CAPITULO CUATRO
Como siempre, el paseo de vuelta a casa fue agradable.
Alicia se detuvo en un pequeño colmado y compró verduras, pan y algunas cosas más para la cena. A su alrededor, las terrazas estaban llenas y los bares empezaban a animarse con la gente que salía del trabajo.
Cuando llegó a casa, el sol empezaba a esconderse tras los tejados.
Theo ya estaba en casa.
La mochila del colegio estaba tirada en el recibidor.
Unas zapatillas seguían junto a la puerta de entrada, a pesar de las innumerables veces que le había pedido que las guardara.
Había batallas que, al parecer, era imposible ganar.
—Ya estoy en casa.
—Aquí.
La voz de Theo llegaba desde el salón.
Lo encontró tumbado en el sofá, con el móvil en una mano.
—¿Qué tal el colegio?
—Bien.
—¿Y los exámenes?
—Bien.
Alicia arqueó una ceja.
—La respuesta universal de los adolescentes.
—Es eficiente.
Alicia sonrió.
—Qué considerado por tu parte.
Theo sonrió.
—¿Qué quieres cenar? —preguntó.
—¿Qué opciones hay?
—Pues lo que yo decida cocinar.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
—Para mantener la ilusión de que puedes elegir.
Theo asintió.
—Genial.
Media hora después estaban cenando en la mesa de la cocina.
Pasta.
Una ensalada.
Pan recién hecho de la panadería de la esquina.
Una de esas cenas que Alicia podía preparar sin pensar.
Durante un rato hablaron del colegio.
De los profesores.
Del baloncesto.
De un compañero que, de alguna manera, había conseguido hacer saltar la alarma de incendios sin incumplir técnicamente ninguna norma.
Entonces Theo preguntó:
—¿Has ido a ver a Iaia?
Alicia levantó la vista.
—Sí.
—¿Cómo está?
La pregunta ya no era tan inocente como antes.
Alicia bebió un poco de agua.
—Bien.
Theo esperó.
Alicia supo enseguida que no le había convencido.
—Bastante bien.
Él asintió lentamente.
—¿Ha vuelto a olvidarse de qué día era?
—Algo así.
Theo empezó a mover un trozo de pasta por el plato.
—El mes pasado me preguntó si todavía jugaba a tenis.
Alicia sonrió.
—Nunca has jugado a tenis.
—Exacto.
Durante unos instantes ninguno dijo nada.
—Está empeorando, ¿verdad? —preguntó Theo.
Lo dijo en voz baja.
Alicia se tomó unos segundos antes de responder.
—Supongo que sí.
Theo bajó la mirada hacia el plato.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Él asintió.
Y entonces, con esa facilidad tan propia de los adolescentes, cambió de tema.
—Entonces, ¿mañana puedo ir a casa de Marc después del colegio?
Alicia se rio.
La conversación siguió con otros temas.
Los deberes.
Los planes para el verano.
La posibilidad de convencer a James de que aquel verano fueran a algún sitio más exótico de lo habitual.
A las nueve y media, la cocina estaba recogida.
Theo desapareció en su habitación.
El piso recuperó la tranquilidad habitual de las noches.
Alicia se preparó una taza de té y se sentó en el salón con un libro.
Leyó unas tres páginas antes de darse cuenta de que no se había enterado de nada.
No podía dejar de pensar en su madre.
En la seguridad de su voz.
Eso es exactamente lo que le decía ayer a tu padre.
Cerró el libro.
Al final se rindió y puso Netflix.
Cualquier cosa.
Algo que no exigiera concentración.
A las diez y cuarto se iluminó la pantalla del móvil.
James.
Respondió enseguida.
—Hola.
—¿Te he despertado?
—Sabes perfectamente que nunca me duermo antes de medianoche.
Él rio por lo bajo.
La conexión se oía mucho mejor que antes.
—¿Algún desastre en casa?
—Nada digno de mención.
—¿Qué tal Theo?
—Creciendo. Comiendo. Pidiendo dinero.
—En su línea.
Hablaron durante diez minutos.
De Berlín.
De Theo.
Del trabajo.
La conversación fue fácil.
Cómoda.
Pero, al colgar, Alicia se quedó mirando la pantalla apagada unos segundos más de lo necesario.
No pasaba nada.
Nada concreto.
Y, sin embargo, cada vez tenía más la sensación de que una parte de James estaba en otro lugar incluso cuando hablaba con ella.
Como si nunca terminara de prestarle toda la atención.
El pensamiento desapareció casi tan rápido como había llegado.
Apagó el televisor.
Comprobó que la puerta estuviera cerrada.
Apagó las luces.
Y se fue a la cama.
Fuera, la ciudad se había quedado en silencio.
En algún lugar al otro lado del pasillo, Theo dormía.
James estaba a cientos de kilómetros, en un hotel de Berlín.
Y Alicia permaneció despierta en la oscuridad, escuchando los sonidos familiares de la casa.
Al final consiguió dormirse.
Pero no antes de volver a pensar en James.