CAPÍTULO 8 · ABRIL
San Juan empezó con una caja de limones rota.
No con una hoguera, ni con música, ni con gente joven haciendo promesas absurdas junto al agua.
En Lola y Sal las noches grandes empezaban siempre por un gesto mínimo que se rompía, manchaba o faltaba.
Aquella vez fueron los limones: una caja entera abierta por abajo, rodando por el suelo de la cocina como si intentaran escapar antes que yo.
—No los pises —gritó Tina.
—No pensaba patinar hasta la freidora con cítricos —dije.
Jana apareció en la puerta con los labios pintados de rojo y una camiseta anudada a la cintura que no respetaba ninguna normativa laboral.
—Depende. Como final tendría carácter.
—Tú no vas vestida para trabajar.
—Voy vestida para levantar la moral del establecimiento.
—La moral necesita calzado cerrado.
—La moral tiene piernas.
Tina le tiró un limón. Jana lo cogió en el aire y se inclinó con la ceremonia de quien acaba de recibir flores.
Fuera, la terraza estaba a medio montar y ya parecía llena.
San Juan convertía Cala Saurina en una versión más sudada, más ruidosa y más imprudente de sí misma.
Familias con bolsas de playa que no pensaban irse, adolescentes oliendo a colonia barata, parejas enfadadas antes de cenar, turistas con pulseras fosforescentes, niños con petardos en los bolsillos y señores que preguntaban si habría mesa “en primera línea” como si el Mediterráneo nos perteneciera por metros.
Yo llevaba desde las seis de la tarde en movimiento.
Habíamos reforzado menú, escondido el cubo que olía raro, arreglado a medias la ese del cartel con bridas transparentes y cinta, puesto luces en los toldos y ordenado la mesa de las cinco para que no pareciera un centro de mando militar. Seguía coja. Pero con mantel.
Ona estaba en la terraza, sufriendo de abstinencia digital.
—Solo una foto de las luces —pidió.
—No.
—Sin caras.
—No.
—Sin localización.
—Estamos debajo del cartel de Lola y Sal, Ona.
—Puedo encuadrar bonito.
—Ese es el problema —dijo Vega, que había venido directamente de trabajar con el pelo perfecto y cara de necesitar una ducha y una sentencia judicial.
Biel pasó detrás de mí con dos cajas de cerveza. Me rozó la espalda con el borde de una. Fue logística. Mi cuerpo, sin embargo, seguía teniendo problemas graves de interpretación.
—La mesa doce quiere cenar a las diez y media —dijo.
—La mesa doce reservó a las nueve.
—La mesa doce dice que la noche es larga.
—La mesa doce puede alargarse en otro chiringuito.
—Ya les he dicho que cocina cierra cuando Tina empiece a amenazar con cuchillos.
Tina levantó uno desde dentro.
—Estoy entrando en fase previa.
A Biel se le movió la boca.
Sonrió mirando hacia la cocina, no hacia mí. Aun así, lo vi.
Llevaba una camiseta blanca por primera vez desde que yo había vuelto.
Blanca no de anuncio, blanca de haber salido limpia a las seis y estar ya condenada.
Tenía el pelo húmedo, los brazos cargados, la piel más morena junto al cuello.
Una camarera provisional de otra vida, una chica del Club Aleta que había venido a ayudar porque conocía a Biel y porque, por lo visto, medio pueblo conocía a Biel mejor que yo, le dijo algo al pasar.
No escuché qué.
Él se agachó hacia ella para oírla por encima del ruido. Ella le tocó el antebrazo. Un toque rápido, cómodo. De gente que no se pregunta si puede.
Se me cayó un limón.
—Uy —dijo Jana desde la puerta.
—Ni uy ni nada.
—Yo no he dicho nada.
—Has dicho uy.
—Uy es prelenguaje. No cuenta.
Cogí el limón del suelo y lo dejé en la caja con una fuerza innecesaria.
La chica del Club Aleta volvió a tocarle el brazo a Biel. Esta vez se rio.
Biel también.
Qué bien.
Qué sanísimo todo.
—Abril —dijo Vega a mi lado.
—¿Qué?
—Estás cortando una rodaja de limón con la parte de atrás del cuchillo.
Miré mi mano.
Cierto.
—Es una técnica.
—Es celos con riesgo de amputación.
—No tengo celos.
A Jana se le escapó una carcajada.
—Perdón. Se me ha escapado el filtro.
—Estoy ocupada.
—Sí. Odiando la piel de otra mujer sobre un antebrazo que no te pertenece.
—Jana, te juro que esta noche te tiro a la basura orgánica.
—La orgánica me favorece.
Biel entró en la cocina justo cuando yo dejaba el cuchillo. La chica del Club Aleta pasó hacia la barra con una bandeja vacía.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Perfecto.
Jana tosió.
Vega miró al techo.
Tina abrió una bolsa de patatas con los dientes porque aquella noche ya nadie fingía civilización.
Biel me observó un segundo de más.
—Necesito que salgas a la terraza.
—Estoy con los limones.
—Los limones han perdido la guerra. Sal.
—No me mandes.
—Abril, hay cincuenta personas fuera y una mesa preguntando si tenemos cava frío. No tengo tiempo para tu independencia simbólica.
—Mi independencia simbólica y yo vamos cuando acabemos.
La chica del Club Aleta asomó la cabeza.
—Biel, la mesa siete dice que te conoce.
—Media provincia cree conocerme —contestó él.
Ella se rio otra vez.
Otra vez el brazo.
Esta vez no se me cayó nada porque no tenía nada en la mano. Una suerte para todos.
Biel salió con ella.
Jana me miró sin ceder.
—No mires así si no quieres que te narren.
—No estoy mirando.
—Cariño, tienes pupilas de denuncia.
Salí a la terraza antes de contestar, porque discutir con Jana era entrar en una habitación sin ventanas.
La noche estaba pegada a la piel. Las luces de los toldos daban un color amarillo a las mesas.
El mar se veía al fondo, oscuro, con reflejos partidos de la verbena.
En la playa, más allá de la Platja Gran, empezaban los petardos.
No grandes aún. Pequeños estallidos secos que hacían saltar a los niños y a los perros, y a más de un adulto que luego fingía mirar el móvil.
La mesa siete sí conocía a Biel. Todos parecían conocer a Biel.
Una pareja mayor le preguntó por su madre.
Un hombre le pidió que saludara a alguien de su familia, sin dar nombre, porque Cala Saurina tenía esa manía de meter árboles genealógicos enteros entre dos comandas.
Una señora le tocó la mejilla porque lo había visto “hecho un crío” en Lola y Sal.
La chica del Club Aleta se movía con soltura entre mesas, como si llevara allí media vida, aunque quizá solo llevaba una noche y yo estaba siendo miserable.
Yo serví bravas, sardinas, almejas de confianza relativa, cañas, claras, aguas con gas, tres fantas, una copa de vino blanco y una paciencia que no era mía.
—La cerveza está caliente —dijo un turista de mesa nueve.
—La cerveza acaba de salir de la nevera.
—Pues la nevera no trabaja bien.
—Está en periodo de adaptación.
Biel pasó por detrás.
—Mesa nueve, otra cerveza. Esta vez del fondo.
—Puedo gestionarlo.
—Lo estás gestionando con mirada de homicidio.
—Es mi mirada de atención al cliente.
—Me consta.
La chica del Club Aleta apareció a su lado.
—Biel, ¿dónde están las pajitas?
—Armario bajo la barra, detrás del vermut —contesté yo.
Los dos me miraron.
Ojalá no hubiera sonado tan posesivo. Ojalá la frase no hubiera salido con esa precisión absurda de quien quiere demostrar que también sabe dónde están las cosas. Ojalá Cala Saurina abriera un agujero modesto y me tragara hasta el tobillo.
La chica sonrió.
—Gracias.
Mala no parecía. Eso complicaba las cosas. Las malas son más fáciles.
Biel guardó silencio. Eso significaba que lo había entendido. Mi ridículo privado acababa de encontrar público.
A las diez, Lola y Sal era un animal lleno.
La cocina escupía platos, la barra sudaba, los toldos no daban abasto, el baño empezó a atascarse con vocación festiva y el TPV cobró una cuenta de mesa ocho en mesa seis.
Vega dejó de revisar papeles y se puso a ordenar tickets con la ferocidad de una mujer al borde de cometer un delito administrativo.
Tina amenazó a Jana con meterla en la nevera si volvía a decir “esto es muy pintoresco”.
Ona desapareció tres minutos y volvió con gesto de haber grabado algo.
—Ona —dije.
—No lo he subido.
—Enséñamelo.
—Ahora no.
—Ona.
—Hay mucho servicio.
Eso significaba que sí había grabado. Lo suficiente para que me picara el cuello.
Entonces entró el mensaje del comprador.
EL COMPRADOR: He pasado por delante. Mucho movimiento. Hablamos mañana. Puede tener más salida de la que parecía.
Más salida.
Casi me reí.
Miré la terraza llena. Miré a Biel levantando una caja vacía, a Jana coqueteando con dos clientes para que aceptaran esperar, a Tina salvando una tanda de almejas, a Vega ordenando tickets como si el mundo dependiera de ello, a Ona escondiendo un móvil, a la chica del Club Aleta tocándole otra vez el brazo a Biel para apartarlo de un niño con una bengala.
El comprador veía salida.
Yo veía una trampa con luces amarillas y olor a fritanga.
Guardé el móvil sin contestar.
—¿Todo bien? —preguntó Biel, demasiado cerca.
—Sí.
—Tu sí está fatal.
—Tu camarera nueva trabaja mucho con las manos.
Lo dije.
Ya está. Fuera. Viva. Horrible.
Biel aguantó mi mirada.
El ruido de la terraza siguió alrededor, pero a mí se me hizo estrecho.
—¿Perdón?
—Nada.
—No. Repite.
—He dicho que trabaja mucho con las manos.
—¿Con las manos?
—Tocando brazos, moviendo cosas, siendo muy comunitaria.
Biel me miró con pinta de haber descubierto una especie nueva de estupidez.
—¿Estás celosa?
—No.
—Abril.
—Estoy observando dinámicas laborales.
—Estás celosa de la chica del Club Aleta.
La chica del Club Aleta no tenía nombre para mí, y eso casi lo hacía peor.
Las malas son más fáciles. Las chicas normales, sudadas, útiles y con risa limpia, no.
—No sabía que la conocieras así.
—No me lo has preguntado.
—No colecciono datos de tus amigas.
—No es mi amiga.
—Ah, perdón, tus dinámicas laborales táctiles.
Biel dejó escapar una risa incrédula.
—No tienes derecho.
—Lo tengo claro.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, no estarías aquí, delante de medio pueblo, haciendo una escena porque alguien me ha tocado el brazo mientras tú tienes un comprador esperando a que decidas cuándo irte.
Aquello atravesó.
La frase tenía razón y mala leche. Una combinación muy poco útil para mi orgullo.