CAPÍTULO 6 · BIEL #2
—La cadera ha sido condescendiente.
—Mi cadera lleva años entrenada.
Aguantó mi mirada.
El error fue mío. La frase podía haber muerto ahí, como una idiotez mecánica. Pero sus ojos bajaron un segundo a mi cintura y subieron con la rapidez culpable de quien también ha entendido demasiado.
El aparcamiento de Marblava no era lugar para nada. Coches, cajas, calor, un contenedor lleno de cartones, un señor discutiendo por teléfono. Aun así, durante dos segundos, mi cuerpo decidió recordar la noche en la habitación, el almacén, el casi beso, su muñeca bajo mis dedos.
Abril abrió la puerta del copiloto.
—Volvamos.
—Sí.
Subimos.
La radio funcionó en la segunda curva, como había prometido. Una emisora local soltó una canción vieja, demasiado alegre, de esas que en verano se pegan a las terrazas, aunque nadie las quiera. Abril bajó el volumen.
—Necesito hablar con el comprador esta tarde.
Ahí estaba.
Ni curva, ni música, ni aire caliente. Una frase y todo volvía a su sitio: ella con una salida en el bolsillo, yo con las manos en el volante.
—Ya.
—No firmaré sin revisar.
—Qué detalle.
—Biel.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada, si vas a decirlo así.
Adelanté al coche francés en una recta corta, con más rabia de la recomendable. Abril se agarró al asiento.
—No conduzcas como si quisieras discutir con la carretera.
—La carretera no me contesta.
—Pues menos mal.
Pasamos Punta Roja. A lo lejos se veía la línea de Cala Saurina, las casas blancas, el puerto pequeño de Port Saurí, los toldos de Lola y Sal como una mancha cansada junto a la playa.
—Me voy antes de agosto —dijo.
No lo pregunté. No la miré.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Eso significa que sí lo sabes.
Silencio.
La furgoneta hizo un ruido raro en la subida. Reduje.
—Última semana de julio —dijo al fin.
La última semana de julio.
Tres semanas. Veintiún días. Actividad mínima. Papeles. Valoración. Comprador. Y luego hueco.
Yo tenía una habilidad lamentable para hacerme daño con información que ya esperaba.
—Lo tenías decidido antes de venir —dije.
—Tenía previsto no quedarme todo el verano.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—Claro.
—No uses claro como insulto.
—Es lo que hay cuando se acaban las palabras largas.
Abril giró la cabeza hacia mí.
—¿Qué querías que hiciera? ¿Volver sin plan? ¿Sentarme en la barra y dejar que todo me cayera encima?
—Ya te está cayendo encima.
—Por eso necesito plan.
—No. Necesitas una salida limpia.
—¿Y tú qué necesitas, Biel?
La pregunta llegó torcida. No sonaba a interés. Sonaba a defensa. Aun así, me entró.
¿Qué necesitaba? Dormir. Pagar a Noguera. Cambiar el pestillo del baño. No mirar su boca cada vez que decía mi nombre. No tener que demostrar que quedarme no me había convertido en un mueble más del chiringuito.
—Que no me metas en una decisión que ya has tomado —dije.
A Abril se le escapó una risa seca.
—Tú te metiste solo. Con llaves, reservas y una carpeta que yo ni sabía que existía.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
—Esa frase te encanta.
—No. Me cansa.
—Pues deja de usarla.
Apreté el volante.
—Eso intento.
Nos quedamos callados.
La carretera bajaba hacia Cala Saurina con curvas más cerradas.
El aire de la ventanilla le había deshecho el moño a Abril casi por completo.
Un mechón se le pegaba al labio. No se dio cuenta.
O sí y no tenía manos para apartarlo porque las llevaba cruzadas sobre las piernas, en postura de mujer que se está sujetando una discusión por dentro.
—Cuando me fui —dijo—, no fue solo por ti.
Casi me reí.
Casi.
—Gracias por rebajarme el protagonismo.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Convertir cualquier cosa que digo en una forma de castigo.
—Es que algunas llegan muy preparadas.
Abril miró por la ventana.
—Me ahogaba allí.
—¿En Lola y Sal?
—En todo. En el local, en mi casa, en Lola cansada, en Lola opinando, en el pueblo sabiendo cuándo discutíamos, en las mesas, en la playa, en ti. En mí también, si quieres ponerlo completo.
Me guardé la respuesta.
Era la primera vez que lo decía sin convertirlo en logística. Sin valor, sin venta, sin plazo.
La furgoneta olía a detergente y cartón caliente. Una bolsa se movió detrás en una curva y golpeó el lateral.
—Yo no sabía cómo quedarme —añadió.
—Y yo no sabía cómo pedirte que no te fueras.
Ahí salió. Vieja, fea, sin envoltorio. La había tenido dentro durante años como se guarda una herramienta rota porque algún día igual sirve para algo.
Abril no cedió espacio.
—Tampoco me lo pusiste fácil.
—¿Tenía que ponértelo fácil mientras hacías la maleta?
—No.
—¿Entonces?
—No lo sé.
Eso fue más honesto que cualquier explicación completa.
Entramos en Cala Saurina por la parte alta. Pasamos el Camí de les Figueres, el cartel de Port Saurí, una fila de coches mal aparcados y una señora con sombrilla que cruzó sin mirar porque la edad, allí, daba derecho a desafiar vehículos.
Aparqué detrás de Lola y Sal, junto al almacén.
Nadie bajó enseguida.
Abril tenía la mano en la maneta. Yo seguía con las dos en el volante, aunque el motor ya estaba apagado.
—No pienso pedirte que te quedes —dije.
Ella apretó los párpados un segundo un segundo.
—Está bien.
—Tampoco voy a hacerte más fácil irte.
Los abrió.
—No suena muy maduro.
—No he presumido de madurez.
—Has presumido de experiencia.
—La experiencia es madurez con peor humor.
Casi sonrió. No llegó.
Detrás, Tina golpeó la puerta lateral desde fuera.