No Todo Es Real CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

Los lunes por la mañana tenían su propio ritmo en casa de los Fairburn, y a Alicia siempre le había gustado.

A las siete y cuarto, James ya se había duchado y vestido, y la maleta esperaba junto a la puerta. Theo estaba sentado a la mesa de la cocina con un bol de cereales delante, sujetando la cuchara con una mano mientras con la otra pasaba el dedo por la pantalla del móvil.

—Theo.

Levantó la vista.

—El móvil.

—Estoy comiendo.

—Estás mirando el móvil.

—Puedo hacer las dos cosas.

—No estás haciendo especialmente bien ninguna.

James entró en la cocina mientras se abrochaba el reloj.

—Déjalo. Es lunes.

—Precisamente.

Alicia se sirvió otro café.

James se inclinó para besarla en la cabeza antes de coger la cafetera.

—¿Queda?

—Justo.

—Eres la mejor.

—Lo sé.

Sirvió lo que quedaba en una taza.

—¿A qué hora sale tu vuelo? —preguntó Theo.

—A las diez y veinte.

—¿Adónde vas?

—A La Haya.

Theo frunció el ceño.

—¿La Haya?

—En los Países Bajos.

—Ya sé dónde está La Haya.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Me ha sorprendido.

—Después voy a Londres.

—¿Hasta cuándo?

—Vuelvo el jueves.

Theo asintió y volvió al móvil.

Alicia observó a James por encima de la taza.

Todo era perfectamente normal.

El café. Los cereales a medio terminar de Theo. James comprobando que llevaba el pasaporte aunque Alicia lo había visto guardarlo en la bolsa diez minutos antes. El murmullo lejano del tráfico que entraba por las puertas abiertas del balcón.

Normal.

Después del fin de semana, había esperado que aquella mañana fuera distinta.

No sabía muy bien por qué.

—Bien. —James cogió la chaqueta—. Tengo que irme.

Theo levantó una mano sin apartar la vista de la pantalla.

—Adiós.

—Qué emotivo.

James le revolvió el pelo a propósito.

—Papá.

—Mucho mejor.

Después rodeó la mesa y se acercó a Alicia.

—Escríbeme cuando aterrices.

—Siempre lo hago.

La besó.

Un beso de verdad, no uno de aquellos besos rápidos que a veces se daban entre semana, con la cabeza ya puesta en el día que tenían por delante.

Durante una fracción de segundo, Alicia se tensó.

Si James lo notó, no dijo nada.

—Te quiero.

—Yo también.

La puerta se cerró tras él.

Alicia se quedó mirando hacia la entrada.

Theo levantó la vista.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando la puerta.

—Estaba pensando.

—¿En una puerta?

A Alicia se le escapó una sonrisa.

—Termínate el desayuno.

A las ocho y cuarto, Theo se había marchado al colegio y Alicia tenía el piso para ella sola.

Se duchó, se vistió y se cambió de blusa dos veces antes de enfadarse consigo misma y volver a ponerse la primera.

No tenía ningún motivo para estar nerviosa.

No iba a ver a Alejandro aquel día.

Su cita era mañana.

A las once y media.

Lo sabía sin necesidad de mirar la agenda.

Normalmente llegaba a la consulta unos diez minutos antes del primer paciente.

Aquella mañana llegó treinta y cinco minutos antes.

Marta todavía no había llegado. El pasillo estaba en silencio y la sala de espera seguía a oscuras.

Alicia encendió las luces, entró en su despacho y cerró la puerta.

Se quedó unos instantes de pie.

Después miró el sillón vacío frente al escritorio.

El sillón de Alejandro.

Odiaba pensar en él de aquella manera.

Desde el lunes anterior se habían sentado allí muchos otros pacientes.

Y, aun así, para ella seguía siendo el sillón de Alejandro.

Abrió el portátil.

Tenía el lunes lo bastante lleno como para no pensar demasiado.

Y justo al lado estaba el martes.

11:30 — Alejandro Navarro.

Se quedó mirando su nombre.

Debería cancelar la cita.

De hecho, ya debería haberlo hecho.

Debería haberla cancelado el miércoles por la mañana.

Pero había dejado pasar un día.

Y después otro.

Alicia cerró el portátil.

Por eso había llegado tan pronto.

Necesitaba media hora en la que nadie quisiera nada de ella.

Media hora para ordenar sus propios pensamientos.

Porque, en algún momento de los últimos seis días, aquello había dejado de ser algo que pudiera seguir considerando inofensivo.

Había pasado buena parte del domingo por la noche intentando convencerse de que lo ocurrido durante el fin de semana lo demostraba.

Alejandro había estado cerca de su casa.

James lo había visto.

O, al menos, eso decía.

Incluso ahora, Alicia seguía sin entenderlo.

James había contado lo mismo cada vez: Alejandro estaba lo bastante cerca del edificio como para que costara creer que se trataba de una casualidad.

Y después estaba lo que le había dicho.

Eso era lo que Alicia no conseguía encajar.

Porque, según James, Alejandro había hablado como si entre ellos hubiera algo que James debería saber.

Alicia había insistido en que era absurdo.

Que Alejandro nunca haría algo así.

Que James debía de haberlo interpretado mal.

Casi consiguió convencerse.

Casi.

Porque había algo que no le había contado a James.

Algo que hacía que las palabras de Alejandro resultaran bastante menos absurdas de lo que había querido hacerle creer.

Alicia cerró los ojos.

Martes.

Había pensado en aquella tarde más de lo que quería admitir.

Que Alejandro apareciera en la cafetería el lunes después de la sesión la había incomodado, pero había sabido gestionarlo. Había sido clara. No comía con pacientes. No quedaba con ellos fuera de la consulta.

Él pareció aceptarlo.

O eso había creído.

El martes había tenido cinco sesiones y apenas tiempo entre una y otra para escribir las notas. Había comido un bocadillo frente al ordenador mientras contestaba correos.

Cuando se marchó el último paciente, pasaban de las seis y Alicia solo quería volver a casa.

Había recorrido media calle cuando lo vio.

Alejandro.

Estaba apoyado contra la pared junto a una pequeña terraza, a unos veinte metros de la consulta.

Durante unos segundos, Alicia pensó en fingir que no lo había visto.

Entonces él se incorporó.

—Alicia.

Ella se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

—Te estaba esperando.

La respuesta la pilló desprevenida.

—No puedes hacer eso.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí.

Alicia lo miró.

—Porque ayer creí haber sido bastante clara.

—Lo fuiste.

—Y, aun así, estás aquí.

—Quería hablar contigo.

—Tienes cita el martes que viene.

—No así.

—Alejandro…

—Diez minutos.

—No.

—Una copa.

—No.

—Entonces un café.

Alicia estuvo a punto de reírse.

—Cambiar la bebida no cambia lo que es esto.

—No sé qué es esto.

—Yo tampoco.

Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Alejandro la miró de otra manera.

—Quiero decir…

—Sé lo que has querido decir.

—No, no creo que lo sepas.

—Creo que sí.

Alicia se ajustó la correa del bolso.

—Tengo que irme.

—Entonces dime que me lo he imaginado.

Lo miró.

—¿Qué?

—Por eso estoy aquí.

La gente seguía pasando a su lado por la acera.

—Necesito saber si me he imaginado algo que no existe.

—Alejandro, eres mi paciente.

—Lo sé.

—Esto es exactamente de lo que hablamos ayer.

—No. Ayer me dijiste que no comías con pacientes. No me dijiste que yo estuviera equivocado.

Alicia sintió una presión en el pecho.

—No te debo esa conversación.

—No.

—Bien.

—Pero te la estoy pidiendo.

Ella negó con la cabeza.

—Esto no está bien.

—Lo sé.

—No paras de decir eso.

—Porque sé que no lo está.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Alejandro guardó silencio unos segundos.

—Porque no puedo dejar de pensar en ti.

Alicia apartó la mirada.

—No.

—Sé que no quieres oírlo.

—No deberías decirme esto.

—De acuerdo.

Dio un paso atrás.

—Dime que me he equivocado por completo y me voy.

Alicia lo miró.

Debería haber sido fácil.

Te has equivocado.

Tres palabras.

En lugar de eso preguntó:

—¿Qué quieres de mí?

—Veinte minutos.

—¿Para qué?

—Para hablar en algún sitio que no sea tu consulta.

—Eso no va a cambiar nada.

—Entonces no tienes nada que perder.

Alicia casi sonrió ante lo absurdo de la frase.

—¿De verdad crees eso?

—No.

La respuesta la sorprendió.

Alejandro señaló el bar que tenía detrás.

—Una copa. Veinte minutos. Después te dejaré en paz.

—Y buscarás otro terapeuta.

Sus ojos volvieron a encontrarse.

—Si eso es lo que quieres.

Alicia debería haberse marchado.

Ese era el momento al que volvía una y otra vez.

No a lo que ocurrió después.

A ese instante.

Porque todavía no había pasado nada.

Todavía podía haberse ido a casa.

En lugar de eso miró la hora en el móvil.

—Veinte minutos.

El bar estaba casi vacío.

Se sentaron en una mesa pequeña junto a la ventana. Alicia pidió vino blanco. Alejandro, una cerveza.

Se arrepintió del vino en cuanto se lo pusieron delante.

Hacía que aquello pareciera algo que no era.

O algo que no debería ser.

—Esto es una mala idea —dijo.

—Lo sé.

—Necesitas otra frase.

Alejandro sonrió.

—Ahí estás.

—¿Qué?

—Tú.

—No sé qué significa eso.

—Sí lo sabes.

Alicia cogió la copa, pero no bebió.

—Querías hablar. Habla.

Alejandro se recostó en la silla.

—He intentado averiguar si esto tiene que ver con lo que pasa en esa habitación.

—¿Qué pasa en esa habitación?

—Me escuchas. Sabes cosas de mí que nadie más sabe.

—Eso puede generar sentimientos de apego.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sé usar Google, Alicia.

Se le escapó una sonrisa.

—¿Entonces te has diagnosticado tú solo?

—Lo he intentado.

—¿Y?

—No creo que sea eso.

—Claro que no.

—¿Por qué «claro»?

—Porque nadie quiere pensar que lo que siente puede explicarse con algo tan predecible como la transferencia.

Alejandro la observó.

—Has pensado en esto.

—Es mi trabajo.

—No. Has pensado en nosotros.

Alicia bajó la mirada hacia la mesa.

—Alejandro.

—¿Lo has hecho?

No respondió.

Él se inclinó un poco hacia delante.

—He tenido relaciones. Estuve casado once años. No estoy confundiendo que una mujer me escuche con estar enamorado.

La palabra la incomodó.

—No lo llames así.

—¿Por qué?

—Porque no me conoces.

—Lo sé.

—Conoces una versión de mí.

—Y, aun así, nunca he hablado con nadie como hablo contigo.

—Eso es la terapia.

—No. No es solo eso.

—¿Cómo lo sabes?

—Por cómo me hablas tú.

Alicia guardó silencio.

—Por cómo entiendes lo que intento decir antes de que consiga explicarlo. Por cómo podemos pasar de algo serio a reírnos de una tontería treinta segundos después.

—Eso también ocurre con otros pacientes.

—¿Esto también?

No apartó los ojos de ella.

Alicia bebió un sorbo de vino.

—Nunca me he sentido tan cómodo con alguien —dijo él.

—Me conoces desde hace unas semanas.

—Precisamente.

—Eso debería decirte algo.

—Me lo dice.

Hubo un silencio.

—No me conoces —repitió Alicia.

—Entonces déjame conocerte.

Alicia sintió un vuelco en el estómago.

—No.

—¿Por qué?

—Sabes por qué.

—¿Porque estás casada?

—Entre otras cosas.

—Es la primera vez que dices eso.

Alicia lo miró fijamente.

—¿Qué?

—Todas las demás veces que me has explicado por qué esto no puede pasar has dicho que soy tu paciente. Nunca lo mencionas a él.

—Eso no significa nada.

—Quizá no.

—No significa nada.

—Vale.

Alicia bebió otro sorbo.

—Quiero a mi marido.

—Te creo.

—Llevamos mucho tiempo juntos.

—Lo sé.

—No sabes nada de mi matrimonio.

—No.

—Y no voy a hablar de él contigo.

—No te lo he pedido.

Alicia lo miró.

Alejandro bajó la voz.

—No quiero quitarte nada.

—Me estás pidiendo que arriesgue bastante.

—Te he pedido una copa.

—¿Y por qué he aceptado?

La pregunta salió antes de que pudiera decidir si realmente quería escuchar la respuesta.

Alejandro la miró durante unos segundos.

—Creo que lo sabes.

Alicia sintió calor en la cara y apartó la vista hacia la ventana.

—Estás muy seguro de ti mismo.

—Normalmente no.

—Lo parece.

—Estoy aterrorizado.

Aquello hizo que volviera a mirarlo.

Él sonrió.

—¿Crees que esto es fácil para mí?

—Creo que no deberías hacerlo.

—Esa no era la pregunta.

Alicia rio.

—Siempre haces lo mismo.

—¿El qué?

—Responder a mis preguntas con otra pregunta.

—Gajes del oficio.

—Ese es mi oficio.

—He aprendido de la mejor.

Y ahí estaba otra vez.

Aquella facilidad.

Eso era lo que Alicia no había esperado.

No la atracción. Aquello ya podía admitirlo, al menos ante sí misma.

Era lo fácil que resultaba estar con él.

La rapidez con la que veinte minutos se habían convertido en treinta.

Y cómo, durante aquel rato, no era la madre de nadie. Ni la mujer de nadie. Ni la psicóloga de nadie.

Era simplemente Alicia.

Y Alejandro la miraba como si eso bastara para hacerla fascinante.

Finalmente miró la hora.

—Dios mío.

—¿Qué?

—Tengo que irme.

Se levantó.

Alejandro pagó antes de que pudiera protestar y salió detrás de ella.

Caminaron juntos media manzana.

Entonces Alicia se detuvo.

—Esto no puede volver a pasar.

—¿La copa?

—Nada de esto.

Alejandro la miró.

—Buscaré otro terapeuta.

—Sí.

—Si eso es lo que quieres.

—Lo es.

Él asintió.

—Vale.

Alicia lo miró, de pronto irritada.

—¿Por qué haces eso?

—¿El qué?

—Darme siempre la razón.

Sonrió ligeramente.

—¿Qué preferirías?

—No lo sé.

—¿Que luchara por ti?

Las palabras le afectaron más de lo que deberían.

—No.

—Vale.

—Deja de decir eso.

Él se rio.

Y Alicia también.

No debería haberlo hecho.

La risa desapareció.

Alejandro la estaba mirando.

Ya no a los ojos.

A la boca.

Alicia se dio cuenta.

Tuvo tiempo de comprender lo que iba a pasar.

Tiempo de apartarse.

Él se acercó.

—Alicia.

Debería haberlo detenido.

No lo hizo.

Cuando la besó, fue con suavidad.

Casi con cautela.

Y eso lo hizo peor.

Porque podría haberse apartado enseguida.

Pero no lo hizo.

Durante unos segundos le devolvió el beso.

La mano de Alejandro subió hasta su rostro y todo lo demás desapareció: la calle, la consulta, la gente a su alrededor, todos los pensamientos sensatos que había tenido durante la última hora.

Solo quedó el desconcierto de haberlo deseado.

Entonces pensó en James.

Ni siquiera en su rostro.

Solo en su nombre.

James.

Alicia se apartó.

—No.

Alejandro no volvió a tocarla.

Se miraron.

—No —repitió ella.

Él respiraba casi tan deprisa como ella.

—Lo siento.

—Esto no puede pasar.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

—Sí.

—Estoy casada.

—Lo sé.

—Eres mi paciente.

—Lo sé.

—Y esto…

Se detuvo.

—Esto ha sido un error.

Alejandro la miró de otra manera.

—¿El beso?

—Sí.

La observó unos segundos.

—Pero tú también me has besado.

Alicia sintió las palabras casi como una acusación.

—Lo sé.

Ninguno dijo nada.

—Eso no hace que deje de ser un error.

—No.

—Lo digo en serio, Alejandro.

—Ya lo sé.

Alicia dio un paso atrás.

—Tienes que buscar a otra persona.

Esta vez él se limitó a asentir.

—Vale.

Alicia se dio la vuelta y se marchó.

No miró atrás.

Cuando llegó a la esquina, le temblaban las manos.

Cuando llegó a casa, ya había decidido cómo iba a pensar en lo ocurrido.

Había cometido un error.

Uno.

Lo había detenido.

Se había acabado.

Y durante las veinticuatro horas siguientes casi consiguió creérselo.