No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 4 · ABRIL
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CAPÍTULO 4 · ABRIL

Joan Prats, el técnico municipal, llegó a las seis y doce, que en Cala Saurina significaba puntualidad agresiva.

No llevaba traje. Claro que no. Llevaba polo institucional, carpeta fina y pinta de haber visto demasiadas terrazas ampliadas tres centímetros más de lo permitido.

Tenía el pelo húmedo en la nuca, gafas oscuras colgadas del cuello y esa forma de mirar los toldos que convertía una lona vieja en posible delito.

—¿Abril Rovira Mas?

—Sí.

Me limpié la mano en el pantalón antes de ofrecérsela y luego me arrepentí porque el pantalón estaba peor que mi mano. El hombre lo notó. En Cala Saurina, todo el mundo notaba todo y luego pedía café.

—Tenemos constancia del cambio de titularidad pendiente.

—Estoy reuniendo documentación.

Vega apareció a mi lado con una carpeta, un boli y una calma que yo habría alquilado por horas.

—La documentación está localizada. Faltan dos certificados y actualizar actividad. Lo resolveremos dentro del plazo.

El hombre miró a Vega con alivio. Cala Saurina entera se aliviaba cuando Vega hablaba en frases sin grasa. No sabían que luego te despellejaba en el coche.

—Necesitamos comprobar que el establecimiento está operativo.

En ese preciso instante, el baño hizo un ruido de tubería llena de odio.

Jana, que pasaba detrás con una bandeja de vasos, no se movió.

—Operativo es una palabra flexible, ¿no?

La mirada de Vega habría podido cortar pan.

Biel salió de la cocina con una caja de calamares congelados.

—El baño funciona. Solo se queja.

El hombre del Ayuntamiento no sonrió. Mal asunto. Los funcionarios sin sentido del humor en un chiringuito deberían pagar suplemento.

—¿Usted es?

Biel dejó la caja.

—Biel Ferrer Sintes. Llevo la temporada desde que tocó llevarla.

Eso me pinchó.

—Temporalmente —añadí.

—Claro —dijo él, sin mirarme—. Todo aquí es temporal hasta que se rompe y se queda diez años.

Ona fingió una tos que era una risa con maquillaje.

El técnico tomó notas. Yo imaginé cada palabra bajando el valor del local. Baño hostil. Personal no coordinado. Titular con tendencia al homicidio suave.

Recorrió la terraza, midió con la vista los toldos, preguntó por salidas, aforo, extintores, licencia musical y no sé cuántas cosas más que mi madre había gestionado durante años con una mezcla de intuición, favores y amenazas cariñosas.

Vega contestó casi todo. Biel contestó lo práctico.

Yo asentí tanto que me empezó a doler el cuello.

En la cocina, Tina abrió un armario y se le cayó encima una tapa de olla.

—Estoy bien —dijo, sin esperar la pregunta.

El técnico apuntó algo más.

—No hace falta apuntar la tapa —murmuré.

Biel me oyó. Su boca tembló en una esquina.

No llegó a sonrisa. Se le movió la boca en una esquina y me fastidió reconocerlo: complicidad.

Aparté la vista.

La inspección terminó en la barra. El hombre cerró la carpeta.

—Pueden seguir abiertos, pero presenten la documentación dentro de plazo. Si el expediente queda inactivo o cierran sin comunicarlo, la licencia entra en revisión.

—¿Qué significa revisión? —pregunté.

Vega me tocó el antebrazo. Tarde.

—Que no conviene tentar la suerte —dijo el hombre.

Biel apoyó un codo en la barra.

—No la tentamos. Abrimos.

Yo lo miré.

—Abrimos hoy.

—Abrimos temporada.

—No decidas por mí.

El técnico levantó la cabeza entre los dos.

Vega sonrió. Una sonrisa de abogada, aunque allí no ejerciera más que de amiga con ganas de sobrevivir.

—Lo que Abril quiere decir es que mantendremos actividad mientras resolvemos el trámite.

—No he dicho eso.

—Es lo que vas a agradecer haber dicho cuando se vaya.

Jana pasó por detrás del hombre.

—¿Quiere una caña de cortesía institucional?

—No, gracias.

—Mejor. No sé si se puede sobornar con cerveza caliente.

El hombre se fue a las seis y cuarenta y tres. En cuanto cruzó la terraza, Vega me agarró de la muñeca y me arrastró hasta la mesa coja.

—Te sientas.

—Estoy trabajando.

—Ahora estás sobreviviendo a mi paciencia.

Me senté.

Jana dejó una jarra de agua, cinco vasos y un plato de patatas que alguien había pedido y nadie había reclamado.

Ona se puso a mi izquierda. Tina llegó con la camiseta húmeda en el pecho y olor a plancha caliente.

Biel siguió en la barra, a distancia suficiente para fingir que no escuchaba y cerca suficiente para escucharlo todo.

—No puede venderse bien con la licencia en riesgo —dijo Vega.

—Lo tengo claro.

—No puede cerrarse sin comunicar y sin valorar consecuencias.

—Me he enterado.

—No puedes hacer esto a golpes de rabia.

—No lo estoy haciendo a golpes de rabia.

Jana miró a Tina.

—¿Votamos?

Tina levantó la mano.

Ona también.

—Traidoras —dije.

—Realistas —corrigió Ona—. Además, si vendes sin pensar, luego harás un reel mental de culpa durante quince años y nosotras tendremos que aguantarte.

—No todo es contenido, Ona.

—Casi todo es contenido si una está lo bastante rota.

Tina bebió agua directamente de la jarra. Vega hizo como que no lo veía.

—Abril —dijo Tina—. ¿Quieres vender porque no puedes con esto o porque no quieres poder?

Dejé que la pregunta se quedara ahí.

Había preguntas que entraban limpias y te encontraban sin ropa.

Biel dejó un vaso sobre la barra con un golpe suave. No miré.

—Quiero una vida que no esté atada a un sitio que se cae —dije al fin.

—Ahí sí hay una respuesta —dijo Vega.

—Gracias por aprobarme.

—No la apruebo. La entiendo. No es lo mismo.

Jana cogió una patata.

—Yo entiendo que aquí hay que abrir unas semanas, pagar lo urgente, que Abril deje de fingir que es una señora de notaría y que Biel deje de hacer de viudo del chiringuito.

Biel, desde la barra:

—Te oigo.

—Lo sé, cariño. Hablo para todos los públicos.

La palabra cariño en boca de Jana no significaba cariño. Significaba “te estoy pinchando y encima te va a gustar”.

—No pienso quedarme todo el verano —repetí.

Tina apoyó los codos en la mesa.

—Nadie te está pidiendo eso ahora.

Biel sí, pensé.

No lo había pedido. Ese era el problema. Biel no pedía. Biel abría puertas, encargaba hielo, sabía lo del Ayuntamiento, recolocaba vasos y aparecía desde el almacén con mis llaves. Biel construía hechos alrededor de una hasta que la frase sobraba.

—Un mes —dijo Vega.

La miré.

—Ni de broma.

—Tres semanas.

—Dos.

—Tres —dijo Tina—. Si vamos a limpiar mierda, que cunda.

Ona levantó el vaso.

—Tres semanas de Lola y Sal. Suena a docuserie.

—No vas a subir nada —dije.

—No digo que vaya a subirlo.

—Ona.

—Vale. Solo stories sin caras.

—Ona.

—Vale. Nada.

Jana enseñó los dientes.

—Yo puedo hacer de camarera sexy de fondo.

—Tú puedes hacer de persona que no denuncia sanidad —contestó Tina.

La discusión siguió por encima de mí: turnos, limpieza, proveedor de cerveza, menú reducido, papeles, baño, música, cartel, sillas rotas. Yo asentía a veces y negaba otras, pero mi atención se iba sola a la barra.

Biel estaba escribiendo algo en una libreta pequeña. Tenía la cabeza inclinada, el cuello tenso, una marca de sol en la nuca. No parecía feliz. No parecía victorioso. Parecía cansado.

Eso me molestó más que su rabia.

Cuando las demás se dispersaron para preparar el cierre, fui hasta él.

—Tres semanas no significan nada.

Siguió escribiendo.

—Significan veintiún días.

—No te pongas literal.

—Es una de mis pocas virtudes.

—No construyas expectativas.

Ahí levantó la cabeza.

—No confundas abrir un chiringuito con esperarte.

Tragué. Mal. Se notó.

—No.

—Lo has pensado.

—No sabes lo que pienso.

—No. Ya me ha quedado claro.

Me apoyé en la barra. La madera estaba pegajosa, aunque Tina la había limpiado tres veces. Igual que todo allí: insistías, y algo quedaba.

—Me voy a ir, Biel.

—Ya lo hiciste.

La frase llegó como una factura vieja, de esas que nadie quiere abrir porque ya sabe que llega tarde.

—No vine para esto.

—Nadie viene a Cala Saurina para lo que acaba pasando.

—Eso suena a frase de taza.

—Pues rómpela.

Quise reírme y no pude. Quise tocarle el brazo y eso dolió más.

En lugar de hacer cualquiera de esas dos estupideces, cogí la libreta que tenía delante.

—¿Qué apuntas?

—Lo que falta para mañana.

Leí por encima: hielo, pan, cerveza, reparar pestillo baño, revisar salida de humos, cambio TPV, bolsas basura, limpiar ducha exterior, llamar a Noguera.

—¿Pescadería Noguera?

—Si quieres sardinas sin que nos escupan en la cara.

—Qué imagen tan comercial.

—La vida real de este sitio no cabe en Instagram.

—Ona discrepa.

—Ona puede venir mañana a descargar cajas a las siete y media.

—No se lo digas. Te hará un reel de empoderamiento con boquerones.

A Biel se le movió la boca.

Esta vez sí.

Fue pequeño, cansado, de esos que no piden permiso y por eso entran demasiado. Me agarré a la barra por debajo, con los dedos ocultos, porque el cuerpo estaba empezando a negociar por su cuenta.

—Tres semanas —dijo.

—Tres semanas.

—Y luego vendes.

—Y luego decido.

Su mirada cambió apenas.

Había una diferencia entre vender y decidir. Yo acababa de regalársela sin querer.

Biel miró mi boca. Un segundo. Menos. Suficiente para que el chiringuito entero se quedara sin ventilación dentro de mí.

Tina gritó desde la cocina:

—El cubo de la fregona huele a problema legal.

Me aparté de la barra.

—Voy.

Biel volvió a su lista.

—Bienvenida al turno de tarde.

Caminé hacia la cocina con la camiseta vieja pegada al cuerpo y la sensación absurda de haber aceptado mucho más que tres semanas.

El turno de tarde no debería llamarse turno. Debería llamarse segunda oportunidad para arrepentirse.

A las siete, el sol bajó lo justo para meterse por debajo del toldo y darle en la cara a todos los clientes con una precisión criminal.

A las siete y cuarto, una familia pidió cinco granizados que no teníamos.

A las siete y media, un turista preguntó si el baño era “experiencia local”.

Jana le dijo que sí, que muy inmersiva. A las ocho, el TPV decidió cobrar dos veces una misma cuenta y luego negó haberlo hecho.

—La máquina está poseída —dijo Ona.

—La máquina está cansada —contestó Biel.

—La máquina soy yo —dije.

Nadie me contradijo, lo que me ofendió un poco.

Vega se fue a buscar cobertura junto a la puerta porque necesitaba mandar no sé qué documento.

Tina estaba en la cocina, peleando con una bolsa de patatas que se había abierto por abajo.

Jana servía cañas con la alegría peligrosa de quien no paga las consecuencias.

Ona había encontrado una mancha bonita de luz en una botella y estaba sufriendo por no grabarla.

Yo salí a recoger la mesa del centro, que habíamos usado de centro de operaciones y de confesionario barato.

Había vasos, papeles, una pinza rota, dos servilletas escritas y una patata mordida y abandonada.

Cogí los vasos de golpe, sin bandeja, porque a veces la estupidez también cansa de esperar turno.

Biel apareció a mi lado.

—Eso se va a caer.

—No.

Se cayó un vaso.

No se rompió. Rebotó en la arena, rodó bajo una silla y terminó junto al pie de una señora que me miró como si yo acabara de abandonar un bebé.

—Está todo controlado —dije.

Biel se agachó para cogerlo.

—Clarísimo.

Me lo tendió. Nuestras manos se tocaron. Poco. Lo justo para que mi piel, traidora y barata, reaccionara antes que mi cabeza.

—Mañana compro bandejas nuevas —dije.

—Mañana decides si compras bandejas nuevas.

—No uses mis verbos contra mí.

—Los has dejado encima de la barra.

Quise contestar. No me salió nada decente.

Entonces mi móvil vibró otra vez.

EL COMPRADOR.

La pantalla se iluminó dentro del bolsillo del pantalón corto, contra mi muslo. Lo noté, lo notó Biel y probablemente lo notó también la señora del vaso porque Cala Saurina funcionaba así: cualquier vibración privada acababa teniendo testigos.

No lo saqué.

Biel miró mi bolsillo y luego volvió a mirarme.

—¿No vas a cogerlo?

—Estoy trabajando.

—Qué novedad.

—No seas imbécil.

—Estoy haciendo esfuerzo.

El móvil dejó de vibrar.

Durante un instante me sentí aliviada. Luego culpable. Luego enfadada por sentir cualquiera de las dos cosas.

La noche siguió con vasos, aceite, arena pegada a los tobillos y el olor del cubo de la fregona amenazando con independizarse. A las diez menos cuarto, cuando por fin bajó la presión, Tina puso cinco platos de sobras en la mesa de siempre y dijo:

—Comed o alguien va a llorar.

Jana se sentó la primera.

—Yo lloro mejor con carbohidratos.

Ona cayó a su lado.

—No he subido nada. Quiero reconocimiento.

—Te reconocemos —dijo Vega—. Sigues viva y no denunciada.

Yo me senté con ellas porque el cuerpo no me daba para seguir fingiendo mando. Biel siguió en la barra, comiendo de pie un trozo de pan con alioli, sentarse parecía conceder algo.

—Biel —dijo Jana—. Siéntate, que esta mesa también admite viudos del chiringuito.

—Jana —murmuré.

—¿Qué? Lo he dicho con cariño.

Biel dejó el pan y vino. Se sentó en la silla de la esquina, la que siempre cojeaba menos. La suya, antes. La suya todavía, por lo visto.

La mesa se llenó de ruido bajo: tenedores contra platos, una risa de Ona, Vega preguntando por el número de una factura, Tina quitándose una astilla del dedo, Jana robándome una brava, aunque tenía su propio plato.

Durante un rato nadie arregló nada.

Ahí estaba lo raro.

Yo había vuelto para cerrar una puerta. Esa noche, en cambio, estaba sentada con las cinco, con Biel a un brazo de distancia, con la camiseta oliendo a fritura y piel ajena, y Lola y Sal alrededor haciendo lo que mejor sabía hacer: manchar cualquier decisión hasta que dejara de parecer sencilla.

—Tres semanas —repitió Vega, más bajo.

—Ya lo he dicho.

—No. Has dicho las palabras. Ahora falta que no hagas trampas.

—No hago trampas.

Jana se atragantó con una patata.

—Perdón. Ha sido el concepto.

Le lancé una servilleta.

Biel sonrió mirando su plato.

Lo vi. Me vio verlo.

Y ahí estuvo el problema real: no la licencia, ni las facturas, ni el comprador, ni el baño que sonaba enfermo.

El problema era que todavía sabía leerme en una mesa llena de ruido.

Y yo a él. Aunque fingí mirar las cajas, porque una tiene orgullo incluso cuando lo usa fatal.