No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 5 · ABRIL
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CAPÍTULO 5 · ABRIL

La primera noche no cerramos.

La palabra cerrar quedaba más grande de la cuenta para lo que hicimos.

Bajamos toldos a medias, apilamos sillas con una técnica cercana al derrumbe, guardamos cubiertos sin saber si estaban limpios o solo menos sucios, tiramos tres bolsas de basura y dejamos una cuarta junto al almacén porque goteaba algo marrón y nadie quiso asumir autoridad sobre aquello.

A las once y diecisiete, Lola y Sal seguía oliendo a aceite usado, limón de friegasuelos, sardina pegada a las paredes y cansancio de gente que había sonreído demasiado por dinero insuficiente.

—Esto no es cerrar —dijo Vega, sentada en aquella mesa con las gafas en la cabeza y una libreta abierta delante—. Esto es abandonar una ruina con intención de volver mañana.

—Me parece una definición muy ajustada —dijo Jana.

Tina salió de la cocina con el cubo de la fregona y una expresión que habría hecho confesar a una nevera.

—La ruina todavía mea.

—Qué poético todo —murmuró Ona.

—La bolsa del almacén pierde caldo —aclaró Tina—. No preguntéis de qué.

—No iba a hacerlo —dije.

—Mentira —dijo Jana—. Tú ibas a preguntarlo con pinta de gerente.

La palabra gerente me dio urticaria en una zona moral. De gerente no tenía nada: propietaria provisional, heredera incómoda, mujer con una camiseta ajena pegada a la espalda y tres semanas por delante que ya pesaban con peso de tres años.

Biel salió del almacén con dos cajas de cerveza vacías y una linterna entre los dientes. No sé por qué lo miré justo entonces. Quizá porque todo el mundo miraba a Biel cuando aparecía cargando cosas. O quizá porque yo estaba demasiado cansada para fingir sofisticación.

Llevaba la camiseta negra manchada de sal cerca del cuello, los antebrazos húmedos y la mandíbula cerrada de quien seguía haciendo cuentas incluso cuando no hablaba. Dejó las cajas junto a la barra y sacó la linterna de la boca.

—El congelador grande está haciendo charco.

—El congelador grande lleva haciendo charco desde 2019 —contesté, imitando su tono.

—Ahora hace piscina.

Tina dejó el cubo en el suelo.

—Me niego a fregar más agua con olor a pescado con mala vida.

—No huele a pescado muerto —dijo Jana.

Biel y Tina la miraron.

—Vale. Huele a pez que ha perdido ilusión.

Vega cerró la libreta.

—Si se estropea el congelador, mañana perdemos género.

—Mañana no tenemos tanto género —dije.

—Tenemos bastante para perder dinero —dijo Biel.

Aquello era Lola y Sal: incluso las averías tenían sentido económico.

Me levanté. Las piernas me hicieron un comentario breve y desagradable. Llevaba desde las ocho y media de la mañana de pie, con sandalias sustituidas por unas zapatillas viejas que encontré arriba y que probablemente pertenecieron a una prima, a una camarera o a un señor pequeño. No quería saberlo.

—Voy yo —dije.

Biel negó con la cabeza.

—No.

—¿Perdón?

—No sabes dónde está la llave de paso.

—Puedo aprender.

—El congelador no espera a tu proceso de empoderamiento.

Ona amagó con hablar.

—Buenísimo, sí.

—No lo subas —dijimos todos.

Me acerqué al almacén.

—Enséñame dónde está la llave de paso.

Biel se quedó dónde estaba un segundo. Después cogió la linterna.

—Cuidado con el escalón.

—No me mandes.

—Era información para no recoger tus dientes del suelo.

—Qué delicado.

—Estoy agotado.

Entré detrás de él.

El almacén de Lola y Sal era más pequeño de lo que recordaba y mucho más hostil.

Cajas de cerveza apiladas, garrafas de aceite, un cubo con trapos que nadie quería tocar, dos sombrillas rotas, una silla de plástico sin respaldo, servilletas, bolsas de patatas, botellas de agua, el congelador grande haciendo un ruido de animal asmático y una humedad que te subía por los tobillos con confianza familiar.

Biel enfocó el suelo. El charco llegaba casi hasta las cajas.

—Joder —dije.

—Resumen técnico correcto.

—¿Se ha descongelado algo?

Abrió la tapa. El ruido subió, luego bajó. Una nube fría nos dio en la cara, mezclada con olor a hielo viejo y pescado envuelto en plástico. Biel metió la mano, removió bolsas, comprobó cajas.

—Aún aguanta. Pero hay que mover esto a la nevera pequeña y no abrirlo más hasta mañana.

—¿Y si lo apagamos?

—Si lo apagamos, mañana tiramos medio pedido.

—¿Y si llamamos a alguien?

—¿A estas horas?

—Existe gente que repara cosas.

—Existe gente que cobra por venir de urgencia y decirte que esto es una mierda.

—Eso ya lo sabemos gratis.

Biel se agachó junto a la parte trasera del congelador.

La camiseta se le subió un poco por la espalda.

Aparté la vista tarde, porque últimamente todo lo hacía tarde.

Había una línea blanca de piel donde el sol no le había tocado, una marca cerca de la cintura, un raspón pequeño.

Cuerpo de trabajo, no de escaparate. Cuerpo que yo conocía de otra vida y que ahora parecía tener zonas nuevas registradas por gente que no era yo.

Me odié por pensarlo.

—Pásame esa caja —dijo.

Cogí una caja de calamares congelados.

—Pesa.

—Por eso te he pedido la otra.

Miré. La otra era de bolsas de hielo.

—Podrías especificar.

—Podrías mirar.

—Podrías no hablar.

—Podría haber cerrado a las once y media si no discutieras cada objeto.

Le pasé la caja correcta. Nuestros dedos se rozaron en el asa de plástico. El frío de la caja y el calor de su mano hicieron una cosa rara en mi piel. Retiré la mano con la prisa de quien toca algo prohibido, que era dramático y bastante exacto.

Biel guardó silencio.

Peor que decirlo todo.

Empezamos a mover género. Bolsas de hielo, bandejas de sardinas, cajas de calamar, croquetas congeladas que alguien había comprado en un ataque de optimismo y dos paquetes de pan que no pintaban nada allí.

Yo cargaba menos que él, pero cargaba. Se me mojaron las zapatillas.

Una caja me resbaló y me golpeó el muslo.

—Mierda.

—Déjala.

—La tengo.

—Abril.

—He dicho que la tengo.

La caja volvió a resbalar. Biel me la quitó al vuelo.

—No tienes que demostrar fuerza con calamares.

—No estoy demostrando nada.

—Eso dices mucho para alguien que no demuestra nada.

—Y tú corriges mucho para alguien que no manda.

Biel dejó la caja sobre otra, con más fuerza de la necesaria. Algo crujió dentro.

—Si mañana no hay comida que servir, no hay actividad. Si no hay actividad, se complica la licencia. Si se complica la licencia, vendes peor. ¿Te lo traduzco a tu idioma o así ya entra?

Me quedé mirándolo.

—No uses eso conmigo.

—¿El qué?

—Lo de mi idioma. Como si yo solo entendiera dinero.

Su cara cambió. Poco.

—Tú has vuelto hablando de valor, venta y plazos.

—Porque hablar de otra cosa aquí no sirve.

—No. Porque hablar de otra cosa aquí te deja sin puerta de salida.

El congelador hizo un golpe seco. Los dos giramos la cabeza. La tapa tembló una vez, el aparato pareció querer participar.

—Hasta el congelador opina —dije.

—El congelador lleva años opinando y nadie le hace caso.

—Igual por eso está así.

Me agaché para recoger una bolsa de hielo caída junto a la pared. Había agua en el suelo. Resbalé.

Biel me agarró por la cintura.

No por la muñeca. No por el brazo. Por la cintura, con una mano abierta sobre la camiseta vieja, dedos firmes en el costado. Mi cuerpo tardó más que mi cabeza en reaccionar. La bolsa cayó al charco con un golpe blando.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

No sonó a sí. Sonó a otra cosa.

Biel no me soltó enseguida. O quizá fueron dos segundos y yo los estiré con una falta de profesionalidad lamentable.

Tenía su pecho cerca de mi espalda, su respiración en mi pelo, una rodilla junto a la mía.

El almacén olía fatal. La luz de la linterna dejaba sombras feas en las cajas.

El congelador resoplaba como un viejo. Nada de eso ayudó a que mi cuerpo se comportara mejor.

—Te he dicho que cuidado —dijo.

Su voz salió más baja.

—Y yo te he dicho que no me mandes.

—No me hagas caso y te partes la cabeza. Plan brillante.

Me giré dentro de su agarre. Error. Quedamos de frente, tan cerca que era imposible no notar cosas. La camiseta se me había pegado al vientre por el agua. Él tenía una gota bajándole desde la sien hasta la mandíbula. No miré su boca. Sí la miré. La diferencia, en ese punto, era un trámite falso.

—Suéltame —dije.

Me soltó.

Cumplió a toda prisa y me molestó también por eso, que ya era ridículo.

—¿Contenta?

—No.

La palabra salió desnuda.

Biel parpadeó.

—Abril.

—Déjalo.

—No he empezado yo.

—Siempre decís eso los hombres cuando ya estáis dentro del problema.

—Yo llevo dentro del problema desde las diez de la mañana.

—Tú llevas dentro del problema siete años y además presumes.

La frase le dio. Sin fuerza. Bien. Como cuando una taza se agrieta y todavía aguanta el café.

Biel se acercó un paso.

—No he presumido nunca de esperarte.

—No he pedido que me esperes.

—Ya. Esa parte la repetimos muy bien.

—Pues aprende la siguiente: tampoco he vuelto por ti.

Silencio.

Feo. No de tensión limpia. Silencio con una gota cayendo del congelador, con mis zapatillas mojadas, con una caja de calamares contra el tobillo y la certeza de que acababa de decir algo que podía ser verdad y mentira a la vez.

Biel sonrió sin ganas.

—Eso intenta explicárselo a cómo me miras.

Me moví para empujarlo. No sé si quería apartarlo, pegarle, tocarlo o salvarme de quedar ahí quieta con la cara abierta. Él me agarró la muñeca a centímetros de su pecho.

—No —dijo.

—Suéltame.

—Cuando dejes de usar las manos para no hablar.

—Qué frase más de hombre que cree que entiende algo.

—No entiendo casi nada. Pero esto sí.

Tiró apenas de mi muñeca. Apenas. Y aun así mi cuerpo obedeció hacia delante con una vergüenza que debería haberme obligado a mudarme de provincia.

Su boca quedó cerca.

Tan cerca.

Yo podía oler el alioli, la cerveza, el sudor limpio que ya no era limpio después de un día entero. Podía ver una sombra de barba en la mandíbula, un corte pequeño bajo el labio, una gota de agua detenida en el cuello. Todo concreto. Todo peor.

—No deberíamos —dije.

—Eso lo sabemos hacer bien.

Me reí. Una risa corta, nerviosa, idiota.

Biel miró mi boca.

Yo levanté la mía.