hablas. Biel, tú no intervienes salvo que se pregunte algo técnico. Jana, tú no haces comentarios. Ona, móvil guardado. Tina…

Tina asomó desde la cocina con un cuchillo en la mano.

—Yo no prometo nada si alguien dice “potencial gastronómico”.

—Aceptable —dijo Vega.

Me apoyé en la madera.

—No necesito un comité.

—Tienes un comité porque tienes tendencia a confundir independencia con hacerte daño sin testigos —contestó Vega.

—Qué agradable todo antes de las diez.

—La verdad madruga.

—Eso ha sonado a frase fea.

—Estoy cansada.

Biel dejó la caja de vasos junto a la barra.

—El baño está decente.

—¿Decente según sanidad o según Lola y Sal? —preguntó Ona.

—Según no mirar debajo del lavamanos.

—Estándar local —dijo Jana.

A las diez en punto, el comprador apareció por la entrada lateral, no por la terraza.

Mal asunto. Quien entra por donde no toca quiere demostrar que ya se imagina mandando.

Llevaba camisa azul muy clara, pantalón de lino que no había cargado una caja en su vida y zapatos excesivamente limpios para pisar arena sin ofenderse.

Sonreía poco. Sonreía como se sonríe antes de bajar un precio.

—Abril.

—Buenos días.

Me dio dos besos. Olía a perfume discreto y coche cerrado. Miró alrededor con atención medida: toldos, barra, pizarra, neveras, cocina, cartel, baño. Luego miró a Biel.

—Biel.

—Buenos días.

Biel lo dijo con educación. Aquello fue lo primero preocupante.

—Gracias por estar. Puede venir bien para dudas técnicas.

—Estoy trabajando.

—Claro.

Yo oí el claro de Biel, aunque no lo dijera.

—Empezamos por terraza —dije.

Salimos fuera. La mañana estaba ya caliente.

El mar al fondo parecía una excusa turística, no una solución.

En la Platja Gran había familias colocando sombrillas con la gravedad de quien construye civilización.

Lola y Sal, a esa hora, sin clientes, parecía más desnudo.

Las sillas apiladas enseñaban desconchones.

La barra exterior tenía marcas de vasos.

La pizarra estaba torcida. Los toldos viejos, aunque arreglados con bridas transparentes, seguían teniendo aspecto de haber sobrevivido a demasiadas decisiones malas.

El comprador tomó fotos.

—Sin fotos de documentación ni interior privado —dije.

Bajó el móvil.

—Solo estado general.

—Estado general se puede mirar sin archivar cada grieta.

Biel se movió detrás de mí. No habló. Pero lo noté. Su silencio tenía hombros.

El comprador guardó el móvil.

—De acuerdo.

Vega, desde la mesa, hizo una marca en su libreta. Bien. Al menos alguien estaba registrando mis momentos de adulta funcional.

—La ubicación es buena —dijo él—. Nadie discute eso.

—No.

—La marca tiene historia.

—Sí.

—Pero también desgaste.

—Por eso el precio no es de local reformado.

—El problema es que no hablamos solo de reforma. Hablamos de licencia, continuidad, posibles incidencias de imagen…

—Imagen no es estructura.

—Aquí, la imagen también pesa.

Jana, desde dentro, tosió una palabra que sonó mucho a “gilipollas”. Tina golpeó algo en la cocina. Ona se tapó la boca. Vega entornó los ojos.

El comprador miró hacia el interior.

—¿Hay algún problema?

—La cafetera hace ruido —dije.

Biel bajó la cabeza.

Creo que estaba sonriendo. Poco. Mal. Lo justo para estropearme el pulso.

Pasamos a la barra. Le enseñé el TPV, la caja, el espacio de servicio, las neveras pequeñas. La grande seguía haciendo un ruido que en cualquier otro contexto habría implicado sacramento.

—Esto hay que cambiarlo —dijo.

—Ya.

—Y esto.

—También.

—¿La instalación eléctrica?

—Revisada parcialmente —dijo Biel.

El comprador se giró hacia él.

—¿Parcialmente?

Biel apoyó una mano en la nevera.

—Lo urgente funciona. Lo viejo sigue viejo. Si quiere una mentira bonita, pregunte a otra persona.

—Biel —dije.

—Me ha preguntado.

El comprador lo observó con una sonrisa sin calor.

—Aprecio la sinceridad.

—Es lo que hay cuando se compra estado real.

—Precisamente por eso estoy revisando condiciones.

Ahí estaba.

Revisando condiciones. La forma elegante de decir bajar precio sin mancharse los dedos.

Vega se levantó de la mesa.

—Las condiciones se revisan con documentación encima, no durante una visita visual.

—¿Usted es?

—Una amiga con Excel —dijo Jana desde el interior.

Vega ni la miró.

—Estoy ayudando a Abril a ordenar información. Si quiere propuesta formal, la envía por escrito.

El comprador sostuvo la sonrisa.

—Por supuesto.

Yo debería haber agradecido la intervención.

En lugar de eso, sentí que el local se llenaba de manos sobre mi volante: Vega marcando límites, Biel siendo sincero, Jana soltando frases desde la cafetera, Tina afilando rabia en la cocina, Ona respirando culpa en la barra. Todas sosteniéndome. Todas vigilándome.

Y yo, otra vez, sin saber si aquello tenía algo de amor o de jaula.

—Puedo hablar yo —dije.

Respondí más seca de lo previsto.

Vega alzó la vista hacia mí.

Biel también.

El comprador aprovechó el hueco.

—Quizá sería mejor que Abril y yo termináramos la visita solos. No quiero incomodar a nadie.

—No incomoda —dijo Biel.

—A mí sí —dije.

Silencio.

Muy bien, Abril. Excelente. Dispara hacia quien está de tu lado. Técnica propia.

Biel ni pestañeó. No puso cara de herido. Eso habría sido más fácil. Puso cara de entender a toda prisa.

—Perfecto —dijo.

—Biel…

—Estoy en la cocina si hay dudas técnicas.

Pasó junto a mí sin rozarme.

no me miró.

Eso me dejó el sitio exacto donde quería estar: sola, adulta, y sintiéndome una mierda.

El comprador siguió la visita con mucha más comodidad. Me enseñó grietas que yo ya había visto, humedades que yo ya olía, desperfectos que llevaban años allí sin pedir su opinión. Entró en el almacén y frunció la nariz.

—Esto habría que vaciarlo entero.

—Sí.

—¿Y la ducha exterior?

—Funciona mal.

—Da mala imagen.

—Da agua en tres direcciones. La imagen ya es secundaria.

No se rio.

Me pareció bien.

Cuando subimos al cuarto de arriba, el calor era insoportable. Él miró las cajas, las carpetas, la silla plegable peligrosa, la ventana al almacén, el ventilador inútil.

—Este espacio podría aprovecharse.

—Ahora se usa para archivo y descanso.

—También para otras cosas, según parece.

Lo dijo bajo. Casi amable.

Me giré despacio.

—¿Perdón?

—No quería ofenderte.

—Entonces revise el método. Otra vez.

Le cambió la sonrisa. Muy poco. Suficiente para ver al hombre bajo el comprador.

—Abril, voy a hablar claro. A mí el local me interesa. Mucho. Pero no quiero comprar un problema personal.

—No está comprando uno.

—Hay un trabajador clave pegado al funcionamiento del local y a tu historia con él. El pueblo habla. La marca está ligada a tu familia. La licencia depende de continuidad. El local necesita inversión. Si tú te vas antes de agosto, necesito garantías de que la transición no se me cae en las manos.

Trabajador clave.

Pegado al local y a mí.

A ti.

Qué forma tan limpia de convertir una vida en una cláusula.

—Biel no está en venta —dije.

El comprador levantó las manos.

—No he dicho eso.

—Lo está tratando como parte del paquete.

—Estoy tratando de entender qué sostiene el negocio.

—Pues pregunte por el congelador, por Noguera, por Pepa, por las licencias, por las facturas y por el TPV que se muere cuando quiere. No por quién me tocó el brazo detrás de un cañizo.

Se me escapó más alta de lo prudente.

Abajo cesó algún ruido.

Genial.

El comprador miró hacia la escalera.

—Veo que el tema te afecta.

—Y yo veo que ha venido a bajar precio usando vergüenza. Estamos los dos viendo cosas.

Por primera vez, no sonrió.

—Mi oferta cambia.

—Entonces mándela por escrito.

—Podría retirarse.

—También.