CAPÍTULO SIETE
Durante unos segundos, Alicia se quedó mirando la pantalla iluminada.
El mensaje seguía allí, brillando en la oscuridad.
Esperando.
A su lado, James dormía profundamente.
Solo tenía que mirar.
Nada más.
Un vistazo y podría olvidarse de aquella idea absurda de una vez por todas.
O confirmarla.
La sola idea la incomodaba.
Veinte años.
Veinte años juntos y jamás había mirado su teléfono.
Ni cuando viajaba.
Ni cuando trabajaba hasta tarde.
Ni cuando recibía llamadas de compañeras de trabajo.
Nunca.
Porque se suponía que la confianza significaba algo.
Alicia bajó la mirada.
Después volvió a mirar la pantalla.
El mensaje seguía allí.
Pensó en la sonrisa frente al edificio.
En los mensajes.
En la sensación de que algo había cambiado.
Era ridículo.
Completamente ridículo.
Nunca había sido celosa.
Y, sin embargo...
Lentamente, alargó la mano hacia la mesita.
Un segundo después estaba leyendo el mensaje.
Era de una compañera de trabajo.
Helen.
Presentación terminada y enviada a tu correo. Todo listo para el lunes.
Nada personal.
Nada secreto.
Nada.
Alicia se quedó mirando la pantalla unos segundos más.
Después dejó el teléfono exactamente donde estaba.
A su lado, James dormía.
Sin enterarse de nada.
La vergüenza la invadió de golpe.
Y, casi de inmediato, llegó la culpa.
Había querido encontrar alguna prueba de que sus sospechas tenían fundamento.
En lugar de eso, no había encontrado nada.
Y no estaba del todo segura de que le gustara lo que aquello decía de ella.
A la mañana siguiente todo parecía más ligero.
James ya estaba despierto cuando Alicia entró en la cocina.
La cafetera estaba en marcha.
Las puertas del balcón estaban abiertas.
El aire cálido de la calle entraba en el piso.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Alicia le dio un beso.
Sin vacilar.
Sin incomodidad.
Con la naturalidad de siempre.
Esa naturalidad que se construye a lo largo de los años.
Por primera vez en toda la semana, las sospechas empezaron a perder fuerza.
Quizá de verdad se lo había imaginado todo.
El sábado transcurrió sin grandes acontecimientos.
Pasearon por el barrio.
Pararon a tomar un café.
Compraron cosas que probablemente no necesitaban.
Uno de esos fines de semana tranquilos que tanto le gustaban a Alicia.
Theo pasó buena parte del día pegado al móvil.
Algo que, según él, no tenía absolutamente nada que ver con Clara.
El domingo por la tarde, Theo apareció en el salón con una libreta en la mano.
Intentaba parecer despreocupado.
Demasiado.
Alicia se dio cuenta al instante.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Te importa si Clara viene luego?
Alicia levantó la vista del libro.
—¿Clara?
Theo suspiró.
—Tenemos que terminar el trabajo.
—Claro que sí.
—Mamá.
—¿Qué?
Desde el otro extremo del sofá, James bajó el periódico.
Intentaba no sonreír.
Sin demasiado éxito.
Theo los señaló a los dos.
—Esto. Exactamente esto.
—No hemos dicho nada —respondió James.
—No hace falta.
Alicia sonrió.
—Claro que puede venir.
A las cinco sonó el timbre.
Theo llegó a la puerta antes de que ninguno de los dos pudiera levantarse.
Alicia intercambió una mirada con James.
Ninguno dijo nada.
No hacía falta.
Unos instantes después, Theo volvió acompañado de una chica con una mochila.
—Hola —dijo ella educadamente.
—Hola.
Clara le tendió la mano.
Alicia la miró sorprendida y después se rio.
—Hace años que nadie me da la mano para saludarme.
Clara sonrió.
—Perdón.
—No, me gusta.
Era guapa de una forma natural.
Segura de sí misma.
Educada
Nada que ver con la peligrosa influencia que Alicia había imaginado en broma.
James se levantó.
—Encantado, Clara.
—Igualmente.
Theo parecía horrorizado con toda la situación.
—¿Podemos irnos ya?
—Por supuesto —respondió Alicia.
Los dos adolescentes desaparecieron por el pasillo.
Un instante después se oyó cerrarse la puerta de una habitación.
—Puerta abierta —gritó James.
—¡Papá!
—Puerta abierta.
Unos segundos después se oyó abrirse de nuevo.
Y después, silencio.
James volvió al sofá.
—Es encantadora.
Alicia sonrió.
—Lo sé.
—Mmm.
Ella lo miró.
—¿Qué?
James negó con la cabeza.
—Nada.
—James.
—Es que no estoy preparado.
Alicia se rio.
—Tiene catorce años.
—Exacto.
—Es más o menos a esta edad cuando empiezan estas cosas.
—Prefería el baloncesto.
Alicia volvió a reír.
—El baloncesto sigue ahí.
—Ya veremos por cuánto tiempo.
Durante unos instantes permanecieron en silencio.
La luz de la tarde se extendía por el suelo.
Desde la habitación de Theo llegaban de vez en cuando voces y risas.
Alicia se acomodó en el sofá.
De pronto, aquella semana parecía muy lejana.
El mensaje.
Las sospechas.
La culpa.
Todo.
James buscó su mano sin apartar la vista del periódico.
Fue un gesto automático.
De esos que nacen después de veinte años juntos.
Alicia le apretó suavemente los dedos.
Quizá de verdad se lo había imaginado todo.