CAPÍTULO DIECIOCHO
Cuando James llegó al hotel, eran casi las ocho.
Dejó la bolsa del portátil junto al escritorio, se aflojó la corbata y abrió las cortinas.
Londres se extendía bajo él entre cristal, tráfico y la luz gris del atardecer.
Durante años le había gustado alojarse en hoteles.
El silencio.
La cama recién hecha.
El baño enorme.
El servicio de habitaciones.
La ausencia temporal de responsabilidades.
Ahora, por lo general, solo conseguían que quisiera volver a casa.
Sacó el móvil.
Ningún mensaje de Alicia.
Miró la hora.
Probablemente estaría terminando de cenar.
Abrió la conversación.
Nada desde aquella mañana.
Escribió:
¿Qué tal el día?
Después lo borró.
Demasiado corriente.
Por fin en el hotel. ¿Todo bien? ¿Ya me echas de menos?
Sonrió y lo envió antes de poder arrepentirse.
El mensaje apareció como entregado.
James dejó el teléfono sobre la cama y abrió el portátil.
Treinta segundos después volvió a cogerlo.
Nada.
Se rio de sí mismo.
Veinte años juntos y, al parecer, todavía era capaz de comportarse como un adolescente.
Tenía diecisiete correos sin leer.
Contestó dos antes de volver a mirar el móvil.
Todavía nada.
Probablemente estaba con Theo.
O con su madre.
O terminando las notas de la consulta.
La vida de Alicia seguía su curso perfectamente cuando él no estaba.
Siempre le había gustado eso de ella.
Pero no impedía que quisiera que contestara.
Pidió algo al servicio de habitaciones y volvió a los documentos que Helen le había enviado antes.
Diez minutos después, el móvil se iluminó.
Perdona. Lo acabo de ver. Día largo. Pero todo bien. ¿Qué tal Londres?
James sonrió.
La llamó.
Alicia respondió después de varios tonos.
—Hola.
—Hola.
—¿Mal momento?
—No. Voy caminando a casa.
James oía el tráfico de fondo.
—¿Dónde estás?
—Acabo de salir de casa de mamá.
—¿A estas horas?
—Hoy estaba un poco más confundida. Me he quedado para dejar algunas cosas arregladas.
James frunció el ceño.
—¿Todo bien?
—Claro.
No había nada extraño en la respuesta.
Aun así, algo en su voz sonaba distinto.
Como si tuviera la cabeza en otra parte.
—¿Cansada?
—Un poco.
—Vete directa a casa.
—Eso hago.
—¿Lo prometes?
Alicia rio suavemente.
—Sí, James. Lo prometo.
Ahí estaba.
La calidez de siempre en su voz hizo que James sonriera.
—Bien.
Durante un momento ninguno habló.
James podía oír la ciudad a su alrededor.
Tráfico.
Voces.
El sonido lejano de una moto.
Se la imaginó caminando por el Eixample, probablemente cargando demasiado peso en el bolso y pensando ya en el día siguiente.
Deseó estar caminando a su lado.
Hablaron unos minutos más, hasta que Alicia llegó a casa.
—Come algo —le dijo James.
—Sí, papá .
—Y nada de quedarte trabajando hasta tarde.
—Sí, papá .
—Muy graciosa.
—Hablamos mañana.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
La llamada terminó.
James dejó el teléfono sobre la cama.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Había habido algo distinto.
No habría sabido decir qué.
Quizá nada.
Un paciente complicado.
Su madre.
Theo.
El trabajo.
Había cien explicaciones posibles.
Cogió el portátil.
Tenía un mensaje de Helen.
Perdona, una última cosa. ¿Puedes revisar la página 14? Creo que he usado las cifras antiguas.
James suspiró.
Sí. Las has usado. Ya lo arreglo yo. Vete a casa.
Aparecieron los tres puntos casi de inmediato.
Puedo hacerlo yo.
Helen. Vete a casa.
Unos segundos.
Vale. Jefe.
James sonrió.
Buenas noches.
Corrigió las cifras, cerró el portátil y miró la hora.
Las ocho y cuarenta y cinco.
La cena seguía sin llegar.
Volvió a coger el móvil y empezó a pasar fotografías.
La mayoría no tenían nada de especial.
Capturas de pantalla.
Recibos.
Fotos de documentos que había necesitado recordar.
Hasta que llegó al fin de semana.
Alicia en el Barrio Gótico.
Estaba bajo uno de aquellos estrechos arcos de piedra, con las gafas de sol sobre la cabeza y sonriendo a algo fuera de la imagen.
James recordaba haber hecho la foto.
Ella se había quejado inmediatamente.
Borra eso.
No lo había hecho.
Nunca lo hacía.
Veinte años.
A veces le costaba encajar aquella cifra con la mujer de la fotografía.
No porque no hubiera cambiado.
Claro que había cambiado.
Él también.
Pero había momentos en que Alicia se reía o se giraba hacia él inesperadamente y James todavía podía ver a aquella mujer de veintitantos años que había conocido en un pub de Londres.
El teléfono vibró.
Alicia.
Una fotografía.
Theo de pie delante de la nevera abierta.
Tu hijo afirma que no hay comida en casa.
James se rio.
Nuestro hijo cuando es encantador. Tuyo cuando se queja.
La respuesta llegó enseguida.
Evidentemente.
James sonrió.
Fuera lo que fuese que había percibido antes en su voz, había desaparecido.
Dejó el teléfono.