CAPÍTULO 8 · ABRIL #2
—No estoy haciendo una escena.
—Todavía no. Pero vas bien.
—Vete a servir a la mesa siete, que te conocen mucho.
Me aparté antes de que él pudiera contestar. Salí por el lateral, detrás del cañizo, hacia la ducha exterior. Era la única salida disponible que no atravesaba la terraza con una bandeja en alto y ganas de meterme en el congelador.
Abrí el grifo de la ducha para mojarme las manos. Lo abrí mal.
El chorro salió hacia el pecho.
—Joder.
Otra vez.
La camiseta se me pegó al sujetador. El agua estaba tibia, casi caliente, acumulada en la manguera durante todo el día. Cerré el grifo de un golpe. El cañizo tembló.
Biel apareció medio segundo después.
—¿Qué haces?
—Bautizarme en mi propia falta de criterio.
—Abril.
—Vuelve dentro.
—No.
—No me sigas.
—Entonces no salgas con esa cara de que el orgullo te ha tirado la mesa.
—No uses épica hoy.
—Era literal.
—No me importa.
Me pasé las manos por la camiseta. Error. Solo conseguí marcar más la tela. Biel apartó la vista. Tarde. Como siempre. Como yo.
—Te traigo una camiseta —dijo.
—No quiero otra camiseta tuya.
—No he dicho que fuera mía.
—Pues tampoco.
La terraza gritó algo detrás. Un petardo estalló cerca de la playa. No salté porque estaba demasiado ocupada fingiendo control. Biel sí miró hacia el ruido y luego volvió a mí.
—La chica del Club Aleta ha venido porque Jana le pidió ayuda.
—No me debes explicaciones.
—Pues deja de comportarte como si te las debiera.
—Vale.
—No vale.
—¿Qué quieres?
—Que no me uses para comprobar si todavía puedes hacerme daño.
Eso me dejó sin defensa rápida.
El agua me bajaba por la barriga, se metía bajo la cintura del pantalón, goteaba al suelo. Yo estaba empapada, enfadada, celosa sin derecho y con un comprador viendo “salida” en el mismo sitio donde yo empezaba a quedarme sin aire limpio para mentirme.
—No estoy intentando hacerte daño —dije.
—Entonces te sale sin practicar.
Le habría dado una bofetada si no estuviera tan cerca de la verdad.
—Tú también sabes —dije.
—Sí.
—No te hagas el santo.
—No lo he hecho nunca.
—Te haces el que aguanta.
—Porque alguien tiene que aguantar cuando tú sales por la puerta.
—Ahí está.
—Sí. Ahí está. ¿Qué quieres? ¿Qué lo guarde otros siete años para que no te moleste durante San Juan?
Un grupo de adolescentes pasó detrás del cañizo riéndose. Uno dijo algo sobre encontrar el baño. Otro contestó que el baño daba miedo. La vida seguía intentando meterse en medio con muy poca educación.
Yo bajé la voz.
—No me fui para castigarte.
—Ya.
—Me fui porque no podía más.
—Y yo me quedé porque tampoco sabía hacer otra cosa.
Nos miramos.
Esa era la parte que más rabia me daba: cuando dejábamos de afilar las frases y aparecía algo pobre debajo. Algo que no servía para ganar.
Biel dio un paso. Yo no retrocedí.
—Estás empapada —dijo.
—Observación brillante.
—Vas a resbalar.
—Otra vez con la seguridad laboral.
—Otra vez con no querer recogerte del suelo.
Me tocó el codo. Solo el codo. No la cintura, no la muñeca, no nada que justificara lo que hizo mi cuerpo. Pero fue su mano, sus dedos, su calor sobre mi piel mojada, y mi cabeza tuvo el mal gusto de recordar el almacén.
—No —dije.
No sabía si se lo decía a él, a mí o a la noche.
Biel retiró la mano.
—Hecho.
Lo hizo otra vez: obedecer muy deprisa.
Me enfadó tanto que di un paso hacia él.
—Eso también es una forma de castigar.
—¿Soltarte cuando me dices no?
—Hacer como que no quieres.
Biel no dio un paso.
Detrás, Lola y Sal rugía: platos, voces, música de alguna radio, petardos, Jana gritando que alguien sacara pan, Tina insultando a una bolsa, Ona diciendo mi nombre desde lejos.
Él bajó la voz.
—Querer no es el problema, Abril.
Se me cerró la garganta.
No porque fuera bonito. Porque estaba dicho con cansancio, sin música y sin sitio limpio donde colocarlo. Porque no intentaba conquistarme. Porque sonaba a hombre que preferiría no querer y aun así estaba allí, detrás de una ducha rota, mirándome la boca con la misma rabia que yo.
—El problema es lo que haces después —añadió.
Eso me devolvió al suelo.
—Entonces no hagas nada conmigo.
—Eso intento.
—Intenta mejor.
—No me provoques para luego llamarlo error.
Eso me dio de lleno.
Yo fui a contestar, pero el cañizo se movió.
Ona apareció por el lateral con el móvil en la mano y cara de haber entrado en una habitación sin llamar.
—Perdón. Perdón. Venía a decir que la mesa doce amenaza con irse y Jana ha dicho que les cobre antes de que desarrollen personalidad.
Biel se apartó un paso.
Yo crucé los brazos sobre la camiseta mojada.
Ona nos miró. Luego miró el móvil. Luego lo escondió detrás de la espalda con una torpeza insultante.
—¿Has grabado? —pregunté.
—No.
—Ona.
—No a propósito.
—¿Qué significa no a propósito?
—Que estaba grabando las luces, he venido andando, y el móvil seguía… técnicamente trabajando.
Biel parpadeó despacio.
—Borra eso —dije.
—Sí. Claro. Ahora.
Ona tocó la pantalla. A toda prisa. Demasiado nerviosa.
—Ona.
—Lo borro. De verdad. Pero… se ha subido a borradores, no publicado. A borradores. Solo borradores.
—Me da igual dónde esté. Bórralo.
La voz me salió más alta. Desde la terraza alguien miró hacia el cañizo.
Biel se colocó un poco delante de mí. No como héroe. Más bien como una pared cansada.
—Bórralo, Ona.
Ella asintió.
—Ya. Ya está.
Me enseñó la pantalla. No había vídeo. No sabía si creerla. Quería creerla porque no podía añadir exposición pública a la lista de cosas que se me estaban escapando por las manos.
—Necesito una camiseta —dije.
Ona levantó un dedo.
—Tengo una en el coche.
—Que no ponga nada.
—Pone Club Aleta.
—No.
Biel bufó una risa.
Lo miré.
—Ni una palabra.
—Literalmente no he hablado.
—Tu cara sí.
—Mi cara está trabajando bajo presión.
Ona desapareció hacia la terraza, probablemente agradecida de seguir viva.
Biel se quitó la camiseta blanca.
—No —dije enseguida.
Debajo llevaba una camiseta sin mangas gris, empapada también por el calor, pegada al pecho. Muy considerado por parte del universo: cuando una intenta no mirar, le ponen una capa menos al problema.
—Póntela.
—He dicho que no quiero otra camiseta tuya.
—Y yo he decidido no negociar con una mujer mojada en San Juan detrás de un cañizo mientras la mesa doce se fuga.
—No me mandes.
—Abril.
Su voz no sonó a orden. Sonó a límite.
Cogí la camiseta.
Se giró antes de que yo se lo pidiera.
Otra vez obedeció.
Otra vez me dejó sola con una rabia estúpida y la sensación de estar cambiándome de vida por capas de algodón ajeno.
Me quité la camiseta mojada, me puse la suya y até la húmeda a la barandilla de la ducha para que dejara de gotear. La camiseta blanca me quedó grande, olía a sudor, detergente y cerveza. Me odié un poco por respirar hondo.
—Ya.
Biel se giró.
No miró mi cuerpo. Miró mi cara.
Fue más peligroso.
—Tenemos que volver dentro —dijo.
—Lo sé.
—Y después hablamos de lo de Ona.
—No hay nada que hablar si lo ha borrado.
—Sí hay.
—Biel.
—No quiero que el pueblo nos convierta en entretenimiento.
Casi me reí.
—Llegas tarde. Nacimos aquí.
Volvimos a la terraza separados por medio metro y una camiseta. La noche se nos tragó sin hacer preguntas porque necesitaba cañas, pan, cambio, almejas, paciencia y alguien que le dijera a la mesa doce que podía irse si quería pero que la cuenta se pagaba igual.
Trabajamos dos horas más.
No sé cómo.
San Juan siguió sucio, vivo, lleno de ruido y pequeñas emergencias.
Una niña perdió una sandalia. Un señor se enfadó porque no hacíamos mojitos.
Tina quemó un lote de pan y culpó al universo.
Jana consiguió que la mesa doce pagara con una sonrisa tan falsa que casi merecía propina.
Vega rehízo tres cuentas. La chica del Club Aleta se fue a medianoche, después de darle dos besos a Biel y uno a mí, porque era educada y porque el mundo no siempre te regala enemigas claras.