No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 1 · ABRIL
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No vendas el verano (Lola y Sal 1)

No vendas el verano (Lola y Sal 1)

Por Gala Mir

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CAPÍTULO 1 · ABRIL

La primera llave no entró.

La segunda sí, pero se atascó a medio giro, con una mala leche muy de puerta vieja que reconoce a quien vuelve tarde. Apreté con la palma, sudada antes de las diez de la mañana, y el metal me dejó una marca roja en la piel.

Detrás de mí, Jana resopló.

—¿Has heredado un chiringuito o una prueba de acceso a los Mossos d’Esquadra?

—Cállate y sujeta la bolsa.

—La bolsa pesa tres bollos y un paquete de servilletas, Abril. No dramatices por deporte.

—Estoy intentando abrir.

—Se te nota. Cala Saurina entera lo está viviendo.

Miré por encima del hombro. La calle que bajaba hacia Platja Gran todavía estaba medio vacía, pero en Cala Saurina no hacía falta público para sentirse observada.

Bastaba una persiana entornada, una vecina regando geranios con mala intención o el del ultramarinos colocando cajas de agua mineral y sin perderse una sílaba desde que habíamos aparcado.

Vega me quitó la llave de la mano de un tirón.

Llevaba una camisa blanca que no tenía ningún sentido en junio, el pelo recogido con una pinza de carey y esa cara suya de “me estáis quitando años de vida, pero aún os quiero lo suficiente para no denunciaros”.

Metió la llave, levantó un poco la puerta con la cadera y giró.

La cerradura cedió con un ruido feo, de hueso viejo.

—Hay que cambiarla —dijo.

—Hay que cerrar el local entero —contesté.

Nadie se rio.

Lo primero que Lola y Sal hizo bien aquella mañana fue quitarme público para la broma.

El chiringuito olía a cerrado, sal pegada y aceite que llevaba semanas esperando a que alguien se ocupara de él: grasa fría, madera húmeda, cerveza seca en el suelo, una bayeta olvidada en algún sitio y esa mezcla de mar y fritanga que se te quedaba metida en el pelo, aunque solo entraras a por una botella de agua.

Los toldos viejos estaban recogidos con bridas distintas: una verde, una blanca y una negra sacada de alguna bolsa de basura.

La barra conservaba la marca oscura cerca del grifo de cerveza, donde mi madre Lola dejaba siempre el trapo húmedo, aunque todos le dijéramos que aquello criaba vida propia.

El cartel de LOLA Y SAL seguía torcido. La ese final colgaba un poco, una pestaña mal pegada.

Ona entró grabando con el móvil.

—Ni se te ocurra —le dije.

—No estoy grabando para subirlo. Estoy documentando.

—Ona.

Bajó el móvil un centímetro. No lo guardó.

—Documentar también incluye tener pruebas de que este sitio nos va a matar.

—Guárdalo.

—Vale, pero si luego necesitas contenido de “antes de la reforma emocional”, no me vengas llorando.

—No va a haber reforma emocional.

—Eso lo dices ahora porque la humedad todavía no te ha entrado en el útero.

Tina pasó por mi lado con una caja de botellas vacías que había encontrado junto a la puerta. No preguntó dónde ponerla. Tina nunca preguntaba lo que podía resolver cargando peso. La dejó detrás de la barra, miró el suelo, el techo, las neveras y a mí, en ese orden.

—Esto lleva más de dos días sin abrirse.

—Por eso estamos aquí.

—No. Estamos aquí porque nos mandaste un mensaje a las siete y doce diciendo: “Venid a Lola y Sal, necesito testigos”. Eso no es normal ni para ti.

Jana apoyó la bolsa de bollos encima de la mesa de las cinco, la del lateral derecho, la que cojeaba desde antes de que yo tuviera tetas y que nadie había arreglado porque mi madre decía que las mesas más de la cuenta firmes favorecían conversaciones aburridas.

—A mí lo de testigos me ha gustado —dijo Jana—. Tiene punto de delito pequeño. De los que no salen en televisión, pero sí en el grupo de madres.

—No hay delito.

—Todavía.

Vega alzó la vista hacia mí.

—Abril.

Ese tono. Mi nombre en su boca siempre venía con una factura detrás.

Me quité las gafas de sol y las dejé sobre la mesa.

Tenían arena en una patilla, aunque acababa de llegar de Barcelona.

La arena en Cala Saurina no necesitaba playa.

Te esperaba en los marcos de las puertas, en los bajos del coche, en el pliegue del sujetador, en los recuerdos que una prefería no mover.

—Voy a venderlo —dije.

Ona guardó el móvil por fin.

Jana amagó con hablar, se lo pensó y cogió un bollo. Mala señal. Jana comía cuando iba a insultar y quería ganar tiempo para elegir entre varias opciones.

Vega se quedó dónde estaba. Tina sí. Tina plantó las dos manos sobre la madera, despacio.

—¿Vender qué exactamente?

—Lola y Sal.

—Ya sé cómo se llama el local, Abril.

—Entonces no preguntes con expresión de haber encontrado otra cosa.

Jana señaló con el bollo hacia el techo.

—Técnicamente hay otra cosa. La habitación de arriba. El baño asesino. El congelador que suena como un señor fumando. Un ecosistema completo.

—Jana.

—Vale. Me callo.

No se calló del todo. Masticó fuerte.

Vega se acercó a la barra. Pasó un dedo por la superficie y miró la grasa gris que se le quedó en la yema.

—¿Lo has pensado o lo has decidido camino de aquí porque te ha dado ansiedad ver el cartel?

—Lo he pensado.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—No significa nada.

—Significa que no voy a pasarme otro verano reanimando un negocio que se cae a trozos para que medio pueblo opine sobre cuánto quería yo a mi familia.

Lo dije con una entereza falsa. Ensayado hasta dar vergüenza. Lo odié en cuanto me escuché.

Tina apartó la mirada. Ona se metió el móvil en el bolsillo trasero. Jana dejó el bollo en una servilleta, intacto, por un lado.

El chiringuito hizo un ruido.

El ruido no tuvo ninguna elegancia. Lola y Sal tampoco sabía hacer drama fino: un golpe seco en el almacén, una caja arrastrada, una lata cayendo y rodando por el suelo.

Yo no me moví.

Vega giró la cabeza.

—¿Hay alguien?

No llegué a contestar: la puerta del almacén se abrió desde dentro.

Biel Ferrer Sintes salió con una caja de cervezas apoyada contra la cadera, camiseta negra pegada al pecho, el pelo más corto de lo que yo recordaba y esa pinta de haber dormido poco sin deberle explicaciones a nadie.

Llevaba las llaves del local colgadas de un mosquetón en el bolsillo.

Mis llaves. O unas mejores que las mías.

La caja golpeó la barra cuando la dejó.

—La cerradura no hay que cambiarla —dijo—. Hay que levantar la puerta al girar. Lleva así desde agosto.

Agosto.

La palabra quedó en medio, sucia, llena de arena, sudor y cosas que no se habían dicho.

Jana murmuró algo que sonó a “hostia bendita”. Ona se llevó la mano al bolsillo del móvil por puro instinto. Tina no dijo nada. Vega, por una vez, tampoco.

Biel centró los ojos en mí.

No sonrió. Eso habría sido más fácil. Tampoco hizo esa entrada de hombre que sabe que desordena una habitación. Biel nunca había necesitado actuar. Entraba, ocupaba espacio y dejaba que el resto se apañara con la incomodidad.

Yo noté el sudor bajándome por la espalda, justo por debajo del tirante del sujetador. Muy digno todo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Trabajar.

—Lola y Sal está cerrado.

—A las once entra el proveedor de hielo.

A las doce viene Pepa con cambio para caja.

A las doce y media entra Yas, si no le han cambiado el turno por tercera vez, y Quimet aparece a la una para discutir con la plancha antes de tocarla.

A las dos hay reserva de ocho guiris que pidieron mesa hace una semana y media y que no entienden la palabra cerrado si no va acompañada de un derrumbe visible.

Jana levantó un dedo.

—No invoques derrumbes. Tenemos toldos de 1998.

Biel no la miró.

—Y a las seis pasa alguien del Ayuntamiento a revisar el tema de la licencia de temporada.

Ahí sí me moví.

—¿Qué licencia?

—La de Lola y Sal.

—No me hables con ese tono de manual para idiotas.

—Te hablo con el tono de alguien que lleva siete años sin ver tu nombre en una carpeta.

Vega aspiró por la nariz. Tina encontró algo interesantísimo en una mancha de la barra. Ona disfrutaba, pero con miedo, que era su versión adulta de la prudencia.

Yo rodeé la mesa. No quería acercarme a él y por eso lo hice. Esa clase de decisiones siempre me había salido bien fatal.

—¿Desde cuándo tienes llaves?

Biel sacó el mosquetón del bolsillo y lo dejó sobre la barra. El sonido de las llaves fue vulgar, doméstico, insoportable.

—Desde que alguien tenía que abrir cuando tu madre no podía. Desde que el congelador empezó a fallar. Desde que el baño se atascó tres veces en una semana. Desde que Lola apuntaba los pedidos en servilletas y luego juraba que el proveedor le robaba anchoas.

—No metas a mi madre.

—No la he metido yo. Está en cada esquina.

Me acerqué un paso más. Olía a sudor limpio, a cerveza fría y a almacén cerrado. No a perfume. Biel nunca había olido a promesa cara. Olía a camiseta gastada, a caja levantada, a cosas que se usan.

—Voy a vender —dije, más bajo.

—Ya te he oído.

—Entonces no hagas turnos, ni reservas, ni pedidos.

—Hoy se abre.

—No.

—Sí.

Jana hizo un ruido pequeño.

—Esto está siendo muy incómodo y muy entretenido.

—Jana —dijeron Vega y Tina a la vez.

Biel apoyó los nudillos sobre la madera. Tenía una pequeña cicatriz en el índice derecho que no recordaba. Me molestó no recordarla. Me molestó más querer saber de dónde venía.

—Puedes vender dentro de un mes, de dos o cuando consigas que alguien te pague por esta ruina sin quitarle hasta el nombre. Pero hoy no cierras. Hay género encargado, hay gente citada y hay una licencia que, si no se mueve esta semana, nos deja sin temporada.

—¿Nos?

Ahí sí sonrió. Poco. Mal.

—Eso mismo pensé yo cuando te fuiste.

El golpe fue limpio. No levantó la voz. No necesitó hacerlo.

Mi cuerpo hizo una cosa absurda: en vez de dolerme donde tocaba, lo noté en la boca. Una sequedad rápida, una lengua torpe, ganas de decir algo cruel solo para no quedarme callada.

—No tienes ningún derecho sobre este sitio.

—Tengo más horas que tú.

—No es lo mismo.

—Nunca lo es cuando vuelves con prisa.

Tina se interpuso sin darme tiempo a contestar. No físicamente. Más humillante: cogió una bayeta del fregadero, la olió, puso cara de querer denunciar a alguien y dijo:

—Si a las dos vienen ocho guiris, aquí falta limpiar hasta el aire.

—No vamos a abrir —dije.

El TPV, desde la barra, emitió un pitido agudo. Nadie lo había tocado.

Biel miró al suelo.

—Ese pitido significa que se ha reiniciado mal. Si se apaga del todo, luego no lee tarjetas hasta que le da la gana.

—Me da igual el TPV.

—A las dos no te dará igual.

—Biel.

—Abril.

Mi nombre en su boca no venía con factura.

Venía con memoria. Con dedos en la nuca en una noche de fiesta mayor.

Con una puerta cerrada demasiado deprisa.

Con mi maleta en el maletero y él apoyado en la pared de Port Saurí, sin pedirme que no me fuera porque los dos éramos muy orgullosos y bastante gilipollas.

Aparté la vista primero. Imperdonable.

Vega carraspeó.

—Necesito entender el nivel de desastre. ¿Hay papeles? ¿Cuentas? ¿Algo que no esté pringoso?

Biel señaló la habitación de arriba.

—Carpeta azul en el cajón. Libreta de Lola en la caja de galletas. Facturas en una bolsa de Ultramarinos Pepa, porque aquí el archivo documental siempre ha tenido criterios propios.

Ona susurró:

—Esto es contenido.

La miré.

—Guarda el móvil o te lo tiro a la freidora.

—La freidora está vacía.

—Me da tiempo a llenarla.

Jana cogió la bolsa de bollos otra vez.

—Yo voto por abrir, ya que estamos. Si vamos a vivir una humillación colectiva, al menos que haya café.

—No se vota —dije.

Tina aguantó mi mirada. Tina casi nunca me llevaba la contraria en público porque sabía hacerlo en privado con más daño.

—Hoy sí.

El calor subió de golpe. O quizá fui yo. Quizá era el local, el olor, las cinco en la mesa, Biel con mis llaves y aquella sensación antigua de que Cala Saurina siempre encontraba la forma de cerrarme la salida con una silla, una deuda o un hombre al que yo no debía mirar tanto.

—No pienso quedarme todo el verano —dije.

Biel cogió la caja de cervezas y la llevó hacia la nevera.

—Empieza por quedarte hasta las dos.

La nevera abrió con un suspiro húmedo. De dentro cayó agua al suelo. Una gota me salpicó el tobillo.

Jana levantó el bollo.

—Bienvenida a casa, heredera.

Pensé en corregirla. En decirle que aquel sitio ya no era mi casa. Que solo había venido a cerrar una puerta y vender las paredes antes de que me tragaran otra vez.

Pero Biel estaba de rodillas frente a la nevera, metiendo botellas con una eficacia insultante, y el Ayuntamiento venía a las seis, y el TPV pitaba como un animal pequeño y moribundo.

Así que elegí la idea más estúpida disponible.

Me remangué.