No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 3 · BIEL
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CAPÍTULO 3 · BIEL

Abril siempre había tenido dos formas de marcharse.

La primera era limpia: coger las llaves, meter cuatro cosas en una bolsa, cerrar una puerta sin hacer ruido porque el ruido obliga a dar explicaciones.

Esa la hizo a los veintidós. Un lunes por la mañana.

Sandalias en la mano para no despertar a nadie, aunque yo llevaba una hora despierto en el banco de piedra de Port Saurí, esperando con la dignidad de un perro abandonado y fingiendo que solo miraba barcos.

La segunda era otra clase de desastre: quedarse delante de ti con todo el cuerpo allí y la cabeza en otro sitio, midiendo salidas.

Esa la estaba haciendo ahora, tras la barra de Lola y Sal, con una camiseta vieja, las mejillas coloradas de calor y una libreta en la mano donde apuntaba cada euro con la letra de una persona que cree que los números, si los mira mal, se portan mejor.

—Mesa tres quiere otra cerveza —dije.

—Mesa tres me ha pedido pan hace treinta segundos.

—También quiere cerveza.

—Mesa tres quiere atención psicológica y una sombra que no tenemos.

—Bienvenida a Lola y Sal.

Me lanzó una mirada que años atrás habría acabado en beso o en pelea. Con Abril casi siempre había sido difícil saberlo hasta que ya te sangraba algo o tenías su mano bajo la camiseta.

Cogió dos cervezas de la nevera, se agachó con prisa y se golpeó la rodilla con la puerta.

—Joder.

—¿Madurez?

—Cállate.

Me callé. No por obediencia. Me callé porque la vi morderse el labio para no quejarse más y el gesto me tocó un sitio que yo llevaba años usando para guardar herramientas, facturas y cajas de cerveza.

Abril no lloraba por golpes pequeños. Los coleccionaba.

Luego explotaba por una cucharilla mal puesta, una llamada sin contestar o una frase dicha cinco minutos tarde.

El servicio de mediodía fue un desastre con caja viva, que en Lola y Sal contaba como éxito.

El aceite tardó en coger temperatura. Jana quemó el primer café y culpó a la máquina con una seguridad admirable.

Tina rescató dos platos de sardinas antes de que yo los sacara medio crudos por culpa de una llamada de Noguera.

Ona hizo de camarera con una sonrisa de influencer secuestrada y consiguió tres propinas, dos comentarios babosos y una amenaza de reseña de una señora que quería ensalada sin tomate, sin cebolla, sin sal y “con alegría”.

Vega bajó de la habitación de arriba cada veinte minutos con un papel distinto y cara de que la ruina tenía subcarpetas.

Abril aguantó más de lo que yo esperaba.

También me molestó.

Durante los años sin ella, yo había construido una Abril cómoda.

Abril la que huye. Abril la que no llama.

Abril la que dejó a Lola contestando excusas y fingiendo que no le importaba.

Abril la que cambió el olor a fritanga por mesas limpias con aire acondicionado, cenas con gente que decía “agenda imposible” sin atragantarse y pantalones que no servían para correr por la arena.

Esa versión empezó a romperse a las tres menos cuarto, cuando un niño volcó un vaso entero de Fanta sobre la mesa cuatro y Abril tardó solo dos segundos en coger una bayeta, agacharse y decirle:

—No pasa nada. Pero si pisas eso y te caes, tu madre me mata y yo hoy no tengo energía para morir.

El niño se rio. La madre también. Abril limpió el suelo con la camiseta pegada a la espalda y un mechón escapado del moño. Cuando se levantó, tenía una mancha naranja en la rodilla.

Me acordé de ella a los diecinueve, sentada en la barra después de cerrar, mojando patatas en alioli y jurando que nunca sería camarera porque tenía “demasiada dignidad para sonreírle a señores con chanclas”.

La dignidad, en Lola y Sal, duraba menos que el hielo fuera del congelador.

—No la mires así —dijo Tina a mi lado.

Estaba secando vasos. Tina siempre aparecía en el punto exacto donde uno estaba a punto de hacer algo idiota.

—La miro normal.

—Tú no miras normal desde 2019.

—Qué memoria más pesada tenéis todas.

—Es un pueblo. Si quieres anonimato, haber nacido en una rotonda.

Cogí dos platos de bravas.

—No estoy haciendo nada.

—Ya. Ese es el problema con vosotros dos. Que incluso cuando no hacéis nada, mancháis.

Tina volvió a los vasos. No esperaba respuesta. Tina soltaba verdades como dejaba cajas en el suelo: sin pedir ayuda para levantarlas.

A las cuatro, la terraza se vació un poco.

Quedaron las sillas calientes, los vasos con marcas de dedos, un plato de calamares que nadie sabía si era de alguien o de la humanidad en general y el zumbido de la nevera pequeña peleándose con el extractor.

Abril estaba en la barra, contando monedas con una concentración ofensiva.

—Te faltan ocho euros —le dije.

—Me faltan euros, sueño y un verano menos hostil. Sé más específico.

—En la caja.

—Los he puesto aquí.

Señaló una pila de monedas junto al TPV. Una cayó, rodó por la barra y desapareció por una rendija.

Abril parpadeó despacio.

—Voy a tirar este sitio por la ventana.

—Hay toldos de 1998. Jana te ha pedido que no invoques eso.

—Jana no manda en mis fantasías destructivas.

Me agaché para buscar la moneda. La encontré pegada a una servilleta mojada de cerveza. Cuando me incorporé, Abril estaba mirándome la mano. No la moneda. La cicatriz del índice.

La tapé con el pulgar por puro instinto.

Tarde.

—Esa parte no la tenías —dijo.

—Tú tampoco llevabas lino para trabajar.

—No cambies de tema.

—No hay tema.

—Hay una cicatriz.

—Y una moneda pegajosa. Qué tarde más completa.

Le dejé la moneda delante. Ella no la cogió. Durante un segundo nos quedamos ahí, separados por ocho euros, una barra sucia y siete años que no cabían en ninguna libreta.

—¿Qué te pasó?

—Una caja.

—Qué relato tan apasionante.

—Tú preguntaste por el dedo, no por una saga familiar.

—Siempre has contado fatal las cosas importantes.

La miré. Me salió antes de pensar.

—Y tú siempre has sabido irte antes de escucharlas.

Se puso rígida. No mucho. Abril se rompía por dentro con una discreción que podía confundirse con frialdad si uno no la había visto temblar en una escalera a las cinco de la mañana, con el pelo oliendo a humo de verbena y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Pepa entró por la terraza con una bolsa de monedas, dos barras de pan que nadie había pedido y tomates maduros en una caja de cartón.

—He visto abierto y he dicho: ya se ha liado.

—Buenos días a ti también, Pepa.

—Buenos días fueron a las nueve. Esto ya es supervivencia.

Me dio un beso en la mejilla, me apartó con la cadera y miró a Abril por encima de la barra.

—Nenita.

Abril levantó la cabeza.

Pepa la abrazó sin pedir permiso. Abril se puso tiesa medio segundo. Luego apoyó una mano en la espalda de Pepa. Solo una. Pero la apoyó.

—Estás muy delgada —dijo Pepa.

—Estoy igual.

—No. Estás de Barcelona.

Jana, desde la cafetera, susurró:

—Diagnóstico grave.

Abril la oyó y sonrió. Poco. La camiseta vieja le caía hacia un lado y dejaba ver la línea del hombro, una marca blanca de bikini o de sujetador. Aparté la vista porque uno también puede tener un mínimo de orgullo, aunque esté perdiendo desde por la mañana.

Pepa me empujó la bolsa con el cambio.

—¿El TPV sigue haciendo el tonto?

—Más que de costumbre.

—Dale dos golpes al lateral derecho.

Abril giró la cabeza.

—¿Ese es el protocolo técnico?

Pepa se encogió de hombros.

—El caro no lo sé. El nuestro, sí.

El aparato funcionó después del segundo golpe.

Abril clavó los ojos en mí. Había triunfo y humillación mezclados en su cara.

—No digas nada.

—No he abierto la boca.

—La tienes de saber cosas.

Me incliné un poco sobre la barra.

—Y tú la tienes de estar pensando en vendernos con el TPV incluido.

Se le borró la sonrisa.

Bien, Biel. Finísimo. Diez sobre diez en convertir una tarde soportable en un charco.

Abril dejó el boli.

—No os vendo a vosotros.

—No. Solo el sitio donde estamos todos metidos hasta las rodillas.

—No empieces.

—Empezaste tú esta mañana con las llaves equivocadas.

Su mano se cerró alrededor del boli. Tenía las uñas cortas, sin pintar, una pequeña mancha de tomate cerca del pulgar. Las mujeres que vuelven para venderte un chiringuito no deberían tener tomate en la mano ni cara de no haber dormido.

—Yo no te pedí que te quedaras —dijo.

Ahí estaba. La frase vieja. La que no dijo el lunes aquel, la que yo había oído igual durante siete años.

—No.

—Biel…

—No me lo pediste.

No añadí nada. Lo que faltaba tenía más peso que la freidora, que las cajas, que todos los veranos acumulados en la madera de la barra.

Pepa, que no era tonta y tenía una capacidad casi religiosa para oler una desgracia sentimental, cogió su bolsa vacía.

—Me voy, que aquí hay humedad.

—Estamos al lado del mar —dijo Jana.

—No hablaba de esa.

Se fue dejándonos con el TPV resucitado y una vergüenza pequeña sobre la barra.

Abril miró la libreta.

—Voy a subir a revisar papeles.

—A las seis viene el Ayuntamiento.

—Lo sé.

—No basta con saberlo.

—De verdad, Biel, ¿vas a explicarme cada cosa que no he hecho bien desde que crucé la puerta?

Me limpié las manos con el trapo. Error. El trapo estaba más sucio que mis manos.

—No tengo tantas horas.

Le dolió. Lo vi. También vi cómo se colocaba la cara de mujer que cobra, firma y se va. Esa cara nueva suya me daba ganas de romper algo barato.

—Perfecto.

Salió hacia la escalera.

La habitación de arriba siempre había sido el lugar donde Lola guardaba lo que no sabía tirar.

Mantas de playa, cajas de facturas, adornos de Navidad con purpurina pegada, tres ventiladores rotos y una silla plegable que amenazaba con amputarte una mano si la abrías mal.

También había sido, durante un verano entero, el sitio donde Abril y yo subíamos a fingir que buscábamos vasos cuando en realidad nos besábamos con la espalda contra la puerta y los pantalones a medio cerrar.

No subas, me dije.

Subí cinco minutos después con la excusa de una caja de tickets.

Abril estaba sentada en el suelo, rodeada de carpetas. El ventilador viejo no funcionaba. Tenía un abanico de propaganda en la mano y el pelo pegado a la sien. La camiseta se le había subido un poco por el muslo. Miré a los papeles. Tarde, pero miré.

—¿Qué quieres?

—Tickets.

—Claro.

—Por supuesto.

No me moví.

Ella soltó el abanico.

—Si has subido para decirme que soy una egoísta, ahórratelo. Ya lo sé. Me lo he dicho yo en el coche, en la entrada, limpiando Fanta y hace tres minutos al encontrar una factura de reparación que no pagué porque ni siquiera sabía que existía.

La habitación olía a papel caliente, protector solar viejo y madera que había tragado veranos enteros.

—No creo que seas egoísta.

Se rio sin ganas.

—Qué decepción. Venía preparada.

—Creo que cuando algo te duele, intentas convertirlo en trámite.

Abril alzó la mirada hacia mí.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Hablar como si me conocieras.

Podría haber dicho que la conocía. Podría haber sido imbécil hasta el final. En lugar de eso, cogí una carpeta del suelo, la abrí y vi facturas de 2022 mezcladas con menús plastificados.

—Tienes razón.

Eso la descolocó más que cualquier reproche.

—¿Perdón?

—Que tienes razón. No sé quién eres ahora.

La frase cayó entre los dos sin romperse. Abril tragó saliva. Una gota de sudor le bajó por el cuello y se perdió bajo el cuello ancho de la camiseta vieja.

Yo miré la carpeta.

Otra vez tarde.

—Yo tampoco sé quién eres tú —dijo.

—Yo sigo aquí.

—A eso no le llames personalidad, Biel.

Me reí porque era buena. Porque era cruel. Porque era Abril debajo de todas las capas nuevas.

—No. Pero da trabajo.

Abajo, Jana gritó:

—¿Alguien sabe dónde están las pajitas normales? Las de colores dan una alegría que no merecemos.

Abril cerró los ojos.

—En el armario bajo la barra, detrás del vermut.

Los abrió de golpe, con la expresión de quien acaba de traicionarse.

Yo sonreí.

—Mira. Algo recuerdas.

—No sigas.

—No he dicho ni media.

—Lo ibas a decir con la cara.

Durante un segundo, el cuarto se pareció a antes.

A calor, polvo, ganas, chistes malos, ella sentada en el suelo y yo de pie sin saber qué hacer con las manos.

Luego abajo cayó algo metálico y la tarde volvió a ser la tarde: facturas, licencia, venta, un local que se caía a trozos y una mujer que no había vuelto para quererme.

Cogí los tickets.

—A las seis, no hables de cerrar delante del Ayuntamiento.

—No me mandes.

—Entonces no la cagues.

Abril me lanzó el abanico. Lo esquivé por poco.

—Tienes reflejos de camarero explotado —dijo.

—Es una formación completa.

—¿Incluye manipulación emocional con cajas de cerveza?

—Solo en temporada alta.

Quiso no sonreír. Perdió por un lado de la boca.

Bajé antes de hacer algo que luego los dos usaríamos contra nosotros.

En el último escalón me crucé con Ona, que subía con un cubo y cara de haber presenciado un desastre pequeño.

—¿Todo bien arriba?

—Polvo.

—Eso seguro.

—Ona.

—Me voy, me voy.

Bajé sonriendo, que era una forma muy tonta de perder. Y encima me salió sola.