No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 9 · BIEL
27%

CAPÍTULO 9 · BIEL

La mañana después de San Juan, Lola y Sal olía a pólvora gastada, cerveza seca y derrota con caja aceptable.

Abrí a las ocho y veinte porque dormir más de cuatro horas habría sido una provocación inútil.

La terraza estaba peor de lo que parecía de madrugada.

Bajo las luces amarillas, la mugre se disfraza; con el sol encima, todo enseña su documento de identidad.

Había servilletas pegadas a las patas de las mesas, una horquilla en la jardinera, tres colillas dentro de un vaso de agua, un zapato infantil debajo de la mesa siete y una mancha roja en el suelo que decidí no investigar antes del primer café.

El toldo derecho se había quedado torcido.

El izquierdo también, pero con más dignidad.

Tina llegó a las ocho y media con una bolsa del Forn Nuri, el pelo recogido en un nudo bajo y pinta de haber discutido con su almohada y haber perdido.

—No me hables hasta que haya café —dijo.

—Buenos días.

—He dicho que no.

Dejó la bolsa encima de la barra, miró la terraza y soltó un ruido pequeño, seco.

—Esto no se limpia. Se exorciza.

—Empieza por las mesas.

—Empieza tú por no mandar antes de que te tire una silla.

Tina tenía un modo de cariño muy parecido a una amenaza. A mí me servía. En Lola y Sal las amenazas útiles eran más fiables que las frases amables.

A las nueve, Jana mandó un audio de diecisiete segundos donde solo se oía una respiración grave y, al final, su voz diciendo: “Estoy viva, pero no estoy de acuerdo”.

Ona apareció diez minutos después con gafas de sol enormes, camiseta limpia y esa cara de quien ha dormido poco, pero ha revisado el móvil demasiado.

Eso me puso en alerta.

Ona sin móvil visible era más peligrosa que Jana con cuchillo.

—¿Abril? —preguntó.

—No ha llegado.

—Ah.

—Ese ah viene con algo detrás.

—No.

—Ona.

Se quitó las gafas. Tenía ojeras y una marca de almohada en la mejilla.

—No lo subí.

—Eso ya lo dijiste anoche.

—Lo borré.

—También.

—Pero alguien grabó desde fuera.

Tina, que estaba metiendo vasos en una caja, dejó uno con demasiado cuidado.

—¿Qué significa alguien?

Ona me enseñó el móvil.

El vídeo duraba seis segundos. Ojalá hubiera durado más.

Las cosas largas dan tiempo a entender. Lo había subido una cuenta de una chica de fuera, de esas que ponen el nombre del pueblo con una fuente cursiva y una canción mala encima.

En la primera mitad se veían las luces de Lola y Sal, los toldos, la terraza llena.

En la segunda, al girar hacia el lateral, aparecíamos Abril y yo detrás del cañizo.

No se veía gran cosa.

Suficiente.

Abril mojada, con mi camiseta en la mano. Yo sin la camiseta blanca, girado hacia ella. Más cerca de lo prudente. Demasiado escondidos. La ducha detrás, el cañizo temblando, la noche llena de ruido alrededor.

La frase que la chica había puesto encima no ayudaba nada.

El chiringuito tiene más drama que la playa.

Tina leyó por encima de mi hombro.

—Mierda.

—Sí.

Ona tragó saliva.

—No lo he compartido. Lo he visto porque alguien me ha etiquetado pensando que era mío.

—¿Quién más lo ha visto?

Ona no contestó.

Eso contestaba bastante.

Apoyé el móvil sobre la barra. Con cuidado. Cuando uno deja algo con cuidado suele estar más cerca de romperlo.

—Biel —dijo Tina.

—Tengo que ir a L’Estaca.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Eso es una idea pésima.

—Necesitamos hielo y cambio.

—Necesitamos que no vayas al bar donde medio pueblo desayuna rumores.

Me limpié las manos en el trapo. El trapo olía a lejía floja y noche larga.

—Precisamente.

Ona cerró la boca. Tina dejó salir el aire.

—No te pelees.

—No me peleo nunca.

Tina no apartó los ojos de mí.

—Tienes una cicatriz en el dedo por una caja porque te peleaste con una caja.

—La caja empezó.

No sonrió.

Eso significaba que estaba preocupada de verdad.

Cogí las llaves, salí por la parte trasera y crucé hacia Bar L’Estaca sin mirar la puerta del Hostal Mar de Fora.

Abril estaría allí o camino de allí, con los pies llenos de ampollas, mi camiseta probablemente doblada en una silla y el móvil cargado de mensajes que no habría contestado. Pensé en llamarla.

No lo hice.

Había llamadas que solo servían para llegar tarde con voz de urgencia.

Bar L’Estaca estaba a medio abrir y lleno.

Eso en Cala Saurina quería decir seis personas, un ventilador viejo, dos cafés, una tostada quemada y tres conversaciones fingiendo ser distintas.

La barra olía a tomate restregado, café fuerte y madera húmeda.

El televisor estaba encendido sin sonido, porque allí nadie veía nada, pero todos necesitaban una pantalla que les diera permiso para no mirarse todo el rato.

En cuanto entré, dos cabezas se movieron.

Una tercera no se movió. Hizo algo más sucio: fingió no moverse.

—Biel —dijo Roc Sallarès Montoliu, secándose las manos en el delantal—. ¿San Juan ha dejado víctimas?

—Vasos y dignidad.

—No cuenta.

—Necesito hielo. Y cambio si tienes.

—Cambio poco. Hielo, algo.

Me apoyé en la barra. Pedí un café porque entrar en L’Estaca sin pedir café era declarar guerra local. Detrás de mí, en una mesa, dos hombres hablaban con el tono exacto de quien quiere que lo oigan.

—…la Rovira ha vuelto fuerte.

—Fuerte no sé. Mojada sí.

Risas.

Roc dejó la taza delante de mí.

Yo no me giré.

Todavía.

—Dicen que vende.

—Dicen muchas cosas.

—Pues el vídeo no parece de venta. Parece de otra cosa.

La taza estaba caliente contra mis dedos. Demasiado.

El dueño me observó una vez. Pequeña advertencia. O súplica. En los bares de pueblo, la paz se administraba con cafés.

—Ponme dos bolsas de hielo —dije.

—Te pongo una y media. Anoche me habéis dejado seco.

—Una y media.

El hombre de la mesa volvió a hablar.

—A ver, si el chico lleva años haciendo de marido del chiringuito, algo tendrá que cobrar.

La silla chirrió antes de que yo decidiera levantarme.

No llegué a tocarlo. Eso hay que decirlo. Me planté junto a la mesa, con la taza todavía en la mano, y el café se movió dentro, oscuro y ridículo.

—Repite eso.

El hombre me observó. Era de esos que vienen en verano desde hace veinte años y creen que eso les da derecho a tener opinión con raíces. Camisa de rayas, piel roja, anillo grueso. Lo había servido mil veces. Nunca dejaba propina.

—Estábamos de broma.

—No ha sonado a broma.

—Biel —dijo el dueño desde la barra.

—He pedido que lo repita.

El otro hombre levantó las manos.

—No te pongas así, hombre. Si aquí nos conocemos todos.

—Ese es el problema.

El de la camisa se encogió de hombros.

—La chica se fue, volvió, ahora vende, ahora parece que no… Cala Saurina habla, aunque nadie le pregunte.

—Cala Saurina puede hablar de la caja, de la cerveza caliente, de los toldos torcidos y del baño de Lola y Sal, que eso sí es servicio público. De Abril no.

—Ah, mira. Entonces sí cobras.

No le tiré el café porque era de L’Estaca y no estaba tan mal.

Dejé la taza en la mesa. Despacio.

—Mira bien lo que dices.

—¿Me amenazas?

—Te informo con tiempo.

El dueño salió del otro lado de la barra y me puso una mano en el hombro. Lo justo para recordarme que allí también había vasos que romper, clientes que servir y una mañana que no merecía denuncia.

—Biel, el hielo.

Miré al hombre un segundo más.

Él apartó la vista primero.

Victoria miserable. De las que dejan mal sabor.

Volví a la barra. Pagué el café, el hielo, el cambio que pudo darme y salí con las bolsas colgando de las manos.

El sol ya pegaba contra las fachadas claras de Cala Saurina.

En la esquina de Ultramarinos Pepa, una mujer dejó de hablar cuando me vio.

En el Forn Nuri, dos chicas miraron el móvil y luego a mí.

Perfecto.

El pueblo tenía hambre.

De vuelta a Lola y Sal, me encontré a Abril en la puerta.

Llevaba pantalón corto vaquero, camiseta blanca sin dibujo y el pelo suelto, todavía húmedo de ducha de verdad, no de manguera traicionera. Tenía mala cara. No mala de enfadada. Mala de haber dormido poco y haber despertado en mitad de una versión de sí misma que no había autorizado.

En la mano llevaba mi camiseta blanca doblada.

No miró las bolsas de hielo.

Giró hacia mí.

—Lo has visto.

—Sí.

—Ona me ha llamado.

—Entendido.

—No digas bien.

—No tengo una palabra mejor.

Me tendió la camiseta.

—Está lavada.

—Abril.

—Cógela.

—Urgente, no.

—Para mí sí.

La cogí.

Olía a detergente del hostal, barato, limpio, impersonal. Ni a ella ni a mí. Me pareció una pérdida absurda.

—No se ve nada claro —dije.

—Se ve suficiente.

—Sí.

—Genial. Gracias por mentir cero.

—No te miento bien.

—No me mientes casi nunca. Me castigas con verdades pequeñas.

Pasé junto a ella para meter el hielo dentro. Abril me siguió. La terraza estaba vacía todavía. Tina fregaba una mesa con una intensidad que podía borrar una capa de barniz. Ona estaba en la barra, pálida, mirando su móvil sin tocarlo. Jana no había llegado. Vega tampoco.

Dejé las bolsas de hielo detrás de la barra.

—He ido a L’Estaca —dije.

Abril cerró los ojos un segundo.

—Por favor, dime que no has hecho el macho ofendido en un bar.

—No he pegado a nadie.

—No has respondido.

—He dicho que no hablaran de ti.

Abrió los ojos.

—Biel.

—Qué.

—No necesito que me defiendas en bares.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—Necesitaba hacerlo yo.

Me salió mal. Egoísta. Honesta. Bastante fea.

Abril dejó las manos sobre la barra. Tenía las uñas sin pintar y una tirita nueva en el talón. Se había puesto zapatillas. Me fijé porque era idiota y porque me importaba.

—No ayuda —dijo.

—No todo lo que hago gira alrededor de ayudarte.

—Pues ayer parecía que sí.

—Ayer tenías una ampolla y estabas a punto de llamar a un comprador por agotamiento.

—No puedes usar mi cansancio como argumento para decidir por mí.

—No decidí por ti. Te dije que vinieras a las diez.

—Eso en tu idioma es una intervención militar.

Tina tosió desde una mesa.

—Voy a limpiar fuera de la zona de divorcio.

—No hay divorcio —dijo Abril.

Tina nos miró.

—Entonces peor. En los divorcios al menos hay papeles.

Se fue hacia la terraza con el cubo.

Abril se frotó la frente.

—Me ha escrito el comprador.

—Claro que te ha escrito.