CAPÍTULO 9 · BIEL #3
—Entonces sabrá que los pueblos hablan, aunque no haya nada que decir.
—Claro. Pero si hay vínculos personales con el que abre y cierra, posibles conflictos, dependencia de alguien que no seguirá…
El que abre y cierra.
Me mordí la lengua hasta notar metal.
Abril sonrió apenas.
Esa sonrisa sí la conocía. La usaba cuando alguien en Barcelona le hablaba como si ella fuera una mesa. Fría no. Cortante.
—Lola y Sal se vende, si se vende, con su licencia, sus cuentas, su estado real y sus condiciones. No con mi vida privada como descuento.
El comprador levantó las cejas.
—No quería incomodarte.
—Pues revise el método.
Jana, desde mi lado, susurró:
—Me ha dado un poco de miedo y un poco de ganas de aplaudir.
—Vete a mesa cuatro.
—Mesa cuatro también quiere escuchar.
El comprador bajó la voz. No oí la frase completa. Solo fragmentos: visita privada, sin servicio, valorar estructura, hablar de precio, antes del viernes.
Abril asintió una vez. No dos. Una.
Cuando él se fue, ella siguió sentada un momento, mirando la mesa. Luego volvió a la barra.
—Quiere venir mañana a ver el local vacío.
—No.
—No me des órdenes.
—No es una orden.
—Hoy todo lo que dices suena a orden.
—Porque estás a punto de abrirle la puerta a alguien que viene con rebaja en la mano.
—Viene con oferta.
—Oferta y rebaja caben en el mismo bolsillo.
Abril cargó el peso en la madera. Estaba cansada. Mucho. La espalda demasiado recta, la boca quieta de una forma sospechosa. Lo vi y aun así seguí.
—Si mañana entra vacío, verá cada grieta sin gente, cada mancha sin luces, cada avería sin caja. Te va a bajar el precio.
—Para eso tiene que verlo.
—Después de que arreglemos lo básico.
—¿Arreglemos?
—No empieces con la propiedad gramatical.
—No empieces tú con la propiedad emocional.
Jana hizo un ruido.
—Voy a irme un poco antes de ahogarme en subtexto.
Se fue. Bien.
Abril bajó la voz.
—Tengo que vender con información real.
—Tienes que decidir si quieres vender o si quieres que alguien te saque de aquí antes de que te dé tiempo a cambiar de opinión.
—No me psicoanalices con olor a fregona.
—Es el único ambiente disponible.
Aguantó mi mirada. Durante un segundo pensé que iba a reírse.
No.
—Mañana viene —dijo.
—Entonces mañana estaré aquí.
—Ha pedido visita privada.
—Qué pena.
—Biel.
—No pienso meterme en la conversación. Pero no voy a dejarte sola con alguien que ya ha usado un vídeo para presionarte.
—No eres mi guardaespaldas.
—No. Soy el que abre y cierra.
La frase quedó entre los dos, sucia por culpa del comprador.
Abril apretó los párpados un segundo.
—No quería que sonara así.
—No lo has dicho tú.
—Pero estaba hablando de ti.
—Todo el mundo habla de mí hoy, parece.
—No lo conviertas en chiste.
—Si no lo convierto en chiste, me dan ganas de romperle la nariz a alguien, y Tina me ha dicho que no me pelee.
Abril dejó escapar una risa breve. Muy cansada.
—Haz caso a Tina.
—Siempre.
—Mentira.
—Casi siempre que hay cuchillos cerca.
La tarde bajó con menos ruido que la anterior. El vídeo seguía fuera, pero no del todo. Uno lo notaba en las miradas: un segundo más, una pausa, una sonrisa que no venía de la carta. Abril lo soportó con una dignidad que me enfadó porque no debería tener que usarla allí.
A las once, cuando cerramos, Ona se acercó a ella y le enseñó el móvil.
—Borrado. También he pedido que no lo compartan. He sido muy pesada.
Abril la miró.
—Gracias.
—Perdón.
—No lo grabaste tú.
—Pero yo habría podido.
Esa frase dejó a Ona más desnuda que el vídeo.
Abril le tocó la mano.
—Ya.
Nada más.
Ona asintió y se fue a recoger vasos con la boca torcida.
Después de cerrar, salí a tirar basura. Al volver, Abril estaba junto a la mesa donde se había sentado el comprador. Pasaba un trapo por la superficie, aunque no había nada que limpiar.
—Va a venir mañana —dijo sin mirarme.
—Lo sé.
—No hagas una escena.
—No prometo milagros.
—Biel.
Me acerqué. No demasiado. Habíamos tenido un día entero de ojos encima. La distancia era una forma barata de disciplina.
—No haré una escena.
—Gracias.
—Pero si intenta usarme como descuento otra vez, igual se atraganta con su propia camisa clara.
Abril apoyó la frente en el dorso de la mano, encima de la mesa. El gesto duró poco, pero lo vi. La mujer que vendía mejor cuando parecía no necesitar nada estaba agotada.
—No puedo con todo esto —dijo.
Muy bajo.
No para que yo la salvara. No para que la tocara. Solo porque se le escapó.
Me quedé quieto.
Tina, desde la cocina, gritó:
—¡Quien haya dejado la sartén sin agua merece pisar una pieza de Lego!
Abril levantó la cabeza.
La vida volvió a entrar, fea y útil.
—Soy yo —dijo.
—Entonces huye.
La sonrisa amagó y se quedó corta.
—Cobarde.
—Experimentado.
Me lanzó el trapo.
Lo cogí.
Con eso bastaba para que el día terminara mal de una forma soportable.
Pero al apagar la última luz, vi el móvil de Abril encenderse sobre la barra.
EL COMPRADOR: Mañana 10:00. Sin interrupciones, por favor.
Abril lo leyó al mismo tiempo que yo.
No respondió.
Yo tampoco.
A veces una amenaza llega bajita. Te deja el vaso en la mano y ya está.