No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 5 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 5 · ABRIL #2

La distancia entre los dos se convirtió en una cosa con pulso.

Entonces Jana gritó desde la cocina:

—Si os habéis quedado pegados al suelo, avisad, que Tina está repartiendo tareas y no respeta cuerpos caídos.

Me aparté tan rápido que pisé el charco otra vez. Biel soltó el aire, casi una risa, casi un insulto.

—Estamos arreglando el congelador —contestó.

—Qué nombre le ponéis ahora a todo —gritó Jana.

—¡Jana! —chilló Tina desde algún sitio.

Me pasé las manos por la cara. Tenía los dedos fríos, mojados, oliendo a pescado y cartón.

—Esto no ha pasado.

Biel recogió la bolsa de hielo del suelo.

—No ha pasado casi nada.

—No uses el casi.

—El casi es lo único honesto de la frase.

Quise contestar. Mi móvil empezó a sonar dentro del bolsillo trasero.

El tono se había vuelto insoportable. Una musiquilla estándar, alegre, completamente indecente para un almacén donde yo acababa de estar a un centímetro de besar al hombre que no podía tocar si quería vender sin convertirme en una cobarde con coartada romántica.

Saqué el móvil.

EL COMPRADOR.

La pantalla iluminó el espacio entre nosotros.

Biel lo vio.

Otra vez.

El casi se murió allí mismo.

—Cógelo —dijo.

—No.

—Cógelo, Abril.

—Estoy ocupada.

—Cómo no.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Cerrar la cara como si te hubiera engañado.

—No me debes fidelidad.

La frase fue limpia y sucia a la vez. Me dejó en ridículo, aunque nadie la hubiera oído.

El teléfono dejó de sonar. Al segundo entró un audio.

El móvil vibró en mi mano.

Biel miró la notificación. No leyó. No hizo falta. El comprador había escrito suficiente para manchar el aire:

Audio. Necesito confirmación antes del viernes. Si no, busco otra opción.

El congelador goteó.

—Antes del viernes —dijo Biel.

—No iba a firmar nada hoy.

—Qué alivio. Casi me preocupo.

—No me hables así.

—¿Cómo quieres que te hable? ¿Como el que abre, como intruso con llaves o como el idiota que casi te besa mientras tienes un comprador esperando respuesta?

Me dolió lo de idiota porque sonaba a él castigándose, no a mí.

—No eres un idiota.

—No me arregles ahora.

—Biel…

—Hay que terminar con el congelador.

Se giró. Empezó a mover cajas otra vez, más rápido, con una eficiencia que había dejado de ser sexy y se había vuelto muro.

Miré el audio sin reproducir.

No lo escuché.

Tampoco lo borré.

Lo guardé como se guardan las cosas que una no quiere tener encima y aun así pesan: en el bolsillo, pegadas a la piel.

Cuando salimos del almacén, Tina nos miró los pantalones mojados, la cara, las manos vacías.

—¿Arreglado?

—Temporalmente —dijo Biel.

—Palabra oficial de Lola y Sal —murmuró Jana.

Ona me observó demasiado.

—Tienes el pelo…

—No acabes esa frase.

—Vale.

Vega, desde la mesa, alzó la mirada de sus papeles.

—¿El congelador aguanta?

—Hasta mañana —dijo Biel.

Hasta mañana.

Aquella noche todo aguantaba hasta mañana: la licencia, el local, las amigas, la venta, mi dignidad, la distancia con Biel. Nada más.

Recogimos en silencio. El bueno no. El cansado. Biel salió a tirar las cajas mojadas al contenedor y yo seguí en la cocina, lavándome las manos con un jabón que olía a limón químico.

Froté demasiado. Queriendo quitarme su mano de la cintura, su casi beso, el audio, el viernes.

Jana entró y cerró la puerta con el pie.

—No pienso preguntar.

—Gracias.

—Voy a decir.

—Lo que faltaba.

Se apoyó en la encimera. Tenía el rímel un poco corrido y una mancha de salsa en la clavícula. Jana siempre parecía recién salida de un accidente divertido.

—Si te lo vas a follar, no lo uses como despedida.

El grifo siguió corriendo.

—Eres muy fina.

—Soy muy útil.

—No me lo voy a follar.

Jana miró mis manos bajo el agua.

—Vale.

—¿Vale?

—No te creo, pero respeto tu derecho constitucional a mentirte.

Cerré el grifo.

—No puedo complicarlo más.

—Eso te lo creo.

—Estoy intentando vender.

—También estás intentando respirar con la camiseta de él puesta desde esta mañana.

Aparté la mirada. Seguía llevando la camiseta que Biel me había dado después de la ducha exterior, la azul marino, la que no tenía logo. Había pasado tantas horas dentro de ella que el olor ya era mío y suyo, mezclado con fritura, agua de congelador y una vergüenza que no salía con jabón.

—Mañana se la devuelvo.

—Mañana a las ocho y media entra pescado, según el señor que no manda.

—No empieces tú también.

Jana me tocó el brazo, sin broma esta vez.

—Abril. Solo una cosa. Si vas a irte, no le dejes otra camiseta encima.

Aquello me enfadó. Porque lo entendí.

—No necesito que me digáis cómo hacer daño.

—No. Eso ya sabes. Te digo cómo no repetirlo igual.

La puerta se abrió antes de que pudiera contestar. Biel apareció con una caja vacía en la mano. Jana se apartó de la encimera.

—Yo ya he sido desagradable. Me retiro.

Salió.

Biel y yo nos quedamos en la cocina pequeña, con el fluorescente zumbando y el agua del fregadero goteando detrás.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Jana siendo Jana.

—Entonces no.

Casi sonreí. No lo hice.

Me quité la camiseta azul por encima de la cabeza sin pensar suficiente. Debajo llevaba la de Lola y Sal, húmeda por partes, arrugada, pegada al sujetador. Biel apartó la vista tarde.

Le tendí su camiseta.

—Gracias.

No la cogió enseguida.

—Puedes lavarla y devolverla otro día.

—Prefiero no acumular deudas textiles.

—Abril.

—Cógela.

La cogió.

Nuestros dedos no se tocaron esta vez.

Eso dejó más marca que antes.

—Mañana a las ocho y media —dijo.

—Ya.

—Y luego vamos a Marblava.

Levanté la cabeza.

—¿A qué?

—Noguera no cubre todo si el congelador sigue así. Necesito hablar con otro proveedor y recoger género seco. Carretera de la Cornisa, media hora si no hay turistas parados haciendo fotos donde no toca.

—Ve tú.

—Eres la dueña.

—Otra vez esa palabra.

—Hasta que vendas, sí.

Hasta que vendas.

Miré hacia la terraza. Las sillas apiladas parecían más tristes de noche. La mesa de siempre estaba vacía. El cartel de Lola y Sal, visto desde dentro, proyectaba una sombra torcida sobre la barra.

—Vale —dije.

—¿Vale?

—Mañana voy.

Biel asintió.

No pareció contento. Pareció cansado de que cualquier sí mío llevara una maleta dentro.

Esa noche, cuando cerré por fin la puerta del chiringuito, la llave giró a la primera.

Me molestó muchísimo. Más de lo razonable. Más de lo que pensaba reconocer en voz alta.