No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 9 · BIEL #2
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CAPÍTULO 9 · BIEL #2

—Quiere hablar hoy. Dice que lo de San Juan demuestra volumen y que por eso hay que acelerar antes de que yo cambie condiciones.

—Qué generoso.

—También dice que si hay ruido alrededor del local puede afectar a la operación.

Ahí estaba. La parte sucia de los rumores cuando se mezclan con dinero. Aquello había dejado de ser una risa en L’Estaca o una historia de seis segundos; ahora tenía precio, presión y palanca.

—Está usando el vídeo —dije.

—Está usando todo.

Abril sacó el móvil y me enseñó el mensaje. No lo cogí. Leí desde su mano.

EL COMPRADOR: Si hay asuntos personales vinculados al negocio, necesito saberlo. No quiero empleados, exsocios ni pueblo en medio.

Exsocios.

Empleados.

Gente del pueblo.

Me reí sin ganas.

—Qué bonito catálogo.

—No le he contestado.

—Bien.

—No porque tú lo digas.

—Ni de broma.

—Lo has pensado con la nuca.

Ona se acercó desde la barra.

—Puedo pedirle a la chica que borre la historia.

—Hazlo —dijo Abril.

—Ya le he escrito. No contesta.

—Insiste.

Ona asintió, con la boca apretada.

No la culpé. No del todo. Ona vivía con el móvil en la mano porque el mundo la había enseñado a existir ahí dentro, y ahora una grabación de otra persona nos estaba dejando en una vitrina que no habíamos pedido. Ella lo entendía. Por eso estaba tan callada.

A las once llegó Jana con gafas de sol, un café enorme y una bolsa de hielo en la nuca.

—Antes de que nadie me cuente nada, aviso: he visto el vídeo, he decidido que es una mierda de vídeo y si alguien llama a Abril “la del cañizo”, muerde mi yo laboral.

Abril la miró.

—¿La del cañizo?

—No ha cuajado. Porque he amenazado bien temprano en el grupo de San Juan.

—¿Qué grupo de San Juan?

Jana bebió café.

—Hay cosas que una líder no revela a la población civil.

Abril se llevó las manos a la cara.

—Quiero meterme debajo de una mesa.

—No antes de fregar mesa ocho —dijo Tina desde fuera.

El día siguió a su aire.

A mediodía, el vídeo ya no estaba disponible. Ona consiguió que la chica lo quitara con una mezcla de educación, miedo y, según ella, “una amenaza leve con informe de privacidad”. Tarde. Las historias se borran; las bocas, no.

A la una, dos clientas pidieron mesa y una susurró “es ella” al verme pasar junto a la barra. Abril lo oyó. Se puso más recta. Sonrió con una educación que daba ganas de esconder cuchillos.

—¿Mesa para dos? —preguntó.

—Sí.

—Perfecto. Bajo el toldo derecho. El que todavía no se ha rendido.

Las clientas se rieron, incómodas. Abril las sentó, volvió a la barra y se detuvo un segundo con las manos apoyadas en la madera.

—No digas nada —me advirtió.

—No iba a decir nada.

—Tu silencio pesa.

—Lo siento.

—Tampoco pidas perdón.

—¿Quieres una lista de palabras autorizadas?

—Sí. Pan, hielo, caja, cobrado, gracias.

—Gracias.

—Eso ha sido trampa.

No sonrió.

Yo tampoco, pero estuve cerca.

A las cuatro, Abril cometió el primer error serio de caja desde que había vuelto. Cobró a una mesa ciento veintiocho euros en lugar de ochenta y dos. Lo detectó Vega al revisar tickets. La mesa ya se había ido hacia la Platja Gran.

—Mierda —dijo Abril.

—¿Tenemos el teléfono de la reserva? —pregunté.

—Creo que sí.

—Llámales.

—Ya lo hago yo.

Se le notaba en la cara que iba a hacerlo mal: demasiado rápido, demasiado culpable, demasiado dispuesta a convertir un error en una confesión general de inutilidad. Le quité el ticket de la mano.

—Respira antes.

—No me hables como a una niña.

—Entonces no llames como una persona que se está pidiendo perdón a sí misma.

Me habría insultado si no hubiera sabido que tenía razón.

Respiró por la nariz. Llamó. Explicó. Ofreció devolución por Bizum o efectivo. Lo resolvió en tres minutos.

Cuando colgó, tenía los ojos brillantes de rabia.

—No digas que bien.

—No lo iba a decir.

—Ni que aprendo rápido.

—Tampoco.

—Ni que Lola estaría orgullosa.

—Ni de coña.

No apartó los ojos.

—¿Por qué no?

—Porque estaría diciendo que menuda manera de perder cuarenta y seis euros por no mirar dos veces.

Abril guardó silencio.

Luego soltó una risa corta, cansada.

—Sí. Eso sí.

Fue una risa pequeña, de esas que no solucionan una mierda, pero te dejan de pie medio minuto más.

A media tarde entró el mensaje que yo llevaba esperando desde por la mañana.

EL COMPRADOR: Hoy 19:00 paso por Cala Saurina. Necesito hablar con la propietaria. A solas mejor.

Abril me lo enseñó.

—A solas —dije.

—Por ahí no.

—Ya he empezado por dentro.

—Pues acaba por dentro también.

—No.

—Biel.

—Si viene al local, no estás a solas.

—Soy adulta.

—Y dueña. Y está usando un vídeo para apretarte el precio.

—No sabes eso.

—Lo tengo claro.

—No tienes pruebas.

—Tengo ojos y bastante mala leche acumulada.

Abril guardó el móvil.

—Hablaré con él en la terraza. Con gente.

—Me vale.

—No lo hago por obedecerte.

—Hoy estás muy insistente con aclararlo.

—Porque tú estás muy cómodo creyéndote necesario.

Me dio.

Exacto.

Cogí un cubo de botellas vacías para no contestar. Si hablaba, lo haría desde el lugar equivocado. Ese donde querer y mandar se parecen demasiado.

A las siete menos cuarto, el local estaba tranquilo. Demasiado para la hora. San Juan había dejado resaca en el pueblo y en nosotros. El pueblo entraba más tarde, pedía más agua, hablaba más bajo. La terraza parecía estar esperando otra cosa; también sabía que mirar era parte del trabajo.

El comprador llegó a las siete y cinco.

Yo seguía sin concederle nombre. En mi cabeza no lo necesitaba. Era una camisa clara, zapatos limpios, reloj discreto y esa manera de mirar los negocios viejos buscando dónde meter la rebaja. Saludó a Abril con dos besos que ella aceptó sin moverse mucho. A mí me dio la mano.

—¿Biel, ¿verdad?

—Sí.

—Me han hablado de ti.

—Qué mala suerte.

Abril me clavó una mirada.

El comprador sonrió con dientes pequeños.

—Dicen que conoces bien el local.

—Lo suficiente.

—Eso será útil.

—Depende para quién.

—Biel —dijo Abril.

Su tono fue bajo. Advertencia. También petición. Me aparté.

Se sentaron en una mesa de la terraza, no en la más apartada. Bien. Abril tenía una parte del cerebro funcionando. Seguí en la barra, limpiando vasos que ya estaban limpios y escuchando solo lo que no quería escuchar.

—El vídeo no ayuda —dijo él en algún momento.

Abril no cedió espacio.

—El vídeo no tiene relación con la actividad.

—Todo tiene relación cuando compras un negocio de pueblo.