No Todo Es Real CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

James se marchó a Ginebra temprano el lunes por la mañana.

No exageradamente temprano. No hizo falta poner el despertador a las cinco. Solo lo suficiente para que el piso siguiera medio dormido mientras él iba de una habitación a otra con la eficacia de quien había dejado la maleta preparada la noche anterior.

Esta vez Alicia no salió al balcón para verlo marcharse.

Lo besó en la puerta, le recordó que le escribiera al aterrizar y volvió a la cocina antes incluso de que llegara el ascensor.

No había ningún motivo para quedarse mirando.

Ningún motivo para preguntarse quién podía escribirle desde el asiento trasero de un taxi.

Ningún motivo para convertir un viaje de trabajo normal en algo que no era.

Especialmente después del viernes por la noche.

Especialmente después del mensaje de Helen.

Cuando apareció Theo, descalzo y medio dormido, Alicia ya se había terminado un café y se estaba planteando preparar otro.

—¿Papá ya se ha ido?

—A Ginebra.

Theo abrió la nevera, examinó su interior como si esperara que el desayuno apareciera por arte de magia y volvió a cerrarla.

—¿Y después Londres?

—Sí.

—¿Vuelve el viernes?

—El jueves por la noche, en principio.

Theo asintió.

A sus catorce años, los viajes de su padre solo le interesaban por cómo afectaban a las cenas, quién tenía que llevarlo de un sitio a otro y cuánto podía retrasar la hora de irse a la cama.

—¿Clara va a volver esta semana? —preguntó Alicia.

Theo la miró.

Demasiado rápido.

—No.

—Vale.

—Bueno, quizá. No lo sé.

Alicia sonrió detrás de la taza.

—No te he pedido una declaración jurada.

Theo cogió el pan.

—Preguntas todo como una psicóloga.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

Metió dos rebanadas en la tostadora y se apoyó en la encimera. En algún momento, sin que Alicia supiera muy bien cuándo, se había vuelto muchísimo más alto.

—Haces una pregunta normal y después te quedas ahí esperando.

—Eso se llama escuchar.

—Eso se llama poner nerviosa a la gente.

Alicia se rio.

—Tomo nota.

Las tostadas saltaron.

Durante unos minutos, la mañana recuperó su ritmo habitual.

Café.

Tostadas.

Mochila.

Theo buscando una libreta que insistía en haber dejado «justo ahí», pese a que todas las pruebas indicaban lo contrario.

A las ocho y media, él también se había marchado.

El piso quedó en silencio.

Alicia permaneció unos segundos en la cocina, escuchando aquel silencio.

Después cogió el bolso y se fue a trabajar.

El lunes pasó rápido.

Su primera paciente fue Martina, una estudiante universitaria que llevaba un par de años acudiendo a consulta.

Martina tenía tendencia a reaccionar demasiado rápido ante lo que ocurría en su vida, darle mil vueltas a todo y tomar decisiones drásticas antes de darse tiempo para asimilar las cosas.

Esta vez había suspendido un examen por primera vez en su vida y se había pasado el fin de semana buscando carreras alternativas.

—Entonces, como has suspendido un examen, ¿has decidido que te has equivocado de vocación?

—Dicho así suena un poco dramático.

—¿Y cómo lo dirías tú?

Martina se lo pensó.

—Estoy reevaluando mis opciones.

Alicia sonrió.

—Claro.

Al terminar la sesión, Martina había aceptado no abandonar una carrera de cuatro años antes siquiera de conocer las notas del resto de las asignaturas.

Su siguiente paciente tenía un problema muy distinto.

Sergio tenía cuarenta y seis años, estaba casado, tenía tres hijos y vivía permanentemente agotado.

—Quiero un fin de semana en el que nadie necesite nada de mí.

—¿Nadie?

—Nadie.

—¿Tu mujer?

—No.

—¿Tus hijos?

—Especialmente mis hijos.

Alicia se rio.

Sergio también.

—Los quiero mucho—dijo—. Pero necesito pasar cuarenta y ocho horas sin oír la palabra papá.

—Eso parece más un problema de agotamiento que un problema familiar.

—¿Puedes escribirlo y dárselo a mi mujer?

—No hago recetas para fines de semana fuera de casa.

—Deberías.

El resto del día siguió más o menos igual.

Personas distintas. Problemas distintos. Ansiedad por el trabajo. Padres complicados. Relaciones que necesitaban arreglarse y otras que quizá necesitaban terminar.

Cuando Alicia cerró la consulta aquella tarde, James le había enviado dos mensajes desde Ginebra y Theo le había informado de que no había absolutamente nada en la nevera, algo que Alicia sabía que era objetivamente falso.

Había sido, a todos los efectos, un lunes completamente normal.

El martes amaneció cálido y luminoso.

A media mañana, la consulta tenía el murmullo habitual. Voces en la sala de espera. Puertas que se cerraban con suavidad. El rumor lejano del tráfico que entraba por los ventanales del balcón.

La sesión de las diez terminó un poco antes.

Alicia tenía quince minutos antes de que llegara Alejandro Navarro.

Tiempo suficiente para escribir las notas.

Tiempo suficiente para beber agua.

Tiempo suficiente para no pensar en que ya se había fijado dos veces aquella mañana en su nombre en la agenda.

Abrió su ficha.

Segunda sesión.

Arquitecto.

Treinta y nueve años.

¿Divorciado? Sin confirmar.

Una hija.

Motivo de consulta: pérdida de identidad, desconexión emocional, dificultad para reconocerse dentro de su vida actual.

Alicia repasó las notas que había escrito después de la primera sesión.

Tranquilo. Elocuente. Reflexivo. Reservado, pero dispuesto a abrirse cuando se le daba espacio..

Correcto.

Profesional.

Nada fuera de lo normal.

A las once en punto llamaron a la puerta.

—Adelante.

Alejandro entró con una sonrisa de disculpa.

—Creo que llego puntual.

—Llegas puntual.

—He pensado en llegar dos minutos tarde para parecer más relajado, pero me ha parecido demasiado evidente.

Alicia sonrió sin poder evitarlo.

—Muy estratégico.

—Soy arquitecto. Le damos demasiada importancia a las entradas.

Alicia se rio.

Alejandro se sentó en el sillón frente a ella y se acomodó.

Ese día llevaba una camisa azul claro con las mangas cuidadosamente remangadas. Parecía algo menos arreglado que la semana anterior y, de algún modo, eso le daba un aire más cercano.

Alicia se fijó.

Y enseguida se dio cuenta de que se había fijado.

—¿Qué tal la semana? —preguntó.

Alejandro se recostó en el sillón.

—Extraña.

—¿En qué sentido?

—Me he pasado buena parte de la semana pensando en lo que dije aquí.

—Puede pasar después de una primera sesión.

—Lo he odiado.

Alicia sonrió.

—¿Pensar?

—Que fuera tan acertado.

Ella esperó.

Alejandro miró hacia los ventanales del balcón mientras ordenaba sus pensamientos.

—Dije que sentía que estaba interpretando una versión de mí mismo.

—Sí.

—Y después llegué a casa y me di cuenta de que lo hago en todas partes.

—¿Con quién?

—Con mis clientes. En el colegio de mi hija. Con mis amigos. Con mi exmujer.

Hizo una pausa.

—Sobre todo con mi exmujer.

Alicia tomó una breve nota.

—La semana pasada no hablaste de ella.

—Fue intencionado.

—¿Por qué?

—Porque, si empiezo a hablar de ella, parezco el típico divorciado convencido de que él es la víctima.

—¿Y lo eres?

Alejandro la miró.

Durante un instante pareció divertido.

Después, la expresión desapareció.

—A veces.

La sinceridad de la respuesta la sorprendió.

No porque los pacientes mintieran.

La mayoría no lo hacía.

Pero las personas solían ordenar un poco la verdad antes de contarla.

Alejandro parecía sentir cierta aversión a presentarla demasiado bien empaquetada.

O quizá simplemente se le daba mejor que a otros fingir que no lo hacía.

—¿Qué pasó? —preguntó Alicia.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Nada dramático. Ninguna gran traición. Ningún secreto terrible.

—Casi parece decepcionante.

Él sonrió.

—Lo fue, en realidad.

Después bajó la mirada hacia las manos.

—Simplemente empezamos a ser educados el uno con el otro.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Alicia no dijo nada.

—Ser educado es peor que estar enfadado —continuó—. Si hay enfado, al menos significa que todavía queda algo vivo. La educación llega cuando los dos ya se han ido y solo están esperando a que uno de ellos lo diga en voz alta.

Ahí estaba otra vez.

Esa forma de expresar las cosas con una precisión casi incómoda.

Como si llevara mucho tiempo dándoles vueltas hasta encontrar exactamente las palabras que necesitaba.

Alicia notó que prestaba más atención.

No de una forma visible.

Era algo interno.

Un pequeño cambio.

Una intensidad distinta.

Siempre le habían gustado los pacientes capaces de encontrarse con ella a mitad de camino. No porque fueran fáciles, exactamente, sino porque el trabajo avanzaba de otra manera. Había que excavar menos. Derribar menos defensas antes de llegar a algo verdadero.

Aun así, gustar no era la palabra que habría utilizado normalmente.

Interés, quizá.

Implicación.

Curiosidad profesional.

Nada más.

—¿Fuiste tú quien se marchó? —preguntó.

—Al final, sí.

—¿O fue ella?

Alejandro sonrió ligeramente.

—Esa es una pregunta mejor.

—¿Lo es?

—Es la pregunta que llevo evitando todo este tiempo.

Alicia esperó.

En la calle, una furgoneta de reparto empezó a dar marcha atrás. El pitido llegó hasta la consulta y después desapareció.

—Ella decía que yo me había marchado años antes de irme de casa.

—¿Y era verdad?

—Sí.

Sin dudar.

Sin ponerse a la defensiva.

Solo la respuesta.

Alicia dejó de escribir.

—¿Qué hizo que te marcharas?

Alejandro la miró entonces.

De verdad.

No con intensidad.

Ni de una forma inapropiada.

Simplemente a los ojos.

—No lo sé.

Por primera vez desde que había entrado, parecía menos seguro.

—Creo que por eso estoy aquí.

La habitación quedó completamente en silencio.

Alicia fue consciente de la luz sobre el suelo.

Del suave tictac del reloj.

Del ligero aroma de su colonia, tan discreto que solo lo percibió cuando Alejandro cambió de postura.

Bajó la mirada hacia la libreta.

Los límites profesionales se construían precisamente en momentos como aquel.

En pequeños instantes.

A menudo invisibles para los demás.

Un pensamiento del que uno tomaba conciencia.

Una reacción que decidía contener.

Un límite que no debía traspasarse.

Cuando volvió a mirarlo, su voz sonó firme.

—Entonces quizá deberíamos empezar por ahí.

Alejandro asintió lentamente.

—Sí —dijo—. Quizá.

La sesión terminó exactamente a las once y cincuenta.

Alejandro se levantó, le dio las gracias y pidió otra cita para la semana siguiente antes de marcharse.

Nada extraño.

Nada inapropiado.

Nada que Alicia no hubiera podido contarle a un supervisor sin sentirse incómoda.

Y, sin embargo, cuando la puerta se cerró tras él, permaneció sentada durante unos segundos.

La verdad era que había disfrutado de la sesión.

Esa era la palabra.

Disfrutado.

No de una forma que significara nada.

Ni de una forma que tuviera importancia.

Aun así, la palabra la incomodaba.

Alicia abrió su ficha y empezó a escribir.

El lenguaje clínico ayudaba.

Desconexión emocional.

Alteración de la identidad.

Adaptación tras el divorcio.

Buena capacidad de introspección.

Buena expresión verbal.

Posibles tendencias evitativas.

Todo cierto.

Todo profesional.

Todo perfectamente encajado dentro de los límites de una sesión clínica.

Cuando terminó, cerró la ficha y se preparó para su siguiente paciente.

Pero más tarde, entre una cita y otra, volvió a recordar aquella frase.

Simplemente empezamos a ser educados el uno con el otro.

Y, por razones que prefería no analizar demasiado, Alicia pensó en James.