CAPÍTULO 6 · BIEL #3
—Si habéis terminado el drama vehicular, aquí hay cajas y yo tengo dos brazos, no ocho.
Abril bajó de golpe, con la expresión de quien acaba de ser salvada y condenada a la vez.
Descargamos en silencio. Jana llegó durante el tercer viaje, con el pelo efectivamente en guerra y gafas de sol enormes.
—Uy —dijo nada más vernos.
—Ni una palabra —dijo Abril.
—Eso son muchas palabras posibles.
—Jana.
—Vale. Cajas. Soy una mujer de cajas.
Ona apareció con hielo. Vega llegó con papeles. Lola y Sal volvió a tragar gente, género, facturas, sudor. El día se puso en marcha sin esperar a nadie.
A media tarde, mientras Abril revisaba la factura de Marblava en la barra, el móvil le vibró boca arriba.
Yo no quería mirar.
Miré.
EL COMPRADOR: Viernes 18:00. Confírmame si mantienes salida antes de agosto para cerrar condiciones.
Abril tapó la pantalla con la mano.
Tarde de más.
—Biel.
—No estaba opinando.
—Vas a hacerlo.
—No hace falta.
—No es lo que parece.
Me reí. Mal.
—No uses frases de gente que ha hecho exactamente lo que parece.
—No he firmado.
—Pero ya tienes fecha de salida.
—Tengo vida fuera.
—Nunca lo he dudado.
—Lo dices como si fuera una traición.
—No. Lo digo como alguien que se acaba de enterar de que las tres semanas eran también una cuenta atrás.
Abril dejó la factura sobre la barra. Tenía los dedos manchados de tinta azul.
—Siempre lo fueron.
Ahí estuvo. Lo limpio. Lo cruel sin querer. Lo suyo.
Asentí.
—Perfecto.
—No digas perfecto.
—¿También controlas mis palabras?
—No. Ojalá controlara algo.
Se calló. Esa última frase le salió baja, sin filo. La oí. Me habría gustado no oírla.
Durante un segundo quise decirle que yo tampoco.
Que llevaba años confundiendo sostener con controlar, abrir con esperar, quedarme con tener razón.
Que la veía con las manos sucias de caja y tinta, con el pelo suelto por el calor, y la parte más imbécil de mí todavía quería darle un sitio, aunque ella estuviera calculando cómo marcharse sin romper demasiados vasos.
No dije nada.
Cogí la factura.
—Esto está mal. Nos han cobrado dos cajas de café.
Abril miró el papel.
—Mierda.
—Llama.
—¿Ahora?
—Ahora. Dueña.
Me lanzó una mirada rabiosa. Buena. La rabia la colocaba en el presente, no en la última semana de julio.
Cogió el móvil y llamó a Marblava. Discutió diez minutos, consiguió abono en la siguiente entrega y colgó con la cara roja.
—Arreglado.
—Bien.
—No suenes orgulloso.
—No lo estoy.
Mentí fatal.
Ella se apoyó en la barra.
—Tres semanas, Biel.
—Lo sé.
—No prometas más de lo que puedas soportar.
—Eso te lo debería decir yo.
La tarde siguió.
A las siete, la terraza estaba llena. A las ocho, Jana discutía con Nil Borràs Vidal porque él había aparecido a traer una caja de limones de no sé dónde y ella decía que “nadie viene con limones sin intención narrativa”.
A las ocho y media, Ona casi resbaló junto a la ducha exterior y culpó a la gravedad.
A las nueve, Vega recibió una llamada, se puso seria y se fue a hablar al Camí de les Figueres.
Tina trabajaba con la mandíbula apretada y Roc Sallarès Montoliu pasó por la barra a pedir agua, mirándola dos segundos más de lo normal.
El grupo entero tenía grietas. Algunas nuevas, otras de siempre.
Abril y yo no éramos la única avería.
A las diez y media, cuando por fin saqué la última bolsa de basura al contenedor, encontré a Abril detrás del almacén, junto a la ducha exterior. No se estaba duchando. Solo tenía el grifo abierto, lavándose las manos. El agua le salpicaba los tobillos.
—Si giras así, vuelve a disparar hacia el pecho —dije.
—Ya he aprendido.
—Milagro.
Cerró el grifo. Se secó las manos en el pantalón.
—Lo de Marblava…
—No.
—Déjame terminar.
—No quiero explicaciones a medias.
—No sé darte otras.
Aquello sí la retrataba. No como excusa; como defecto.
Me apoyé en el marco del almacén.
—Entonces no me las des.
Abril no apartó los ojos de mí. La luz de la terraza llegaba hasta allí rota por el cañizo. Tenía una mancha de salsa en la camiseta, una raya de tinta en la muñeca y los ojos cansados de no dormir bien, aunque probablemente hubiera dormido en una cama mucho mejor que la mía.
—No he vuelto por ti —dijo.
—Ya lo dijiste ayer.
—Pero tampoco he vuelto sin ti.
Me dio en un sitio peligroso. No por bonita; no lo era. Estaba mal construida, era injusta y no resolvía nada. Precisamente por eso sonaba a Abril.
—No significa nada —dije.
—Ya.
—Y significa demasiado.
—También.
Nos quedamos ahí, como dos idiotas adultos junto a una ducha rota, sin tocarnos porque tocarse era fácil y lo fácil llevaba siete años cobrándonos intereses.
Dentro, Jana gritó:
—Biel, hay un señor preguntando si las almejas son de confianza.
Abril entornó los ojos.
—Las almejas no deberían cargar con eso.
—Nadie en este local debería.
Pasé junto a ella para entrar.
Esta vez fui yo quien rozó su mano.
Poco. Una distracción posible. Una mentira pequeña.
Abril no la apartó.
Tampoco la cogió.
Para un segundo día, aquello venía pasado de peligro. Y todavía no habíamos servido ni la mitad del desastre.