CAPÍTULO 6 · BIEL
Abril llegó a las ocho y treinta y siete.
Siete minutos tarde era, para ella, una forma de puntualidad con carácter. Para mí, a esa hora y con Noguera esperando en doble fila, era otra prueba de que el universo disfrutaba haciendo pequeñas bromas con gente cansada.
La vi bajar por la calle de Platja Gran con zapatillas.
No sandalias, no lino, no esa ropa de Barcelona que parecía pensada para no tocar nada.
Zapatillas blancas, pantalón corto, camiseta negra sin dibujo y el pelo recogido en un moño hecho con mala leche.
Llevaba un café en una mano y el móvil en la otra.
No llevaba mi camiseta.
Bien.
No bien.
—Llegas tarde —dije.
Me ofreció el café.
—Te he traído uno.
—Sigues llegando tarde.
—Y tú sigues hablando antes de beber. Fallo grave de personalidad.
No cogí el café.
Abril lo dejó sobre la barra, junto al TPV, que estaba apagado y por eso parecía menos culpable.
—Buenos días también a ti.
Noguera descargó dos cajas pequeñas de sardinas, hielo picado y una bolsa con almejas que no habíamos pedido.
—Esto último va barato porque mañana no aguanta —dijo.
—Si no lo hemos pedido, no va —contesté.
—Si no lo quieres, se lo llevo a L’Estaca.
Abril miró la bolsa.
—¿A cuánto?
Noguera le dijo el precio.
Ella hizo una cuenta rápida con la cara. La conocía. No porque supiera cómo era ahora, sino porque algunas cosas del cuerpo no se reforman: Abril calculaba mordiendo un poco el interior de la mejilla, mirando hacia un lado buscando los números en algún rincón invisible.
—La mitad —dijo.
Noguera se rio.
—Qué mona.
Abril no sonrió.
—La mitad o se lo llevas a L’Estaca y te comes media caja de vuelta porque ellos ya tienen menú cerrado.
El hombre me observó, buscando alianza masculina o alguna tontería parecida.
Yo bebí el café.
—Habla con la dueña.
Abril no me miró, pero se le movió algo en la boca. Satisfacción contenida. Peligrosa.
Noguera acabó dejando las almejas por un precio indecente para él y útil para nosotros. Abril apuntó la deuda en una servilleta, luego en la libreta, luego hizo una foto con el móvil.
—Tres registros —dije.
—Uno por cada forma en que este sitio pierde papeles.
—Aprendes rápido.
—No te emociones.
A las nueve y diez ya habíamos guardado el pescado, revisado el congelador grande y confirmado que seguía haciendo un ruido de animal con bronquitis.
Tina llegó con una bolsa de pan del Forn Nuri y ojeras de persona que había soñado con freidoras.
Jana mandó un audio diciendo que se retrasaba porque su pelo “había tomado decisiones autónomas”.
Ona apareció, hizo una foto al cartel torcido, recordó que no podía subirla y se fue a por hielo con un dramatismo moderado.
Vega avisó de que pasaría después de comer con papeles.
Abril escuchó todo eso con el café ya terminado y la cara de quien empieza a entender que un chiringuito no se hereda: te cae encima cada veinte minutos en forma de cosa pequeña.
—¿A qué hora vamos a Marblava? —preguntó.
—Ahora.
—Tengo que revisar caja.
—La caja puede esperar media hora.
—Nada aquí espera media hora. Me lo dijiste tú ayer.
—Usar mis frases contra mí es una falta de respeto.
—Las dejaste encima de la barra.
Tuve que girarme para que no me viera sonreír.
Cogí las llaves de la furgoneta.
—Vamos.
—¿En eso?
Miraba mi furgoneta como si acabara de encontrar un animal herido en la puerta. Blanca en origen, arena por convicción, con una puerta lateral que había que cerrar con la cadera y un asiento de copiloto que se hundía hacia la derecha.
—Tiene ruedas.
—Sigo sin saber si es legal.
—Pasó la ITV.
—¿En qué año emocional?
—Sube, Abril.
—No me mandes.
—Súbete, por favor, propietaria provisional con tendencia a negociar almejas.
—Así mejor.
Subió.
Lo hizo con cuidado, sujetándose al marco, y la furgoneta crujió como si agradeciera el respeto.
Yo rodeé por delante, tiré del cierre del capó por costumbre, aunque no hacía falta, y me puse al volante.
El aire dentro era caliente, viejo, con olor a cartón, sal, gasoil y una colonia barata que ya no usaba, pero seguía metida en la tapicería como algunos errores.
Abril se abanicó con un folleto del Ayuntamiento que encontró en la guantera.
—¿No tiene aire?
—Tiene ventanas.
—Innovador.
—Y si la tratas bien, la radio funciona en dos curvas.
—Me siento dentro de una promesa rota.
—Entonces combina contigo.
Contesté demasiado rápido.
Abril dejó de abanicarse.
Yo arranqué antes de mirarla.
La Carretera de la Cornisa salía de Cala Saurina con una subida estrecha, pegada a los pinos, curvas secas y turistas frenando donde no tocaba porque el paisaje les parecía más importante que seguir vivos.
A la derecha, a veces, se abría el mar. No hacía falta mirarlo.
Estaba. Como ciertas cosas: ocupando espacio, aunque una no quisiera hacerles caso.
Abril bajó la ventanilla. El aire le despeinó el moño en menos de un minuto.
—Genial —murmuró, peleando con un mechón.
—Te queda mejor así.
—No empieces el día mintiendo.
—No estaba mintiendo.
No dijo nada.
Avancé detrás de un coche francés que subía a treinta y parecía muy comprometido con fastidiar la subida.
Abril apoyó el codo en la ventana y miró hacia fuera.
Tenía las rodillas cerca de la palanca de cambios.
Más cerca de la cuenta. Cada vez que metía tercera, mis nudillos quedaban a una distancia estúpida de su muslo.
No la toqué.
Ese detalle debería contar para algo en algún tribunal.
—¿Dónde es exactamente? —preguntó.
—Marblava. Un almacén pequeño detrás del mercado. Género seco, aceite, algunas conservas, limpieza. Si pagas bien, no te tratan fatal.
—Qué estándar tan alto.
—Ayer negociaste almejas con la soltura de quien lleva diez años insultando pescaderos.
—He tenido reuniones con hombres que se creen imprescindibles. No cambia tanto.
—Ahí lo tienes. Experiencia transferible.
Ella bufó una risa.
Fue poco. Bastante.
La carretera se estrechó después de Punta Roja. El coche francés frenó para hacer una foto desde dentro. Tuve que pisar el freno. Abril se fue hacia delante y se sujetó al salpicadero.
—Joder.
—Perdón.
—Iba por el señor Monet de delante.
Toqué el claxon. El francés levantó la mano sin apartarse.
—Cala Saurina debería cobrar peaje emocional a los turistas —dijo Abril.
—Lo cobra. Lo llamamos temporada.
Esta vez sí se rio.
Me agarré al volante con más fuerza de la necesaria.
La furgoneta, la curva, su risa a medio romper, mi mano pasando cerca de su pierna cada pocos segundos. Todo era bastante vulgar. Por eso costaba más ignorarlo.
—¿Por qué Marblava y no pedirlo por teléfono? —preguntó.
—Porque por teléfono somos un chiringuito que debe medio mundo y cambia de titularidad. En persona, somos un chiringuito que debe medio mundo, cambia de titularidad y lleva a la dueña a poner cara de que paga.
—Mi cara de que paga está agotada.
—Sirve igual.
—Qué confianza tienes en mis capacidades faciales.
—Ayer casi consigues que Noguera te regalara almejas por miedo.
—Respeto. También puede llamarse miedo si hoy te apetece estar desagradable.
—Era miedo.
—Me vale.
Pasamos el desvío del parking de tierra del faro.
Por un segundo pensé en girar. No lo hice.
Allí habíamos aparcado muchas noches a los veinte, con una manta en el asiento trasero de mi coche viejo, cerveza caliente y unas ganas de comernos vivos que luego disimulábamos fatal en el pueblo.
Ese lugar no necesitaba más fantasmas. Ya tenía los suyos.
Abril también miró el desvío.
Lo vi.
—No hace falta que finjas que no sabes dónde estamos —dije.
—No estaba fingiendo.
—Abril.
—Estaba decidiendo si decir algo o dejarlo morir.
—¿Y?
—Ha muerto.
—Qué descanso.
Descanso, poco. Quedó entre los dos como una bolsa de basura al sol.
En Marblava, el almacén olía a cartón seco, lejía y aceitunas.
Nos atendió el encargado de siempre, un hombre con barriga dura y paciencia de cuchillo.
No pienso escribir su nombre aquí porque Abril todavía tenía razón en algo: no convenía fijar a más gente de la necesaria en un desastre que no sabía si sobreviviría tres semanas.
—Lola y Sal —dijo él, mirando primero a mí y luego a Abril—. Pensé que cerrabais.
Abril se adelantó medio paso.
—Estamos ordenando temporada.
—Eso dicen todos antes de cerrar.
—Y algunos antes de pagar.
El hombre sonrió. Poco. Con respeto, o con ganas de ver hasta dónde mordía.
Seguí detrás, dejando que hablara. Me costó. No por desconfianza. Por costumbre. Uno se acostumbra a sostener una puerta y luego se ofende cuando alguien aprende a abrirla.
Abril pidió bolsas de basura, aceite, servilletas, detergente, vasos bajos, café y latas. Se equivocó en dos cantidades. La corregí solo una vez. La segunda se corrigió ella antes de que yo abriera la boca.
—No pongas esa cara —me dijo.
—¿Cuál?
—La de profesor de mierda orgulloso.
El encargado carraspeó para esconder una risa.
Pagamos una parte. Dejamos otra apuntada.
Abril pidió factura a nombre de Lola y Sal con una firmeza que me hizo algo incómodo en el pecho.
La vi escribir el NIF, la dirección, su nombre completo.
Abril Rovira Mas. Dueña. Provisional o no, allí estaba, en papel térmico, oliendo a almacén y detergente.
Cuando salimos, cargamos la furgoneta entre los dos. El sol caía duro sobre el aparcamiento. Abril se apartó un mechón de la frente con el antebrazo porque tenía las manos llenas de polvo de cartón.
—Esto es carísimo —dijo.
—Sí.
—Y feo.
—Mucho.
—Y necesario.
—También.
Dejó una caja en la parte trasera y miró el montón: bolsas de basura, garrafas, café, servilletas, latas, detergente. Nada romántico. Nada vendible en miniatura. La vida real de un negocio se parecía mucho a eso: cosas que nadie fotografía y que, si faltan, hunden un día entero.
—¿Mi madre hacía esto todas las semanas? —preguntó.
—Algunas, dos veces.
Abril tragó saliva. Cerró la puerta lateral con poca fuerza. No cerró. Volvió a intentarlo. Tampoco. Le di con la cadera y encajó.
—No hagas comentarios.
—Estoy callado.