CAPÍTULO VEINTITRÉS
El sábado había sido normal.
Casi deliberadamente normal.
Theo pasó buena parte de la tarde con Clara.
Alicia fue a ver a su madre y volvió con una compra que insistía en que no necesitaban.
James trabajó durante una hora, se rindió y pasó el resto del día fingiendo entender qué quería hacer Alicia con las plantas del balcón.
Al caer la tarde, el piso olía a ajo y romero.
Alicia estaba cocinando.
James abría una botella de vino cuando ella miró dentro de la nevera.
—Nos hemos olvidado de la leche.
—Tenemos leche.
—Tenemos aproximadamente tres cucharadas de leche.
—Eso cuenta como leche.
—Mañana por la mañana, cuando quieras café, no te parecerá lo mismo.
James suspiró.
—Ya voy yo.
—Mi héroe.
—Acuérdate de esto.
—No pienso hacerlo.
James cogió las llaves y bajó.
El pequeño supermercado estaba a menos de dos minutos.
Apenas había salido del edificio cuando lo vio.
Al principio no estuvo seguro.
El hombre estaba al otro lado de la calle, mirando el teléfono.
Entonces levantó la vista.
Alejandro.
Sus miradas se cruzaron.
Durante una fracción de segundo, algo pasó por el rostro de Alejandro.
Sorpresa.
O quizá molestia por haber sido visto.
Después sonrió.
—James.
James permaneció donde estaba.
—Alejandro.
Alejandro cruzó la calle hacia él.
—Qué pequeño es el mundo.
James miró alrededor.
Estaban a menos de veinte metros de la puerta de su casa.
—Eso parece.
Alejandro guardó el móvil en el bolsillo.
Durante unos instantes ninguno habló.
James esperó una explicación.
No llegó.
—¿Vives por aquí? —preguntó finalmente.
—No.
La respuesta fue inmediata.
James sintió una tensión en el pecho.
—¿Y qué haces por aquí?
Alejandro sonrió.
—He quedado con alguien.
James asintió.
—Ya.
Podría haberlo dejado ahí.
Probablemente debería haberlo hecho.
En lugar de eso preguntó:
—¿Alguien que conozca?
Alejandro lo miró.
Había algo distinto en su expresión.
Algo que James no había visto en el café.
—Creo que ya sabes la respuesta.
James lo miró fijamente.
—¿Qué se supone que significa eso?
Alejandro sonrió ligeramente.
—Nada.
—Pues no ha sonado a nada.
Una pausa.
Entonces Alejandro miró hacia el edificio detrás de James.
—Yo no me preocuparía demasiado.
La expresión de James se endureció.
—¿Por qué?
Alejandro volvió a mirarlo.
—Por lo que sea que te preocupa.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Después Alejandro volvió a sonreír.
Educado.
Casi amistoso.
—Que pases una buena noche, James.
Se marchó.
James lo observó hasta que desapareció por la esquina.
Durante unos momentos se olvidó de la leche.
Y de todo lo demás.
Porque aquella conversación no había tenido nada de accidental.
Y Alejandro había estado delante de su casa.
Cuando James regresó al piso diez minutos después, Alicia estaba cortando tomates.
—Has tardado.
James dejó la leche sobre la encimera.
—He visto a Alejandro.
El cuchillo se detuvo.
Solo un segundo.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Fuera.
Alicia miró hacia las puertas del balcón.
—¿Fuera dónde?
—Aquí.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con aquí?
—Delante del edificio.
Alicia lo miró fijamente.
—¿Por qué?
—Al parecer había quedado con alguien.
Dejó el cuchillo.
—Vale.
James la miró.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No vive por aquí.
—No sé dónde vive.
—Él mismo me ha dicho que no.
Alicia frunció el ceño.
—¿Se lo has preguntado?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque uno de tus pacientes estaba delante de nuestra casa.
—Podría conocer a alguien que viva por aquí.
—Podría.
Alicia estudió su cara.
—¿Qué ha pasado?
James dudó.
—Ha insinuado que estaba aquí para ver a alguien que yo conocía.
—¿Qué?
—Sus palabras exactas han sido: «Creo que ya sabes la respuesta».
Alicia lo miró.
Después negó con la cabeza.
—No.
—¿No qué?
—Él no diría eso.
Algo cambió dentro de James.
—Pues lo ha dicho.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Esperaba que tú pudieras explicármelo.
La expresión de Alicia cambió de inmediato.
—¿Perdona?
James la miró.
—¿Me estás diciendo que no tienes ni idea de por qué estaría delante de nuestro edificio?
—Ninguna.
—¿Ni de por qué diría algo así?
—No.
James guardó silencio.
Alicia cruzó los brazos.
—James, no ha pasado nada.
—No he dicho que haya pasado.
—No hacía falta.
Él apartó la mirada.
Aquello fue respuesta suficiente.
Alicia lo miró.
—¿De verdad crees que he hecho algo con él?
—No.
—¿Entonces qué?
—No lo sé.
—Exacto.
Volvió a coger el cuchillo.
—Esto es ridículo.
—Sé lo que ha dicho.
—Y yo te estoy diciendo que no tiene ningún sentido.
—Quizá ese sea el objetivo.
Alicia lo miró.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
Durante unos instantes ninguno habló.
Entonces Alicia negó con la cabeza.
—Es mi paciente, James.
—Lo sé.
—No ha pasado nada.
—Lo sé.
—Y no va a pasar nada.
James la miró.
—Lo sé.
Pero esta vez las palabras sonaron distintas.
Alicia también lo oyó.
Volvió a mirar la tabla de cortar.
—Entonces deja de mirarme así.
James no respondió.
La cena fue normal.
O lo bastante parecida a la normalidad.
Theo habló de Clara.
Alicia hizo preguntas.
James abrió el vino.
Nadie mencionó a Alejandro.
Más tarde, Alicia fue a ducharse mientras James permanecía solo en el balcón.
La calle tenía el mismo aspecto de siempre.
Gente volviendo a casa.
Motos pasando.
Una pareja discutiendo en voz baja frente al edificio de enfrente.
Nada raro.
James apoyó las manos en la barandilla.
Alicia había parecido sinceramente confundida.
La conocía lo bastante bien para reconocerlo.
Veinte años.
Sabía cuándo estaba enfadada.
Cuándo ocultaba algo.
Cuándo tenía miedo.
Cuándo mentía.
Y no creía que hubiera mentido.
Aquello debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Porque si Alicia estaba diciendo la verdad, solo quedaba otra explicación.
Alejandro había querido que James pensara que no la estaba diciendo.
James miró hacia la acera donde había estado Alejandro.
Después hacia la esquina por la que había desaparecido.
No tenía ni idea de qué quería aquel hombre.
Pero empezaba a sospechar que no era terapia.