CAPÍTULO TRES
Cuando Alicia salió de la consulta, lo peor del calor de la tarde empezaba a remitir.
A aquella hora, la ciudad parecía bajar el ritmo. Los comerciantes charlaban con los vecinos desde las puertas de sus tiendas. Las terrazas empezaban a llenarse a medida que la gente salía de las oficinas. Las sombras de los edificios del Eixample se alargaban sobre las aceras.
Alicia se detuvo en una pequeña panadería de la calle Girona y compró dos ensaimadas.
Su madre se quejaría del azúcar.
Y después se comería una de todos modos.
Había cosas que, por suerte, seguían siendo completamente predecibles.
Pocos minutos después llegó al edificio en el que se había criado.
El conserje levantó la vista al verla entrar.
—Buenas tardes, Alicia.
—Buenas tardes.
—Su madre la está esperando.
Alicia sonrió.
—¿Ah, sí?
El portero rio.
—Ya me ha preguntado dos veces si la había visto.
Eso sí sonaba a su madre.
El ascensor subió lentamente hasta la cuarta planta.
En cuanto llamó al timbre, oyó movimiento al otro lado.
La puerta se abrió.
—Alicia.
Su madre sonrió.
—Has perdido peso.
—Hola a ti también.
—Lo digo en serio. Se te ve la cara más delgada.
Alicia le dio un beso en la mejilla.
—La semana pasada dijiste lo mismo.
—Porque la semana pasada también era verdad.
El piso olía ligeramente a café y a cera para muebles.
Muy pocas cosas habían cambiado con los años.
Las mismas fotografías enmarcadas.
La misma mesa del comedor.
El mismo cuadro ligeramente torcido en el pasillo, a pesar de que varias generaciones de la familia habían intentado enderezarlo.
Su madre cerró la puerta.
—¿Qué has traído?
—Nada.
—Qué decepción.
Alicia levantó la bolsa de la panadería.
—Excepto esto.
—Ah, bueno. Eso ya es otra cosa.
Se sentaron a la mesa de la cocina.
Durante la siguiente media hora, todo fue completamente normal.
Su madre se quejó de los turistas.
De lo mucho que habían subido los precios.
Del vecino de arriba, que al parecer se pasaba media noche arrastrando sillas.
Alicia la escuchó, se rio y añadió algún comentario de vez en cuando.
La conversación fluía con facilidad.
Como siempre.
A sus setenta y cinco años, su madre seguía lúcida la mayor parte del tiempo. Conservaba intacto el sentido del humor y sus opiniones seguían siendo tan firmes como siempre.
Viéndola así, nadie habría sospechado que algo no iba bien.
A veces, Alicia casi conseguía convencerse de lo mismo.
—¿Qué tal los pacientes? —preguntó su madre.
—Bien.
—¿Sigues escuchando los problemas de todo el mundo?
—Forma parte del trabajo.
—No sé cómo lo haces.
Alicia sonrió.
—Me gusta. Y a la mayoría parece ayudarles.
—Seguro que sí. Yo prefiero quejarme con mis amigas. Y gratis.
Alicia se rio.
—Eso está claro.
Su madre sonrió, satisfecha.
Durante un rato siguieron tomando café.
La luz de última hora de la tarde entraba por las ventanas de la cocina.
En algún lugar de la calle sonaba música.
Una escena familiar.
Un día cualquiera.
Entonces su madre frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué hora vuelve Theo?
Alicia levantó la vista.
—¿Del colegio?
—Sí.
—Ya habrá llegado a casa.
Su madre parpadeó.
—Claro.
La confusión desapareció casi de inmediato.
Alicia no dijo nada.
Últimamente ocurrían cosas así.
No muy a menudo.
Pero sí lo suficiente.
Su madre tomó otro sorbo de café.
—¿Cuántos años tiene ya?
—Catorce.
—¿Ya?
Alicia sonrió.
—Ya ves.
Durante unos segundos, su madre se quedó mirando hacia la ventana.
Después negó con la cabeza.
—Ocho.
—¿Cómo?
—Theo tenía ocho cuando volvisteis de Londres.
Alicia asintió.
—Sí.
Su madre pareció satisfecha con la respuesta.
La conversación derivó hacia otros temas.
La boda de una prima.
Un programa de televisión que ninguna de las dos soportaba.
La reciente reforma de la cocina de una vecina.
Y entonces, de repente, su madre dijo:
—Eso es exactamente lo que le decía ayer a tu padre.
Lo dijo con tanta naturalidad que, durante un instante, Alicia pensó que no la había oído bien.
La cocina pareció quedarse completamente inmóvil.
Su padre había muerto nueve años atrás.
Su madre siguió removiendo el café.
—Creo que fue ayer, vaya.
Alicia no dijo nada.
Poco a poco, su madre levantó la vista.
La confusión apareció casi de inmediato.
Un destello.
Breve, pero inconfundible.
La expresión de alguien que acababa de perder el hilo de sus propios pensamientos.
—Ay, ¿qué digo? —murmuró.
Ninguna de las dos habló.
Entonces su madre soltó una pequeña risa.
—Uy, por favor.
Negó con la cabeza.
—He debido de soñar con él.
Alicia sonrió con suavidad.
—Puede ser.
—Seguro que ha sido eso.
Su madre pareció aliviada.
La conversación continuó.
Pero algo había cambiado.
Nada evidente.
Nada que ninguna de las dos quisiera reconocer.
Pero Alicia lo había sentido.
Una pequeña grieta bajo la superficie.
Un instante de incertidumbre.
Un recordatorio silencioso de que las cosas estaban cambiando, por mucho que ambas quisieran fingir lo contrario.
Una hora más tarde, Alicia se levantó para marcharse.
Su madre la acompañó hasta la puerta.
—¿Vendrás mañana?
—Intentaré venir.
—Siempre dices lo mismo.
—Y casi siempre vengo..
Su madre sonrió.
—Eso es verdad.
Alicia le dio un beso en la mejilla y salió al rellano.
La puerta se cerró suavemente tras ella.
Mientras esperaba el ascensor, se quedó mirando las baldosas del suelo sin verlas realmente.
La frase seguía dándole vueltas en la cabeza.
Eso es exactamente lo que le decía ayer a tu padre.
No era el error en sí.
Era la seguridad con la que lo había dicho.
La absoluta convicción.
Durante aquellos pocos segundos, para su madre había sido real.
Completamente real.
Llegó el ascensor.
Alicia entró.
Mientras descendía lentamente hacia la calle, intentó imaginar cómo sería dejar de confiar en los propios recuerdos.
No saber con certeza si algo había ocurrido o si simplemente lo habías imaginado.
El pensamiento la acompañó durante todo el camino de vuelta a casa.