CAPÍTULO 7 · ABRIL #2
La frase quedó en la habitación. No sonaba a frase de cartel porque Tina no sabía hacer carteles. Sonaba a rodilla golpeada, a cubo de fregona, a mujer que llevaba años sosteniendo peso sin ponerle lazo.
Bajé con la libreta en la mano.
Biel estaba solo en la barra. El local había quedado en ese rato raro entre servicios en el que todo parece más sucio porque ya no hay movimiento para taparlo.
Tenía los codos apoyados, la cabeza baja, revisando un ticket que probablemente estaba mal porque todo lo que salía del TPV nacía con un trauma.
Dejé la libreta delante de él.
—Léelo.
No tocó la libreta.
—No es mía.
—Hay una nota sobre ti.
—Entonces menos.
—Biel.
—No quiero que Lola me hable desde una caja metálica.
Aquello me dio en el pecho de una forma absurda. Porque de solemne no tenía nada. Iba justo al revés. No había hombre de catálogo ahí: había un tío cansado con una factura en la mano, negándose a recibir una deuda familiar que no había pedido.
—Dice que no había que hacerte cargar con lo nuestro.
Sus dedos se cerraron sobre el ticket.
—Llegó tarde.
—Sí.
—Muy tarde.
—Sí.
Por primera vez no discutí.
Biel levantó la cabeza. Su mirada venía sin defensa preparada, y eso me dejó con menos aire que cualquier reproche.
—No soy parte de tu herencia, Abril.
—Lo tengo presente.
—No lo sabes cuando te conviene que abra, cargue, arregle y luego desaparezca de la decisión.
Ahí sí me tocó defenderme. Lo noté en la boca, el insulto listo, la frase rápida, la salida de emergencia. Pero miré la libreta. La letra de Lola. La barra. El ticket en su mano.
—Tienes razón.
Biel parpadeó.
—No me hagas eso sin avisar.
Casi sonreí.
—No te acostumbres.
—No pensaba.
La tregua duró lo que tardó mi móvil en sonar.
EL COMPRADOR.
El nombre iluminó la barra entre la libreta de Lola y la mano de Biel. Oportunísimo. Elegante como un vaso roto.
Callé.
Biel miró la pantalla.
—Contesta.
—No quiero.
—No ha impedido muchas cosas en la historia de la humanidad.
—No hoy.
—Abril, si quieres vender, tendrás que hablar con quien compra.
—¿Y si no quiero hablar ahora?
—Entonces no hables. Pero no hagas como que no existe.
El móvil dejó de sonar.
Otra notificación. Mensaje.
EL COMPRADOR: Quiero ver el local antes de San Juan. Quiero ver el estado real sin servicio.
San Juan.
Miré hacia la terraza. Los toldos viejos, las sillas apiladas, la pizarra con precios torcidos. La verbena era dentro de dos días y yo no había pensado en ella como noche de trabajo, sino como fecha en el calendario donde quizá habría más ruido para tapar mis decisiones.
Biel leyó el mensaje porque yo no lo tapé.
—Antes de San Juan —dijo.
—Sí.
—Quiere verlo sin servicio.
—Eso pone.
—Pues dile que no.
—No me mandes.
—No es una orden. Es sentido común.
—Tu sentido común siempre coincide con lo que tú quieres.
—Mi sentido común coincide con no meter a un comprador en el local dos días antes de la noche que puede salvar caja de la semana.
Vega apareció en la escalera.
—En eso tiene razón.
—Gracias por bajar justo para traicionarme —dije.
—Bajo porque arriba hace un calor ilegal y porque he oído “comprador”.
Ona asomó detrás.
—Yo también he oído comprador. Y una parte de mí quería bajar rodando.
Jana apareció comiendo otra patata.
—Yo he oído San Juan y me he activado como una señora de pueblo con pendientes grandes.
Tina fue la última.
—¿Qué pasa ahora?
Miré a todas. A Biel. A la libreta. Al mensaje. Lola y Sal alrededor, pringoso, roto, vivo, empeñado en no dejarme tomar una decisión sin testigos.
—Que el comprador quiere venir antes de San Juan.
—No —dijo Tina.
—No —dijo Vega.
—No sin limpiar primero —dijo Ona.
—No sin esconder el baño —dijo Jana.
Biel calló. Me miró.
Eso me obligó a hacer lo que menos me gustaba: decidir de verdad.
Cogí el móvil y escribí.
No antes de San Juan. Si sigue interesado, hablamos después.
No puse emoticonos. No pedí perdón. No adorné.
Lo envié antes de arrepentirme.
El mensaje salió.
Durante un segundo nadie respiró de forma visible.
Jana levantó una patata.
—Bueno. Abril acaba de posponer su fuga. Procede beber.
—No he pospuesto nada.
Biel miró la libreta.
—Evidentemente.
—No digas claro.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho con toda la cara.
Ona sonrió.
—Vais a necesitar subtítulos.
La respuesta del comprador llegó diez minutos después, cuando yo ya estaba limpiando la barra con más fuerza de la necesaria.
EL COMPRADOR: Después de San Juan hablamos. Pero necesito seguridad. No espero eternamente.
Eternamente.
Me reí sola.
Biel, que estaba colocando vasos, levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa palabra no existe aquí.
Le enseñé el mensaje.
Lo leyó.
—Nadie espera eternamente —dijo.
Lo dije bajo.
No pregunté si hablaba del comprador.
Cobarde hasta ahí, no.
Tampoco tan valiente.
Guardé el móvil y volví a limpiar. La barra seguía pegajosa. Froté, cambié de trapo, volví a frotar. Algo quedaba siempre. Una marca oscura cerca del grifo de cerveza. Una línea de sal. Un resto de tinta en mis dedos. La libreta de Lola abierta en la página donde decía mi nombre.
San Juan no había llegado todavía y ya estaba haciendo ruido en la puerta.
Esa noche, cuando cerramos, Biel siguió en la terraza apagando luces.
Yo subí sola a la habitación de arriba, metí la libreta de Lola otra vez en la caja de Lola y la dejé en el cajón.
No la cerré con llave.
Al bajar, Biel estaba junto al cartel torcido, mirando la ese final.
—Habrá que arreglarlo antes de San Juan —dijo.
—¿El cartel?
—Entre otras cosas.
La calle olía a humedad caliente, a pan del Forn Nuri cerrado hacía horas, a basura esperando recogida. Cala Saurina tenía esa forma de parecer dormida y estar escuchándolo todo.
—Biel.
—¿Qué?
—Gracias por no leer la libreta.
Se metió las llaves en el bolsillo.
—No todo lo que se deja abierto hay que mirarlo.
No apartó los ojos un segundo.
Yo pensé en contestar algo rápido. Algo con dientes. Algo que devolviera el aire a su sitio.
No lo hice.
Porque algunas puertas, si no las cierras a tiempo, empiezan a comportarse como invitaciones. Y yo era bastante idiota con las invitaciones.