CAPÍTULO DIECINUEVE
El martes empezó antes de lo que a James le habría gustado.
A las siete y media ya estaba vestido, junto a la ventana de la habitación del hotel, con una taza de café que no pensaba terminarse.
Londres estaba gris.
No llovía exactamente.
Pero amenazaba con hacerlo.
Había cosas que nunca cambiaban.
El teléfono seguía sobre el escritorio, detrás de él.
Alicia le había escrito poco después de que se quedara dormido.
Ya en casa. Agotada. Me voy directa a dormir. Te quiero x
Lo había leído a las tres y diecisiete de la madrugada, después de despertarse sin motivo aparente.
Había estado a punto de contestar.
Después decidió no despertarla.
En lugar de eso, se quedó mirando el mensaje unos segundos antes de volver a dejar el teléfono.
Te quiero x.
Nada extraño.
No faltaba nada.
Y, sin embargo, seguía pensando en la conversación de la noche anterior.
Su voz había sonado distinta.
Distraída, quizá.
O cansada.
Probablemente cansada.
Su madre empezaba a necesitar cada vez más de ella, aunque no fuera consciente de ello.
Alicia trabajaba días enteros y después pasaba cada vez más tiempo comprobando que estuviera bien.
James sabía que estaba preocupada.
También sabía que Alicia tenía la costumbre de cargar sola con las preocupaciones hasta que pesaban demasiado.
Cogió el móvil.
Buenos días. Espero que hayas dormido bien. Llámame cuando te levantes x
Después cogió la chaqueta y se fue a la oficina.
Helen ya estaba allí cuando llegó.
Por supuesto.
Estaba sentada en un extremo de la mesa de la sala de reuniones, rodeada de papeles, con el portátil abierto y un café a su lado que parecía intacto.
—Sabes que faltan cuarenta minutos para la reunión, ¿no?
Helen levantó la vista.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Preparándome.
—¿Para algo que ya preparaste ayer?
Ella sonrió.
—He encontrado dos cosas que quería cambiar.
James dejó la bolsa del portátil sobre la mesa.
—Claro que sí.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que probablemente podrías hacer esta presentación dormida.
—Prefiero no poner a prueba la teoría.
James sonrió y acercó la silla de al lado.
—Enséñame.
Helen giró el portátil hacia él.
Durante los siguientes quince minutos repasaron juntos la presentación.
Los cambios eran mínimos.
Una cifra movida de sitio.
Un párrafo acortado.
Una diapositiva eliminada por completo.
Cuando terminaron, James estaba convencido de que la presentación era bastante mejor de lo necesario.
—Ya está.
Cerró el portátil.
—Terminada.
Helen lo miró.
—¿Terminada?
—Terminada.
—Creo que la diapositiva catorce…
—No.
Ella se rio.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—No necesito saberlo.
—Eres muy controlador.
—Te estoy protegiendo de ti misma.
Helen sonrió.
Después bajó la mirada.
El cambio fue sutil.
Tan sutil que James quizá no lo habría visto si no hubiera estado sentado justo a su lado.
—Haces eso mucho —dijo ella.
—¿El qué?
—Cuidarme.
James frunció el ceño.
—Soy tu jefe.
—Lo sé.
Hubo algo en su forma de decirlo que hizo que James se detuviera.
Helen cogió enseguida el café.
—Solo quiero decir que me has apoyado muchísimo. Más de lo que harían la mayoría de los socios.
James se recostó.
—Eres buena en lo que haces. Apoyarte tampoco supone ningún sacrificio.
Helen volvió a mirarlo.
Por un momento, James creyó que iba a decir algo más.
Pero simplemente sonrió.
—Gracias.
James asintió.
—Y ahora deja de cambiar la presentación.
—Sí, jefe.
El momento pasó.
A las nueve y media, la sala de reuniones estaba llena y James ya lo había olvidado.
La reunión fue bien.
Más que bien.
Helen respondió a dos preguntas sin mirar a James ni una sola vez.
Después, mientras todos recogían portátiles y libretas, James buscó su mirada desde el otro lado de la sala y le hizo un pequeño gesto con la cabeza.
Ella sonrió.
Satisfecha consigo misma.
Como debía estar.
Durante los dos años que llevaban trabajando juntos, James la había visto pasar poco a poco de ser alguien que apenas hablaba en las reuniones a alguien a quien los propios clientes empezaban a dirigirse directamente.
Todavía dudaba de sí misma.
Pero menos que antes.
James se sintió extrañamente orgulloso.
El móvil vibró en su bolsillo.
Alicia.
Lo sacó enseguida.
Buenos días. He dormido como un tronco. Mañana muy ocupada. ¿Hablamos luego? x
James sonrió.
Claro. Te quiero.
Se quedó mirando la pantalla.
Unos segundos después aparecieron los dos ticks azules.
Sin respuesta.
Guardó el móvil.
—¿Todo bien?
Levantó la vista.
Helen estaba a su lado.
—Sí.
Ella sonrió.
—¿Tu mujer?
—¿Quién si no?
Algo cambió en la expresión de Helen.
Apenas nada.
Y enseguida desapareció.
—Lleváis mucho tiempo juntos, ¿verdad?
—Veinte años.
—¡Vaya!
James se rio.
—Gracias por hacer que eso suene antiquísimo.
—No quería decirlo así.
—Claro que sí.
Helen sonrió.
—¿Siempre estuviste seguro?
James frunció el ceño.
—¿De qué?
—De ella.
La pregunta lo sorprendió.
Se lo pensó unos segundos.
—No.
Helen pareció sorprendida.
—¿No?
—Claro que no. Tenía veintitantos años y no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Ella se rio.
—¿Pero después sí?
James sonrió.
—Después, sí.
—¿Cómo lo supiste?
Pensó en Alicia.
En Londres.
En su primer piso.
En Theo.
En Barcelona.
En discusiones que habían olvidado y vacaciones de las que todavía hablaban.
Años malos.
Años buenos.
Años corrientes.
—No creo que hubiera un momento concreto.
Helen esperó.
—Simplemente llegó un punto en el que ya no podía imaginarme la vida sin ella.
Helen mantuvo la sonrisa.
Pero algo cambió en su expresión.
James no se dio cuenta.
Ya estaba mirando el teléfono otra vez.
A la hora de comer, Alicia todavía no había llamado.
James se dijo que no estaba esperando.
Tenía reuniones.
Correos.
Una comida con un cliente que habría evitado encantado.
Alicia no tenía ninguna obligación de llamarlo solo porque hubiera dicho que lo haría.
A las dos y cuarto le envió una fotografía de la lluvia al otro lado de la ventana.
¿Recuerdas por qué nos fuimos?
Ella contestó diez minutos después.
Recuerdo que me encantaba.
James sonrió.
Te encantaba quejarte.
También.
Esperó.
Nada más.
Normalmente, uno de los dos habría llamado.
Esta vez James volvió al trabajo.
La tarde desapareció entre reuniones.
Eran casi las seis cuando por fin cerró el portátil.
Helen seguía en su mesa.
—Sabes que puedes irte a casa.
—Tú también.
—Yo estoy en un hotel. No tengo demasiados incentivos.
Ella sonrió.
—¿Servicio de habitaciones?
—Exacto.
—No suena tan mal.
—Deja de tener gracia después de la centésima vez.
Helen dudó.
—Podríamos cenar juntos.
James levantó la vista.
—Si quieres —añadió rápidamente—. Así te ahorras otra noche cenando solo en la habitación.
La propuesta era amable.
James lo agradecía.
Pero solo pensar en otro restaurante, otra conversación, otras dos horas antes de poder cerrar por fin una puerta y dar el día por terminado lo agotaba.
—Gracias, pero creo que hoy voy a caer rendido.
—Claro.
—A partir de las seis ya no soy muy buena compañía.
Helen sonrió.
—Me he dado cuenta.
—Encantadora.
—Me lo has puesto muy fácil.
James se rio y cogió el móvil.
Nada de Alicia desde los mensajes sobre la lluvia.
La llamó.
Un tono.
Otro.
Buzón de voz.
James frunció el ceño.
Miró la hora.
Las siete en Barcelona.
Podía seguir con un paciente.
O con su madre.
O con Theo.
Guardó el teléfono.
—¿Todo bien? —preguntó Helen.
—Sí. Alicia seguramente sigue trabajando.
Helen asintió.
Durante un instante pareció querer decir algo.
Entonces:
—¿James?
Él levantó la vista.
—¿Qué?
Ella dudó.
—Nada.
James sonrió.
—Eso ha sonado mucho a algo.
Helen rio nerviosa.
—Puede esperar.
—Vale.
Cogió la bolsa del portátil.
—¿Mañana?
—Mañana.
James se dirigió hacia los ascensores.
El móvil vibró antes de que llegara.
Lo sacó.
Alicia.
Perdona. Acabo de ver que me habías llamado. ¿Puedo llamarte luego?
James se quedó mirando el mensaje.
Claro que podía.
No había nada extraño.
Nada remotamente preocupante.
Y, sin embargo, mientras se abrían las puertas del ascensor, se descubrió preguntándose qué estaría haciendo.
La idea lo sorprendió.
No porque sospechara nada.
No sospechaba.
Sino porque, en veinte años juntos, casi nunca se había preguntado dónde estaba Alicia.
Simplemente lo sabía.