CAPÍTULO 7 · ABRIL
La libreta de Lola estaba dentro de una caja de Lola danesas.
No había galletas, claro. En las casas donde se guardan botones, monedas extranjeras o facturas, las cajas de galletas nunca contienen galletas.
Contenía una libreta de tapas blandas, tres bolígrafos sin tinta, una goma del pelo con arena incrustada, dos recibos de butano de un año que no quise mirar y una foto pequeña de Lola apoyada en la barra con un cigarro apagado entre los dedos.
La foto opinaba otra cosa.
La habitación de arriba tenía el aire parado, caliente y lleno de polvo.
Habíamos abierto la ventana, pero la ventana daba a la parte trasera, al almacén, a los contenedores y a la ducha exterior que goteaba con una constancia casi personal.
Desde allí se oía Lola y Sal por debajo: platos, Jana riéndose demasiado alto, Tina dando órdenes sin subir la voz, una silla arrastrada, el TPV pitando una vez y alguien diciendo que no quedaba limón.
Siempre faltaba algo.
Vega estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, una carpeta sobre las rodillas y cara de haberse arrepentido de tener amigas antes de las doce.
Ona ocupaba la silla plegable peligrosa, grabando audios para sí misma que luego decía que no eran contenido.
Tina había subido un ventilador pequeño que funcionaba solo si lo mirabas con fe.
Jana se había tumbado en una manta vieja con un paquete de patatas entre las tetas y una dignidad discutible.
—No entiendo por qué las reuniones importantes no pueden hacerse abajo, donde hay café —dijo.
—Porque abajo hay clientes —contestó Vega.
—Los clientes también tienen derecho a saber que Abril se ha convertido en señora con libreta.
—No soy señora con libreta.
Jana señaló la caja de galletas.
—Tienes herencia, deuda y una caja de costura que no cose. Eso es señora nivel avanzado.
Abrí la libreta.
La primera página tenía una lista escrita con la letra de Lola: hielo, pan, cerveza, Noguera, Pepa, lejía, no fiar al de la mesa seis, aunque venga simpático.
Me reí sin ganas.
—El de la mesa seis sigue viniendo —dijo Ona.
—Y sigue viniendo simpático —añadió Tina desde la puerta—. Ayer pidió que se lo apuntáramos.
—¿Y?
—Le dije que se apuntara él a un curso de vergüenza.
Jana levantó una patata.
—Por eso Tina no puede estar en atención al cliente.
—Por eso Tina debería dirigir el país —dijo Ona.
Pasé otra página. Había cuentas mezcladas con frases sueltas, números sin fecha, teléfonos de proveedores, un dibujo de una sardina con mala cara, la palabra “licencia” rodeada tres veces y, debajo, una frase que me cortó el movimiento.
Si Abril vuelve, no darle todo el primer día.
Miré la línea.
La letra era de Lola. No había duda. Esa forma de hacer la ele como si se le cayera hacia delante, ese trazo seco, las aes abiertas. Mi madre escribía como hablaba: sin pedir perdón por ocupar espacio.
—¿Qué pone? —preguntó Vega.
Cerré la libreta un poco. Una reacción ridícula. Como si la frase hubiera sido íntima y las demás no estuvieran metidas hasta el cuello en mi desastre desde las siete de la mañana del día anterior.
—Nada.
Jana se incorporó sobre los codos.
—Cuando Abril dice nada, suele haber una cosa fea con dientes.
—Pone mi nombre.
Tina cruzó los brazos.
—¿Qué dice?
Volví a abrir.
—“Si Abril vuelve, no darle todo el primer día.”
Nadie soltó una frase limpia. Lo agradecí. Habría tirado la libreta por la ventana.
Ona bajó el móvil, que ni siquiera estaba usando.
—Bueno. Conociendo a Lola, igual era una recomendación médica.
—O una amenaza —dijo Jana—. Tu madre amenazaba con una caligrafía preciosa.
Vega me quitó la libreta con cuidado, no con ternura. Vega hacía pocas cosas con ternura. Lo suyo era más útil: no dejarte desangrar por tonterías si había que firmar un papel a las cuatro.
—Hay más páginas marcadas.
—No quiero leerlas.
—Claro que no. Por eso hay que leerlas.
Me levanté.
La habitación pareció hacerse más baja. No por emoción. Por calor. Por olor a cartón, a papeles viejos, a protector solar olvidado, a la camiseta que llevaba desde primera hora y que ya no sabía si estaba limpia, usada o directamente integrada en mi piel.
—Necesito agua.
—Hay una botella ahí —dijo Tina.
—Necesito agua abajo.
—El agua abajo sabe igual.
—Tina.
Me dejó pasar.
Bajé la escalera a toda prisa y casi pisé mal en el último escalón.
El local me golpeó con ruido: tres mesas ocupadas, una pareja discutiendo por la sombra, Jana gritándome desde arriba que no huyera con estilo pobre, el extractor, la nevera pequeña, una moto pasando junto a la terraza, una señora preguntando si el pulpo era fresco, aunque no había pulpo ni en la carta ni en la imaginación de nadie.
Biel estaba en la barra, rellenando botellas de agua y hablando con Pepa.
Me vio antes de que yo decidiera si quería que me viera.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
Pepa, que tenía un don espiritual para quedarse en los sitios donde una no quería público, miró a Biel, luego a mí, y cogió su bolsa.
—Voy a hacer como que tengo prisa.
—Nunca tienes prisa —dijo Biel.
—Por eso se nota que soy educada.
Se fue hacia la terraza, no sin antes tocarme el brazo al pasar. Un toque breve, seco, de pueblo. De mujer que había conocido a mi madre y no pensaba convertirlo en discurso.
Abrí la nevera pequeña, cogí una botella de agua y bebí sin vaso. El agua estaba tan fría que me dolió la garganta.
—Abril.
—No preguntes.
—Ya has bajado con esa cara. Es tarde para no preguntar.
Me limpié la boca con el dorso de la mano.
—Tu forma de llevar esto debería incluir no meterte en todo.
—Mi forma de llevar esto incluye saber cuándo la dueña baja de arriba como si la hubieran echado de su propia herencia.
La botella crujió en mi mano.
—Mi madre dejó escrito que si volvía no me lo dierais todo el primer día.
Biel ni pestañeó.
No hizo cara de sorpresa.
Se torció más.
—Lo sabías.
—No.
—Biel.
—No sabía esa frase.
—Pero sabías que había cosas.
Apoyó las dos manos en la barra. Tenía una mancha de café en el nudillo y un arañazo nuevo cerca del pulgar. Lola y Sal le iba sumando marcas, cobrando cuota.
—Lola escribía mucho cuando se cabreaba.
—Qué explicación tan completa.
—No sé qué quieres que te diga.
—La verdad, por cambiar.
Alzó la mirada.
—La verdad es que tu madre no confiaba en que volvieras para quedarte más de dos días. Y, aun así, dejó todo donde pudieras encontrarlo.
Me dolió. Me molestó que me doliera delante de él.
—Eso es muy cómodo para ti.
—¿El qué?
—Usar a mi madre para hacerme sentir culpable.
Su cara se cerró.
—No necesito usar a nadie. La culpa la traes bastante bien organizada tú sola.
Le habría tirado la botella si no fuera de plástico y si no estuviera medio local mirando. En vez de eso, la dejé sobre la barra con una fuerza que hizo saltar una gota.
—No tienes derecho a hablarme así.
—Probablemente no.
—Entonces cállate.
—Cuando dejes de pedirme verdades y luego ofenderte porque pesan.
La terraza siguió funcionando alrededor, indecente.
Un hombre pidió dos claras. Ona pasó con una bandeja y nos miró sin frenar.
Tina, desde la puerta de la cocina, dijo que alguien recogiera las patatas antes de que se pusieran blandas.
La vida no respetaba ni una sola pelea con potencial dramático.
Subí otra vez porque quedarme abajo habría sido darle demasiada ventaja a mi cuerpo, que estaba confundiendo rabia con ganas de acercarse.
Arriba, Vega había abierto tres páginas marcadas.
—No leas más —dije.
—Ya he leído.
—Genial. Repartamos mis vísceras con orden alfabético.
Jana se sentó del todo.
—Me encanta cuando te pones desagradable para no llorar. Es muy de la casa.
—Jana.
—Qué. Es verdad.
Vega giró la libreta hacia mí. Señaló una página con un recibo grapado.
—Hay una deuda con el proveedor de bebidas. No enorme, pero tampoco pequeña. Hay otra con reparación de frío. Y esto…
Tocó un papel doblado.
—Esto es una comunicación de renovación de terraza. No es solo la licencia de actividad. Hay una parte vinculada a continuidad de temporada y memoria de explotación.
—Traduce.
—Si cierras de golpe y vendes como traspaso limpio, puedes encontrarte con que el comprador exija rebaja o se retire hasta que el Ayuntamiento aclare condiciones.
—Eso ya lo sabía.
—No. Sabías que era incómodo. Ahora sabes que puede costarte dinero.
Tina se acercó por detrás.
—¿Cuánto?
Vega hizo un gesto con la boca.
—Suficiente para que cerrar por rabia sea mala idea.
—No estoy cerrando por rabia.
Las cuatro me miraron.
—Vale —dije—. No solo por rabia.
Jana sonrió como quien ya tenía delito.
—Progreso. Pequeño, sudado y con olor a fritanga, pero progreso.
Me senté en el suelo frente a la libreta. Las rodillas me crujieron. Tenía los dedos pegajosos de agua y barra. La página de Lola seguía allí, con mi nombre. No darle todo el primer día.
—¿Qué más pone?
Vega apartó la mirada.
—Hay una nota sobre Biel.
—No.
—Abril.
—He dicho que no.
Tina le quitó la libreta a Vega antes de que ella decidiera hacer lo correcto, que casi siempre era lo menos recomendable para mi sistema nervioso.
—La leo yo.
—Tina.
—Pone: “Biel sabe abrir cuando nadie quiere abrir. Pero no hacerle cargar con lo nuestro.”
El ventilador pequeño golpeó una vez y se apagó.
Nadie habló.
Abajo se oyó a Biel decir algo a un cliente. Una frase cualquiera. Su voz subió por la escalera mezclada con ruido de vasos. Biel sabía abrir cuando nadie quería abrir. No hacerle cargar con lo nuestro.
Yo había vuelto y lo primero que había hecho era acusarlo de ocupar un sitio que quizá le habían puesto encima porque los demás no supimos, no quisimos o no pudimos.
No me gustó esa versión.
Las versiones donde yo quedaba mal me parecían poco literarias.
—Esto no cambia nada —dije.
Vega alzó la vista hacia mí por encima de sus gafas.
—Cambia lo que sabes.
—Sigue siendo una ruina.
—Sí.
—Sigue habiendo comprador.
—Sí.
—Sigo queriendo irme.
Jana, por una vez, no contestó al instante.
Tina sí.
—Pues tendrás que irte sabiendo dónde pisas.