No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 2 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 2 · ABRIL #2

Le quité la tiza de la mano y añadí patatas bravas debajo, aunque no sabía si había patatas.

—Ya veremos.

Biel miró lo que había escrito. Luego miró mi mano. La tiza me había dejado polvo blanco en los dedos.

—Eso dijiste la última vez.

El calor no subió. Se espesó entre los dos, pesado, con olor a freidora que empezaba a calentarse.

Dentro, Jana gritó que el café salía con espuma rara.

Entré antes de contestar, porque todavía podía elegir algunas huidas pequeñas.

A las dos menos cuarto yo ya había servido tres cañas con espuma de más, dos sin espuma y una que, según el señor de la mesa tres, tenía “aspecto triste”.

—La cerveza no tiene autoestima —le dije.

—Tiene que tener cuerpo.

—Ahora mismo todos estamos haciendo lo que podemos.

El señor se rio. Su mujer no. Biel, desde la cocina, sí. Lo oí, aunque intentó esconderlo detrás del extractor.

La mesa de los ocho guiris llegó con once personas, dos niños y una señora que quería saber si las sardinas tenían espinas.

—Son peces —contestó Jana, muy seria.

Tina la apartó para que aquello no acabara en reseña.

Yo apunté comandas, cobré mal, repetí tres veces que el baño estaba al fondo y descubrí que el fondo era un concepto variable cuando un turista bebía sangría antes de las tres.

La camiseta vieja me rozaba la nuca. Tenía arena pegada en los tobillos.

El pelo se me soltaba por mechones. Mi móvil vibraba en el bolsillo con llamadas que no podía coger: inmobiliaria, número desconocido, el comprador.

Lo tenía guardado así porque ponerle nombre era concederle silla en mi barra, y bastante sitio ocupaba ya.

Cada vez que vibraba, Biel lo notaba.

No decía nada.

Eso me dejaba menos sitio para defenderme.

A las tres y veinte, el TPV se bloqueó con una tarjeta dentro. La pantalla quedó congelada con el mensaje PROCESANDO. El hombre de la tarjeta me observó con la sospecha de que yo y el aparato compartíamos algún secreto.

—¿Va bien?

—Está pensando.

—¿Mucho?

—Es de Cala Saurina. Aquí todo se toma su tiempo.

Biel apareció a mi lado, demasiado cerca porque la barra era estrecha y porque el universo estaba aburrido.

—Déjame.

—Lo tengo controlado.

El TPV escupió un papel en blanco y apagó la pantalla.

—Se nota —dijo.

—Te he dicho que lo tenía controlado, no que el control fuera bueno.

Biel puso una mano sobre la máquina y otra detrás de la barra, justo al lado de mi cadera. No me tocaba. Claro. Biel tenía esa precisión insoportable de no tocar y dejarte igual sin sitio.

—Hay que desconectarlo diez segundos.

—Eso lo sé hacer.

—Sin tirar del cable del router.

Me agaché antes que él por puro orgullo. La barra olía a humedad, limón de friegasuelos y cerveza vieja. El cable estaba enredado con otros cuatro y con una pinza del pelo que podía ser mía de 2016 o de cualquier otra mujer viva en un radio de veinte metros. Biel se agachó también.

Nuestras cabezas casi chocaron.

—Apártate —dije.

—Estás tirando del de la cafetera.

—Estoy identificando opciones.

—Estás haciendo un secuestro eléctrico.

—Pues identifica tú, señor que todo lo sabe del verano.

Biel metió la mano entre los cables. Su brazo me rozó el pecho, apenas, por accidente o por el tamaño ridículo del hueco. Me quedé sin una palabra concreta. No sin aire, porque eso sonaba ridículo y porque respiré, mal, pero respiré. Me quedé sin insulto, que era mucho peor.

Él encontró el enchufe correcto.

—Diez segundos —dijo.

—Sé contar.

—No digo lo contrario.

—Lo has pensado con las cejas.

—Mis cejas no se meten en tus competencias.

—Tus cejas hacen auditorías.

Biel dejó escapar una risa baja.

Por encima de la barra, el cliente preguntó:

—¿Todo bien ahí abajo?

Jana contestó desde algún punto de la terraza:

—Están reiniciando la relación con el banco.

Me golpeé la cabeza con la madera al incorporarme.

—Jana.

—¿Qué? He dicho banco, no otra cosa.

El TPV volvió a encenderse. La tarjeta salió. El cliente pagó. El mundo no se acabó por muy poco.

A las cuatro, el primer servicio estaba superado. No bien. Superado. Había diferencia.

La cocina olía a sardina, aceite usado y limón.

Tina se había sentado en un taburete con una bolsa de hielo en la muñeca.

Jana bebía agua del grifo porque se había olvidado de coger vaso.

Ona revisaba fotos con gesto de pecado. Vega seguía arriba, pero sus pasos en el techo sonaban cada vez más rápidos.

Biel dejó una caja de pan vacía junto al almacén.

—Lo has hecho mejor de lo que esperaba.

—Qué generoso. ¿Quieres que lo apunte en una servilleta y lo enmarque?

—No. Con que mañana no vengas en lino me vale.

—No hay mañana.

Biel no cedió espacio.

Me salió sola. Seca. Defensiva. Muy mía.

—Abril.

—He venido a ver el estado real, no a reincorporarme a la plantilla.

—Acabas de firmar una autorización para revisar documentación.

—Para vender bien.

—Para vender vivo.

—Es un local, Biel.

—Díselo sin mirar alrededor.

Lo intenté.

Miré la barra marcada, la pizarra con mi letra, la mesa del centro llena de vasos usados, la pinza de Tina abandonada junto a la cafetera, una servilleta donde había apuntado cuarenta euros a devolver a Biel, el paquete de tabaco de Sal, las llaves que él llevaba colgadas en el bolsillo.

No lo dije.

El teléfono fijo sonó.

Todos miramos el aparato, sorprendidos de que siguiera conectado. Estaba junto a la caja, beige, sucio en las teclas, con una pegatina de Forn Nuri medio despegada.

—¿Eso funciona? —preguntó Ona.

—Cuando quiere algo —dijo Tina.

Biel contestó antes que yo.

—Lola y Sal.

Su voz al decirlo me molestó. Porque le salía fácil. Porque no leía un cartel: nombraba una parte del cuerpo.

Escuchó. La cara se le cerró un poco.

—Sí. Está aquí.

Me tendió el auricular.

—Ayuntamiento.

Noté la mirada de Vega desde la escalera incluso antes de verla. Bajaba con la carpeta azul contra el pecho.

Cogí el teléfono.

—Abril Rovira Mas.

Al otro lado, una mujer con voz educada y cansada me dijo lo justo para estropearme la tarde: el expediente necesitaba arreglo, el aviso llevaba tres semanas pendiente y, sin apertura ni papeles dentro de plazo, la licencia podía entrar en revisión.

Revisión. Esa palabra de ventanilla que sonaba pequeña hasta que empezaba a comerte dinero.

—¿Qué plazo? —pregunté.

La mujer me lo dijo.

Vega entornó los ojos.

Yo apoyé una mano en la barra porque el suelo no se movía, pero mi cabeza sí.

—Entiendo —dije.

No entendía nada salvo lo imprescindible: cerrar esa misma tarde ya no era una decisión limpia. Ni rápida. Ni mía del todo.

Colgué.

Jana dejó el vaso en la mesa.

—Por tu cara, deduzco que no llamaban para reservar cumpleaños.

—Tenemos que seguir abiertos —dije.

Vega asintió.

—Y ordenar papeles.

—Y pagar cosas —añadió Tina.

—Y no tocar el TPV sin supervisión adulta —dijo Jana.

Ona miró a Biel.

—¿Tú cuentas como adulto?

—Hoy no me provoques.

Biel no me miraba. Ahí estuvo lo sucio. Estaba recogiendo tickets, colocando vasos, guardando cuchillos. Haciendo cosas. Él siempre hacía cosas cuando las palabras podían abrirle algo y Lola y Sal le daba una excusa para no sangrar delante de nadie.

Me acerqué a la barra.

—¿Cuánto sabías?

—Lo del aviso.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y entraste esta mañana por el almacén con cajas y reservas sin decir nada?

—Iba a decirlo.

—Cuándo. ¿Después de dejarme hacer el ridículo delante de todas?

Por fin levantó los ojos hacia mí.

—No he necesitado ayudarte con eso.

Eso me dio en la cara. No de una forma bonita. De la forma en que una se da cuenta de que ha dejado una puerta abierta y alguien ha visto la habitación sin hacer.

—Eres un imbécil.

—Sí.

—No me des la razón así.

—¿Cómo quieres que te la dé?

—Con menos cara de tenerla también.

Jana hizo un ruido detrás, probablemente con la nariz metida donde no debía.

Vega intervino para frenar la caída.

—Abril, necesitamos tres semanas de actividad, papeles en orden y una valoración que no parezca salida de un desastre administrativo. Si después quieres vender, vendes. Pero ahora mismo cerrar te perjudica.

—No pienso quedarme tres semanas.

Tina se levantó del taburete.

—Entonces vende mal y enfádate con nosotras cuando te digamos que lo has hecho mal.

—Tina.

—No. Hoy no. Estoy sudada, me duele la muñeca y he limpiado una plancha que tenía costra histórica. Si vas a huir, hazlo bien caro o no nos levantes a las siete con mensajes de testigos.

El silencio que dejó venía con grasa, calor, vasos por fregar y demasiadas amigas mirando.

Yo miré a Biel.

—Tres semanas.

Él dejó los tickets sobre la barra.

—Tres semanas no arreglan siete años ni limpian una barra que se acuerda de todo.

—No te he pedido eso.

—Bien.

—De acuerdo.

Jana alzó una mano.

—¿Alguien más ha sentido que acabamos de firmar un pacto sin folios?

—No hay pacto —dije.

—Eso dicen todos los pactos peligrosos.

El móvil me vibró otra vez en el bolsillo. El comprador.

Lo saqué. Miré la pantalla. Biel también.

Me mordí la lengua.

La llamada se cortó.

Durante dos segundos nadie dijo nada. Luego sonó el TPV, solo una vez, con una oportunidad perfecta para opinar.

Biel cogió un trapo y se lo pasó por el cuello.

—Mañana a las ocho y media entra Noguera con pescado.

—No soy empleada tuya.

—No. Eres la dueña.

Lo dijo sin ternura. Sin burla. Con una precisión que me desarmó.

Dueña significaba llaves. Facturas. Decidir. Pagar. Dar la cara. No solo vender desde lejos con una blusa limpia y una carpeta bonita.

Me guardé el móvil.

—A las ocho y media, entonces.

Biel asintió.

—Y ponte zapatillas.

—No me mandes.

—No te estoy mandando. Te estoy evitando una caída.

—Qué considerado.

—No te acostumbres.

Me fui hacia la cocina antes de sonreír. No por esconderlo. Bueno, sí. Por eso.

En el fregadero había una montaña de vasos, dos cuchillos con alioli seco y una sartén que alguien había dejado en remojo sin agua. Metí las manos en el agua tibia, noté la grasa pegárseme a los dedos y pensé que tres semanas no eran tanto.

Después, mucho después, pensé que aquella mentira pequeña olía a verano entero perdiéndose por una rendija. En ese momento solo me pareció una excusa decente para no salir corriendo.