No Todo Es Real CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

James volvió el jueves por la tarde.

Al parecer, había sido exactamente tan emocionante como esperaba.

Es decir, nada.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó Alicia mientras él sacaba el portátil de la bolsa.

—Aburrido.

—¿Tan mal?

—Peor.

Ella sonrió.

—Pobrecito.

—Lo digo en serio.

James se aflojó la corbata y se dejó caer en una silla de la cocina.

—Reuniones. Más reuniones. Hotel. Más reuniones. Y avión.

—Suena terrible.

—Lo ha sido.

—¿Y turismo?

James se rio.

—¿Qué turismo?

—Estabas en Ginebra.

—Un solo día. Y vi el aeropuerto.

Alicia sonrió.

Normalmente, James volvía de sus viajes con alguna historia.

Algo divertido que había ocurrido.

Un cliente difícil.

Un hotel horrible.

Algún famoso que había visto en el aeropuerto.

Esta vez parecía tener pocas ganas de hablar del viaje.

No daba la impresión de estar ocultando nada.

Solo estaba cansado.

Como si se hubiera pasado toda la semana hablando y ya no le apeteciera seguir haciéndolo.

Alicia no le dio mayor importancia.

Todo el mundo tenía derecho a tener una semana aburrida.

A la tarde siguiente, llegó a casa y encontró a James esperándola en la cocina.

—No hagas planes.

Alicia levantó la vista.

—No sabía que tuviera ninguno.

—Perfecto.

—¿Por qué?

James sonrió.

—Porque ya los he hecho yo.

Alicia entrecerró los ojos, desconfiada.

—¿Debería preocuparme?

—Probablemente.

—James.

Él se rio.

—Tenemos una reserva.

—¿Una reserva?

—En tu restaurante favorito.

Alicia parpadeó.

—Hace siglos que no vamos.

—Lo sé.

Durante unos segundos se limitó a mirarlo.

Después sonrió.

Una sonrisa de verdad.

De esas que aparecen cuando uno no se las espera.

James se dio cuenta.

—Ahí está.

—¿El qué?

—Esa sonrisa.

—Eres idiota.

—Lo sé.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Y Theo?

Como si hubiera estado esperando su momento, Theo apareció por el pasillo.

—Esta noche duermo en casa de Marc.

James lo señaló.

—Por una vez, has elegido el momento perfecto.

Theo los miró a los dos.

Y lo entendió al instante.

—Dios…

—Esa boca.

—Sois imposibles.

James sonrió.

—Que pases una buena noche.

—Por favor, deja de hablar.

El restaurante estaba en una calle tranquila, a pocos minutos de casa.

Llevaban años yendo.

No muy a menudo.

Pero sí lo suficiente para que el dueño los reconociera y recordara que James siempre pedía el mismo entrante.

La carta apenas había cambiado.

A ninguno de los dos parecía importarle.

Llegó una botella de vino.

Después la cena.

Y después otra copa que ninguno de los dos necesitaba.

Por primera vez en semanas, Alicia sintió que se relajaba de verdad.

No pensó en mensajes.

Ni en Helen.

Ni en viajes de trabajo.

Ni en nada más.

Solo en James.

La conversación saltaba de un tema a otro con facilidad.

Theo.

Su madre.

El trabajo.

Las vacaciones que llevaban meses diciendo que tenían que reservar.

En un momento dado, James alargó la mano sobre la mesa y cogió la suya.

El gesto la sorprendió.

No porque fuera extraño.

Todo lo contrario.

Era familiar.

Cómodo.

Uno de esos gestos que, después de tantos años, ya no necesitaban pensarse.

Mirándolo al otro lado de la mesa, a Alicia le costaba recordar por qué había llegado a preocuparse.

Después de cenar volvieron andando a casa por el Eixample.

La noche era cálida.

Las terrazas seguían llenas.

De las puertas abiertas de los bares salían voces y risas.

La ciudad parecía moverse más despacio al caer la noche.

James entrelazó los dedos con los suyos.

Durante un rato ninguno de los dos habló.

No hacía falta.

Había silencios cómodos.

Aquel era uno de ellos.

Al llegar a casa, James insistió en preparar caipiriñas.

Se sentaron en el balcón mientras la ciudad se calmaba a su alrededor y el aire cálido de la noche arrastraba el rumor lejano del tráfico de la avenida.

Una copa se convirtió en dos.

Hablaron de cuánto habían cambiado sus vidas en los veinte años que llevaban juntos.

James se rio al recordar la primera vez que la había visto en aquel pub abarrotado de Londres, una noche de lluvia.

—Parecías completamente perdida.

—No estaba perdida —dijo Alicia.

—Estabas en medio del local con cara de querer estar en cualquier otro sitio.

—Eso es diferente.

James sonrió detrás del vaso.

—Y aun así me sonreíste.

—Solo porque tú parecías todavía más nervioso que yo.

James se rio.

—Estaba intentando pensar en algo inteligente que decir.

—Me preguntaste si la silla de al lado estaba libre.

—Funcionó.

—Funcionó.

—Recuerdo que pensé que estabas fuera de mi liga.

Alicia se rio.

—Eso no lo pensaste ni de broma.

—Sí.

—Mentiroso.

—Veinte años después y sigues sin creerme.

Alicia negó con la cabeza, sonriendo.

Después empezaron a hablar de Londres.

Del piso diminuto que apenas podían permitirse.

De los trabajos que entonces les habían parecido tan importantes.

De amigos con los que todavía hablaban y de otros en los que llevaban años sin pensar.

De algún modo, habían pasado dos décadas entre aquella vida y esta.

La noche se alargó sin que ninguno de los dos tuviera prisa por terminarla.

Al final entraron dentro de casa.

Lo que empezó con un beso largo en la cocina acabó convirtiéndose en algo más.

Sin prisas.

Sin necesidad de impresionar al otro ni de fingir nada.

Solo la intimidad de dos personas que llevaban veinte años conociéndose.

Alicia todavía sabía exactamente cómo hacerlo sonreír.

James seguía sabiendo cómo conseguir que se olvidara de todo lo demás.

Solo existían el calor de su piel, la seguridad de sus brazos alrededor de ella y la reconfortante certeza de que, a pesar de todo lo que la vida les había puesto por delante, aquella parte de ellos seguía intacta.

Más tarde, Alicia descansaba con la cabeza apoyada en el pecho de James, escuchando el ritmo familiar de su corazón.

Él tenía un brazo alrededor de sus hombros y dibujaba distraídamente pequeños círculos sobre su piel con los dedos.

Durante un rato ninguno de los dos habló.

La ciudad murmuraba al otro lado de las puertas del balcón.

Alicia se sentía relajada, querida y, de repente, profundamente agradecida por la vida que habían construido juntos.

Por primera vez en semanas, estaba completamente en paz.

Aquella noche durmió mejor que en mucho tiempo.

El sábado llegó sin prisas.

Café.

Desayuno.

Lavadoras.

Una de esas rutinas corrientes de fin de semana que devolvían cierta normalidad a sus vidas.

Theo regresó de casa de Marc poco antes de comer con aspecto de no haber probado bocado en varios días.

James se fue al Mercat de la Concepció a comprar pescado fresco.

Alicia aprovechó aquella hora de tranquilidad para enfrentarse a la montaña de ropa acumulada.

Llevaba unas prendas hacia el dormitorio cuando vio la maleta de James junto al armario.

Todavía a medio deshacer.

Típico.

Sonrió.

Después abrió la cremallera.

Una camisa.

Un cargador.

Varios recibos.

Los restos habituales de cualquier viaje.

Metió la mano en el bolsillo lateral buscando el resguardo de la tintorería que James había mencionado antes.

En su lugar encontró dos entradas.

Dobladas juntas.

A primera vista, nada extraño.

Alicia estuvo a punto de volver a guardarlas.

Entonces bajó la mirada.

Y se detuvo.

Un museo.

Ginebra.

Martes por la tarde.

Dos entradas.

Durante unos segundos se limitó a mirarlas.

La casa permanecía en silencio a su alrededor.

Un compañero de trabajo, pensó enseguida.

Un cliente.

Algún contacto profesional.

Perfectamente razonable.

Estuvo a punto de reírse de sí misma.

Otra vez lo mismo.

Buscando significados donde probablemente no los había.

Volvió a mirar las entradas.

Martes por la tarde.

James le había dicho que había pasado prácticamente todo el día reunido.

Quizá fuera verdad.

Quizá las reuniones hubieran terminado antes.

Quizá alguien hubiera propuesto visitar un museo después.

Las explicaciones aparecieron con facilidad.

Una tras otra.

Pero había algo en aquellas entradas que la inquietaba.

No por lo que demostraban.

Porque no demostraban nada.

Era lo que faltaba.

James no había mencionado ningún museo.

Ni que hubiera tenido tiempo libre.

Ni que hubiera pasado parte de la tarde en ningún lugar que no fuera una sala de reuniones o un aeropuerto.

—¿Alicia?

La voz de James llegó desde el salón.

Alicia bajó la mirada hacia las entradas.

Dos simples trozos de papel.

Nada más.

—¿Lo encuentras?

Durante un instante no se movió.

Después volvió a meter las entradas en el bolsillo.

Exactamente donde las había encontrado.

—Todavía estoy buscando.

Cerró la maleta.

—Ya voy.

Pero durante el resto de la tarde no consiguió dejar de pensar en las entradas.

No porque demostraran nada.

No lo hacían.

James le había hablado de Ginebra.

De las reuniones.

Del hotel.

Del aeropuerto.

Y, de algún modo, se había olvidado del museo.