CAPÍTULO CINCO
El piso siempre parecía más grande cuando James no estaba.
No exactamente vacío.
Solo más tranquilo.
Las rutinas de la mañana seguían siendo las mismas. Café. Desayuno. Theo encerrado en el baño mucho más tiempo del que parecía razonable. Pero sin James yendo de una habitación a otra, revisando correos y buscando cargadores desaparecidos cinco minutos antes de salir, el piso parecía respirar.
Alicia estaba sirviéndose café cuando Theo apareció en la cocina.
Llevaba el pelo todavía húmedo de la ducha y un lado del polo del colegio por fuera del pantalón.
Alicia lo señaló.
—No.
Theo bajó la mirada.
—Se va a volver a salir.
—Pues te lo vuelves a meter.
Suspiró exageradamente.
—Qué opresión.
—Sobrevivirás.
—No sé yo.
Theo se dejó caer en una silla y cogió inmediatamente una tostada.
Durante unos minutos desayunaron en un silencio cómodo.
Su relación había cambiado bastante durante el último año.
De pequeño, Theo le contaba su vida entera, con todo lujo de detalles, sin necesidad de que ella preguntara. Cada amistad. Cada discusión. Cada partido de baloncesto.
Ahora la información llegaba con cuentagotas.
Como si fueran informes confidenciales.
A veces incompletos.
A veces con varios días de retraso.
—¿Hoy tienes baloncesto? —preguntó Alicia.
Theo asintió.
—Y después he quedado con Clara.
Alicia levantó la vista de la taza.
—¿Clara?
Theo se dio cuenta de su error al instante.
Solo fue una fracción de segundo.
Un pequeño titubeo.
Pero Alicia lo vio.
Después de tantos años observando a la gente, había cosas que resultaban difíciles de pasar por alto.
—¿Quién es Clara? —preguntó con naturalidad.
—Una chica del colegio.
Alicia arqueó una ceja.
—¿Una chica?
Theo puso los ojos en blanco.
—Sí. Una de las muchas chicas que van a mi colegio.
Alicia sonrió.
—Ah. Me quedo más tranquila.
—Es solo una compañera de clase.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo estabas pensando.
—No estaba pensando nada.
Theo la señaló con el dedo.
—Eso es mentira.
Alicia se rio.
—Vale. Tenía curiosidad.
Theo negó con la cabeza.
—Tenemos que hacer un trabajo juntos.
La explicación había llegado un poco tarde.
Y no resultaba demasiado convincente.
Pero Alicia decidió no insistir.
Los padres siempre se daban cuenta de esas cosas.
La conversación siguió por otros temas.
Los exámenes.
Los planes para el verano.
La posibilidad de unas vacaciones familiares si James conseguía quedarse en el mismo país durante más de tres días seguidos.
A las ocho y media, Theo desapareció por el pasillo para buscar la mochila.
Alicia lo vio marcharse.
Un año antes habría hecho otra pregunta.
Ahora sabía que era mejor no hacerlo.
Cuanto menos interés mostrara, más posibilidades había de que él acabara contándole algo por iniciativa propia.
Los adolescentes eran criaturas extrañas.
A las once, Alicia ya iba con retraso.
Las dos primeras sesiones se habían alargado un poco y un tercer paciente había llegado diez minutos antes de la hora.
La sala de espera estaba llena.
Había que rellenar la cafetera.
Y el aire acondicionado empezaba a perder la batalla contra el calor de junio.
En otras palabras, un miércoles bastante normal.
Al llegar la hora de comer, Alicia estaba deseando tener un rato de descanso.
Su último paciente de la mañana era nuevo.
Primera visita.
Alicia miró la ficha.
Alejandro Navarro.
Treinta y nueve años.
Arquitecto.
Nunca había hecho terapia.
Sin antecedentes psiquiátricos.
En el apartado sobre el motivo de la consulta solo había escrito una frase.
Ya no estoy seguro de reconocerme a mí mismo.
Alicia la leyó dos veces.
Entonces llamaron a la puerta y se levantó.
—Adelante.
El hombre que entró era exactamente como lo había imaginado y, al mismo tiempo, no se parecía en nada a lo que había imaginado.
Alto.
Bien vestido, sin resultar demasiado arreglado.
El pelo oscuro, con algunas canas en las sienes.
No era especialmente guapo.
Pero tenía algo.
Simplemente parecía uno de esos hombres que se sienten completamente cómodos consigo mismos.
—¿Alejandro?
Sonrió.
—El mismo.
Alicia señaló el sillón frente a ella.
—Toma asiento, por favor.
Alejandro se sentó.
A diferencia de la mayoría de los pacientes en su primera sesión, no parecía nervioso.
Tampoco empezó a explicar de inmediato qué hacía allí.
Se limitó a observar la consulta durante unos segundos antes de volver a mirarla.
—Bonito espacio.
—Gracias.
—No parece una consulta médica.
—Esa era la idea.
Alejandro asintió.
Después sonrió.
—No estaba seguro de venir.
—La mayoría de la gente no lo está.
Su sonrisa se ensanchó ligeramente.
—Supongo que eso debería tranquilizarme.
Alicia le devolvió la sonrisa.
Durante unos instantes permanecieron en silencio.
No era un silencio incómodo.
Ninguno pareció tener prisa por romperlo.
Finalmente, Alicia hizo una pregunta que había formulado cientos de veces.
—¿Qué te ha traído hasta aquí?
Alejandro bajó la mirada hacia sus manos.
Cuando volvió a mirarla, algo había cambiado.
No demasiado.
Pero sí lo suficiente para que Alicia comprendiera que aquello que lo había llevado hasta allí le importaba mucho más de lo que quería reconocer.
—Creo que me he convertido en alguien a quien no reconozco.
Lo dijo con calma.
Sin autocompasión.
Sin dramatismo.
Y, aun así, captó de inmediato la atención de Alicia.
—Explícame qué quieres decir.
Alejandro soltó el aire lentamente.
—Hace diez años sabía exactamente quién era.
Alicia guardó silencio.
—Ahora —continuó— siento que me paso la vida interpretando el papel que todos esperan de mí.
La consulta quedó en silencio.
En la calle, a lo lejos, pasó una moto.
—Tengo un estudio de arquitectura que funciona bien —dijo, encogiéndose de hombros—. Una buena vida. Una familia. Una hija. Amigos. Trabajo. Vacaciones. Lo de siempre.
—Pero algo no encaja —dijo Alicia.
Alejandro se recostó ligeramente.
—El problema es que, visto desde fuera, todo parece estar bien.
—¿Y desde dentro?
Por primera vez apareció cierta inseguridad en su rostro.
—Ya no lo sé.
La sesión continuó.
Relaciones.
Trabajo.
Identidad.
Expectativas.
Nada especialmente extraño.
Nada preocupante.
Alejandro tenía algo que Alicia encontraba pocas veces.
O, al menos, eso parecía.
Honestidad.
No esa sinceridad calculada que tanta gente confundía con verdadera vulnerabilidad.
Era algo más discreto.
Menos estudiado.
Al terminar la sesión, Alicia sabía todavía muy poco sobre su vida, pero bastante más sobre cómo se sentía dentro de ella.
Cuando finalmente se levantó para marcharse, parecía más relajado.
Como si poner aquellos pensamientos en palabras les hubiera quitado parte de su peso.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Alejandro se detuvo junto a la puerta.
—No estaba muy convencido con lo de la terapia.
—¿Y eso?
—Pensaba que la odiaría.
Alicia sonrió.
—¿Y ahora?
—Me reservo la opinión.
—Buena decisión.
Alejandro rio por lo bajo antes de desaparecer por el pasillo.
Unos instantes después, Alicia oyó cerrarse la puerta de entrada.
La consulta volvió a quedarse en silencio.
Regresó a su escritorio y abrió las notas de su siguiente paciente.
Entonces se detuvo.
Sin saber muy bien por qué, volvió a pensar en algo que Alejandro había dicho.
Siento que me paso la vida interpretando el papel que todos esperan de mí.
Era una buena frase.
Una frase inteligente.
De esas que se quedan grabadas.
Al cabo de unos segundos abrió el siguiente expediente y volvió a concentrarse.
Pero aquella tarde se dio cuenta de que todavía podía recordar las palabras exactas.