CAPÍTULO SEIS
Para el viernes por la tarde, Alicia casi había dejado de pensar en los mensajes.
Casi.
La semana había transcurrido con el ritmo habitual. Pacientes. Informes. Café. Mensajes con James entre reuniones y vuelos.
Nada extraño.
Nada sospechoso.
Y, aun así, la idea seguía ahí.
No todo el tiempo.
Ni siquiera todos los días.
Solo lo suficiente para irritarla.
Como una canción que no conseguía quitarse de la cabeza.
A la una quedó para comer con su amiga Cristina en un pequeño restaurante cerca del Arc de Triomf.
Se conocían desde la universidad.
A esas alturas, las formalidades estaban de más.
Cristina llegó diez minutos tarde, culpó al tráfico y, nada más sentarse, le robó un trozo de pan.
—Me lo estaba comiendo.
—No es verdad.
—Sí.
—Estabas pensando en comértelo.
Alicia sonrió.
Había amistades que nunca cambiaban.
Durante un rato hablaron de trabajo.
Del puesto de Cristina.
De amigos en común.
De una antigua compañera de universidad que, al parecer, había dejado a su marido, se había mudado a Menorca y había abierto un centro de yoga.
A ninguna de las dos le sorprendió demasiado.
Finalmente, Cristina bebió un sorbo de vino.
—¿Qué tal James?
La pregunta fue tan casual que Alicia estuvo a punto de responder sin pensar.
—Bien.
—¿Sigue viajando?
—¿Cuándo no?
Cristina se rio.
—No sé cómo lo has aguantado tantos años.
Alicia se encogió de hombros.
—Te acostumbras.
—¿Sí?
Alicia bajó la mirada hacia el menú.
—Después de tantos años, sí.
Cristina la observó durante unos segundos.
Después cambió de tema.
Alicia se lo agradeció.
Porque, para su sorpresa, había estado a punto de contarle lo de los mensajes.
La sonrisa.
Aquella sensación que no conseguía explicar.
Y solo de pensarlo le pareció ridículo.
No había nada que contar.
No había pasado nada.
De vuelta en la consulta, su última cita de la tarde se canceló a última hora.
Alicia aprovechó el hueco inesperado para ponerse al día con el trabajo atrasado.
Al abrir la agenda, vio una cita nueva.
Alejandro Navarro.
El martes siguiente.
Segunda sesión.
Se quedó mirándola un instante.
Después frunció el ceño, molesta consigo misma.
No tenía nada de extraño que un paciente pidiera otra cita.
De hecho, ese era el objetivo.
Aun así, volvió a recordar la conversación.
Siento que me paso la vida interpretando el papel que todos esperan de mí.
La frase se le había quedado grabada.
Quizá porque era algo que mucha gente sentía pero pocos sabían expresar.
O quizá porque Alejandro le había parecido especialmente sincero.
Fuera cual fuera la razón, cerró la agenda y volvió a sus notas.
Solo entonces se dio cuenta de que estaba sonriendo.
James llegó a casa poco después de las ocho.
Alicia oyó abrirse la puerta mientras ponía los platos en la mesa.
Un instante después apareció James en el recibidor, arrastrando la maleta.
Theo fue el primero en llegar hasta él.
—¡Papá!
James sonrió.
—Hola a ti también.
El abrazo duró aproximadamente medio segundo, hasta que Theo recordó que tenía catorce años.
Se apartó enseguida.
Alicia sonrió y James se acercó para besarla.
La cena fue tranquila.
Cómoda.
Una de esas noches que habían compartido cientos de veces.
James habló de vuelos retrasados.
Theo, de los exámenes.
Alicia escuchaba.
A veces hacía preguntas.
Otras, simplemente disfrutaba de volver a tenerlos a todos juntos.
En un momento dado, Theo mencionó a Clara.
Solo de pasada.
Algo sobre un trabajo de matemáticas.
Pero Alicia vio la sonrisa que apareció justo antes de pronunciar su nombre.
James también.
La mirada que intercambiaron no duró ni un segundo.
Los padres siempre lo sabían.
Theo se dio cuenta al instante.
—Por favor...
Alicia se rio.
—No hemos dicho nada.
—No hace falta.
Más tarde, cuando Theo ya se había encerrado en su habitación, Alicia y James recogieron juntos la cocina.
Una rutina tan habitual que ninguno de los dos tenía que pensar en lo que hacía.
—¿Qué tal tu madre? —preguntó James.
—Bien.
Alicia dudó.
—Más o menos.
James asintió.
Lo entendió enseguida.
No hacía falta explicar nada más.
La conversación pasó a otros temas.
Los planes para el fin de semana.
La compra.
La posibilidad de convencer a Theo de que pasara al menos una tarde al aire libre.
Nada destacable.
Nada que justificara las sospechas que Alicia llevaba toda la semana intentando apartar.
Más bien al contrario.
James parecía el de siempre.
Atento.
Relajado.
Contento de estar en casa.
Cuando se fueron a dormir, Alicia casi se avergonzaba de lo que había llegado a pensar.
James se quedó dormido en cuestión de minutos.
Tantos años de aeropuertos y hoteles le habían dado la capacidad de dormir prácticamente en cualquier sitio.
Alicia permaneció apoyada contra el cabecero, con un libro sobre las piernas.
El piso estaba en silencio.
Al otro lado de las puertas del balcón, solo llegaban los sonidos apagados de la ciudad.
Una conversación lejana.
Una moto en algún lugar de la calle.
El rumor ocasional del tráfico.
Pasó una página.
Después otra.
A su lado, James dormía tranquilamente.
Alicia miró el reloj.
Casi medianoche.
Estaba a punto de apagar la luz cuando una vibración rompió el silencio.
El móvil de James.
La pantalla se iluminó unos segundos sobre la mesita de noche.
Un mensaje.
Alicia fijó la vista en el teléfono.
Después miró a James.
De pronto, la habitación pareció quedarse completamente inmóvil.
Nunca había mirado el móvil de su marido.
Ni una sola vez.
La simple idea le parecía mal.
Una invasión de su intimidad.
Y, sin embargo, no podía apartar los ojos de aquella pantalla iluminada.
Alicia bajó la mirada hacia el libro.
Pero ya no estaba leyendo.
Por primera vez en veinte años, sintió la tentación de mirar.