CAPÍTULO 2 · ABRIL
A las once y nueve yo ya había recordado tres cosas importantes.
Una: Lola y Sal no se limpiaba. Se negociaba con él, como con una vieja mala que aún tenía fuerza para ganar.
Dos: el baño seguía teniendo ese pestillo que se quedaba en la mano si tirabas con demasiada fe.
Tres: Biel sabía dónde estaba todo.
Todo.
La caja de servilletas buenas, las pinzas largas para la freidora, el trapo que no soltaba pelusa, la llave pequeña del armario de bebidas, el interruptor escondido que encendía las luces de la terraza cuando el cuadro eléctrico decidía humillarte.
Biel se movía por el chiringuito con una seguridad que me fastidiaba.
Yo me movía como una intrusa con sandalias caras y ganas de discutir con muebles.
—Ahí no va —dijo desde la cocina.
Yo tenía una pila de vasos en las manos.
—¿Perdón?
—Los altos van debajo de la cafetera. Los bajos, aquí.
—Son vasos, Biel. No menores tutelados.
—Si pones los altos ahí, Jana los tira con el codo cuando haga cafés.
Jana, desde la terraza, levantó la voz:
—Me parece muy feo que se use mi torpeza como criterio organizativo.
—Es el único criterio estable que tenemos —contestó Biel.
Odié reírme. Fue un soplo pequeño, nada más, pero me salió antes de poder morderlo. Biel lo oyó. Claro que lo oyó. Guardó silencio. También odié eso.
Vega había subido al cuarto de arriba con una libreta nueva, guantes de látex comprados en el centro médico de Cala Saurina y la expresión de quien iba a entrar en una carpeta sin pedir permiso.
Ona estaba fuera, intentando hacer una foto de la terraza sin que pareciera abandonada ni bonita.
Tina limpiaba la plancha con una rabia muy útil porque Quimet aún no había llegado y, según ella, la amistad también tenía límites de grasa.
Jana había decidido que su tarea era probar el café “por seguridad ciudadana”.
Yo abrí el armario bajo la barra y encontré tres botellas de vermut, una caja de pajitas de colores, dos cargadores que no cargaban y un paquete de tabaco empezado. Mi madre no fumaba desde 2008. Miré el paquete más tiempo del recomendable.
—Pertenecía a Salomé Pujol Vidal —dijo Biel—. Sal. Tu abuela.
No pregunté cómo lo sabía. Tampoco pregunté por qué el nombre me pinchó en la nuca. Lola y Sal siempre había sido una palabra completa, una marca familiar, un cartel torcido. Pensar en los dos por separado ensuciaba la nostalgia. La hacía más humana, más incómoda.
—Hay que tirar medio local.
—Hay que distinguir entre basura y memoria.
—¿Y tú sabes hacerlo?
Biel pasó por mi lado para coger una bandeja. Rozó apenas mi hombro. Apenas. Ridículo que mi piel se enterara.
—No. Por eso no tiro nada sin mirar.
El proveedor de hielo llegó a las once y veinte con dos sacos, camiseta del Barça y una paciencia de señor que había visto demasiadas temporadas empezar mal.
—¿Dónde lo dejo?
—En el congelador grande —dijo Biel.
—No funciona —dije yo al mismo tiempo.
El proveedor nos miró a los dos.
Biel dejó la bandeja.
—Funciona si no lo llenas hasta arriba.
—Pierde agua.
—Pierde agua desde 2019.
—No me vendas eso como argumento.
—En Lola y Sal sí.
El proveedor carraspeó.
—Lo dejo fuera y ya discutís vosotros la custodia.
Jana apareció con un café en cada mano.
—Me encanta que la primera mañana ya tengamos dinámica de divorcio.
—No hay matrimonio —dije.
—Pero hay bienes comunes emocionales, que es peor y no desgrava.
Biel cogió uno de los sacos de hielo sin esperar a nadie.
Los músculos del antebrazo se le marcaron al levantarlo.
No de gimnasio. De cajas, barriles, persianas, cosas que pesan y no esperan a que una se coloque bien el pelo.
Me enfadé conmigo por verlo. Me enfadé más por recordar otras formas de ese mismo brazo: bajo mi cuello en una colchoneta vieja de Cala dels Canyars, rodeándome la cintura en una verbena, apartándome de una moto que casi me dio en Port Saurí.
—Abril.
Parpadeé.
Biel me estaba mirando.
—¿Vas a abrir el congelador o prefieres seguir odiándome desde ahí?
—Puedo hacer las dos cosas.
—Siempre has tenido talento para complicarte.
—Y tú para quedarte donde nadie te ha pedido que te quedes.
El proveedor de hielo hizo un gesto con la mano.
—Yo cobro al contado.
Silencio. De caja registradora.
Miré a Biel.
—¿Cuánto?
—Ciento dieciocho.
Abrí el cajón del TPV. Dentro había monedas, dos tickets antiguos y una horquilla oxidada. Nada que pareciera ciento dieciocho euros.
—¿No hay caja?
—Hay caja cuando abrimos.
—Pero para abrir hay que pagar.
—Bienvenida al sector servicios.
Jana dejó los cafés.
—Tengo Bizum.
—No —dije.
—Abril, son ciento dieciocho euros, no la dote.
—No.
Biel sacó la cartera.
Le agarré la muñeca antes de pensar. Grave error. Su piel estaba caliente. El pulso le golpeó bajo mis dedos una vez, o quizá fue el mío contestando desde otra parte.
—No pagues tú.
Miró mi mano. Luego a mí.
—Suelta.
Lo hice. Muy rápido.
—Te lo devolveré.
—No quiero que me lo devuelvas. Quiero que se abra el local.
—Ese es el problema.
—No. El problema es que sigues creyendo que cualquier ayuda es una cadena.
Me dolió porque era verdad a medias. Las verdades a medias son las peores: vienen con una parte que puedes negar y otra que se te mete debajo de la ropa.
Vega bajó de la habitación en ese momento con una carpeta azul bajo el brazo y pinta de haber visto el infierno en formato factura.
—Tenemos que hablar.
—Qué raro —dijo Jana—. Una frase tranquilizadora.
Vega ignoró el comentario. Se plantó ante mí.
—La licencia de temporada está coja. Hay un aviso del Ayuntamiento de Cala Saurina de hace tres semanas. Sin papeles y sin movimiento, pueden suspenderla.
—¿Actividad mínima?
Biel guardó la cartera, despacio.
—Abrir.
—No puede depender de abrir un día.
—No depende de un día. Depende de demostrar que el negocio no está abandonado.
Miré la carpeta, luego a él.
—¿Tú lo sabías?
—Sí.
—¿Y no me llamaste?
Su mandíbula se movió un poco.
—No tenía claro que fueras a cogerlo.
Ese golpe me lo di yo sola, hacia dentro.
Ona entró desde la terraza.
—Hay un señor fuera preguntando si hoy hay sardinas.
—No hay sardinas —dije.
—Dice que ayer le dijeron que sí.
Todos miramos a Biel.
Biel levantó una ceja.
—Hay sardinas a la una.
—Por supuesto que hay sardinas —murmuré.
Vega abrió la carpeta.
—Abril, vender con la licencia suspendida baja el valor. Cerrar ahora puede salirte peor.
La palabra valor me agarró de la nuca. Ese lenguaje sí lo entendía. Valor. Plazos. Daños. Riesgo. Todo lo que podía ponerse en una hoja y parecer menos sentimental de lo que era.
—¿Cuánto tiempo?
—Para resolverlo bien, mínimo unas semanas.
—No.
—Abril.
—He dicho que no.
Biel plantó las dos manos sobre la madera.
—Nadie te está pidiendo el verano entero.
—Tú no pides. Tú colocas cajas, pagas hielo, decides reservas y luego haces como que soy yo la que no entiende nada.
—Ahora mismo no entiendes nada.
—Gracias por aclararlo.
—De nada.
Tina golpeó la plancha con el estropajo.
—Me estáis dando dolor de cabeza y todavía no hemos servido ni una caña.
El TPV lanzó otro aviso. Más largo.
Jana se acercó, tocó la pantalla con un dedo y el aparato respondió imprimiendo un ticket en blanco de casi medio metro.
—Creo que ha vomitado.
Ona empezó a reírse. Primero bajo, luego sin poder evitarlo.
Jana se sumó. Tina intentó no hacerlo y perdió.
Vega apretó los párpados un segundo, derrotada por una impresora.
Yo acabé riéndome también, pero a destiempo, con rabia, con ganas de llorar por una máquina idiota y ocho guiris que vendrían a comer sardinas a un sitio que yo quería vender antes de que volviera a saber mi nombre.
Biel arrancó el ticket infinito y lo dejó sobre la barra.
—Pepa sabe reiniciarlo.
—Claro —dije, secándome debajo del ojo con el nudillo—. Pepa también forma parte del equipo técnico.
—Pepa forma parte de todo.
A las doce menos diez, el chiringuito seguía sucio, el hielo estaba medio colocado, el proveedor había cobrado gracias a una combinación humillante de monedas, Bizum de Jana y cuarenta euros de Biel que yo apunté en una servilleta con tanta fuerza que casi la rompí.
En la terraza, el sol empezaba a caer sobre los toldos viejos. El mar estaba ahí, al fondo, haciendo de testigo inútil sin enterarse de que todo lo demás estaba pegajoso, torcido y lleno de deudas.
Vega me alcanzó una hoja.
—Firma aquí para autorizarme a revisar documentación.
—No eres mi abogada.
—Soy más pesada. Soy tu amiga con Excel.
Firmé.
Biel pasó detrás de mí para abrir la puerta de la nevera. Esta vez no me rozó. Lo noté igual. Me dio rabia notarlo.
—A las dos —dijo— te pones en barra.
—No recibo órdenes tuyas.
—Era supervivencia, no una orden.
—Puedo llevar mesas.
A Jana se le escapó una carcajada desde la cafetera.
—Tú tirabas bandejas antes de irte a Barcelona y eras más joven.
—He madurado.
Biel me repasó de arriba abajo. No de esa forma fácil que habría podido devolverle con desprecio. Me miró las sandalias, los pantalones claros, la blusa que ya se me pegaba a la espalda, el moño mal hecho, los dedos manchados de tinta de la servilleta.
—No lo suficiente para llevar sardinas calientes entre turistas con crema solar.
—Eres insoportable.
—Y tú vas en lino.
Ona se llevó una mano al pecho.
—Eso sí ha sido cruel.
Yo miré mis pantalones. Lino beige. Barcelona. Reunión. Control. Una estupidez carísima para un chiringuito con una freidora vacía y una nevera que perdía agua.
—Subo a cambiarme —dije.
Biel señaló el techo.
—Arriba hay camisetas viejas.
—No pienso ponerme una camiseta vieja de aquí.
Media hora después llevaba una camiseta gris con el logo de Lola y Sal medio borrado, un pantalón corto que encontré en una bolsa y el pelo recogido con una pinza que Tina me clavó casi en el cráneo.
Cuando bajé, Biel estaba colocando la pizarra de menú en la entrada.
Me vio.
Se guardó la respuesta.
Me dejó hecha un trapo.
—Ni una palabra —le advertí.
Él escribió sardinas en la pizarra con tiza blanca.
—Te queda grande.
—¿La camiseta?
—Cala Saurina.