CAPÍTULO 8 · ABRIL #3
No volví a hablar del brazo.
Él no volvió a hablar del comprador.
A la una y media, cuando los petardos ya sonaban más lejos y la terraza empezaba a vaciarse, me encontré en la barra, descalza porque las zapatillas me habían hecho una ampolla, contando monedas con la camiseta de Biel metida por dentro del pantalón para no engancharme con nada.
Biel apareció con una caja de vasos.
—¿Descalza?
—La normativa laboral ha muerto esta noche.
—Te vas a clavar algo.
—Si es una crítica, esperaré al acta.
Dejó la caja. Miró mis pies. Tenía arena pegada en los dedos, una tirita en el talón y una gota de cerveza en el empeine.
—Siéntate un minuto.
—No.
—Abril.
—No puedo sentarme porque si me siento igual no me levanto nunca.
Él no contestó con una frase lista. Solo cogió una silla, la arrastró hasta junto a la barra y la puso a mi lado.
—Entonces no te sientes. Ten la opción.
Aquello me desarmó más que cualquier beso.
La opción.
No la orden. No la ayuda metida a la fuerza. No la puerta cerrada. Una silla fea, de plástico, con una pata coja, puesta al otro lado de la barra por si mi cuerpo dejaba de poder fingir.
Seguí contando monedas.
—Gracias.
—De nada.
No nos miramos.
Eso lo hizo soportable.
A las dos, cerramos cocina. A las dos y media, la última mesa se fue dejando una propina ridícula y una servilleta con un número de teléfono para Jana que ella leyó y tiró a la basura.
—Ni con fiebre —dijo.
Ona comprobó tres veces que no había subido nada. Vega se fue con una carpeta bajo el brazo y la promesa de volver al día siguiente “si no ingreso voluntariamente en un convento sin cobertura”. Tina limpió la plancha en silencio, con la expresión de quien había dejado de hablar para no matar.
Biel y yo bajamos el último toldo juntos.
El mecanismo se atascó a mitad.
—Tira de la cuerda derecha —dijo.
—Estoy tirando.
—Esa es la izquierda.
—Desde mi punto de vista es la derecha.
—Tu punto de vista amenaza estructuras.
Reí.
Salió sin permiso.
Biel siguió mirándome.
No sonrió del todo. Tenía la cara agotada, una mancha de salsa en la camiseta gris y el pelo pegado a la frente. Yo llevaba su camiseta blanca, los pies sucios y una ampolla que latía como un animal pequeño.
El toldo bajó de golpe.
Nos dejó en sombra.
Durante un segundo, la terraza vacía, el olor a pólvora lejana, los vasos pendientes, la caja llena, el comprador pospuesto, el vídeo borrado y la noche entera quedaron al otro lado.
—San Juan superado —dije.
—Sobrevivido.
—No seas preciso.
—Es lo único que nos queda.
Mi móvil vibró sobre la barra.
No quería mirar.
Miré.
EL COMPRADOR: He visto suficiente. Después de esta noche, la oferta baja si esperas. O cerramos pronto o no cierro.
Le enseñé el mensaje a Biel.
Él lo leyó. No dijo nada al principio.
Luego miró la terraza vacía.
—También ha visto suficiente para saber que esto vale más vivo.
—O para saber que puede apretar porque necesito decidir.
—Sí.
—Qué tranquilizador.
—No he venido a tranquilizarte.
—Ya me había dado cuenta.
La pantalla se apagó en mi mano.
El silencio después de San Juan tenía restos de ruido dentro. Mis oídos seguían llenos de platos, petardos, voces, risas, el agua de la ducha, la frase de Biel detrás del cañizo: querer no es el problema.
Me senté en la silla que él había puesto antes.
Por fin.
Biel no hizo ningún comentario.
Otra forma peligrosa de cuidarme.
—Mañana no vengas a las ocho y media —dijo.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Ven a las diez. Yo abro con Tina.
—No soy inútil.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Entonces tienes ampolla, estás agotada y, si mañana entras a las ocho y media, vas a usar el cansancio como excusa para llamar al comprador y hacer una estupidez rápida.
No me moví.
Qué rabia daba cuando acertaba sin avisar.
—No puedes salvarme de mí misma.
—No. Pero puedo retrasarte dos horas.
Casi sonreí.
—Ahí sí suenas a ti.
—Soy un hombre de objetivos modestos.
Se apoyó en la barra frente a mí. La terraza ya estaba apagada. Solo quedaba la luz de dentro, amarilla y pobre, dejando sombras bajo sus ojos.
—Abril.
—¿Qué?
—Lo de antes…
—No.
—De acuerdo.
Obedeció.
Otra vez.
Me levanté de la silla porque si seguía sentada iba a decir algo que no podía pagar.
—Hasta mañana.
—A las diez.
—No me mandes.
—A las diez y cuarto si necesitas fingir rebeldía.
Le tiré un trapo. Lo cogió al vuelo.
—Buenas noches, heredera.
—No me llames así.
—Entonces no heredes tan fuerte.
Salí antes de reírme.
En la calle, Cala Saurina olía a pólvora gastada, basura caliente y mar de madrugada. Caminé hacia el Hostal Mar de Fora con los pies sucios dentro de las zapatillas, la camiseta de Biel puesta y el móvil en la mano.
En recepción, Remei Casas levantó la cabeza del crucigrama, miró mi camiseta de hombre, mis pies llenos de arena y no preguntó nada. Ese era su talento: verlo todo y cobrar la llave sin convertirlo en noticia.
Al comprador no le regalé respuesta.
Tampoco borré el mensaje.
Esa noche, por primera vez desde que había vuelto, no pensé en cerrar Lola y Sal.
Pensé en abrir al día siguiente.
Ahí sí se me cerró el estómago. No de forma elegante.