CAPÍTULO DOS
Alicia llegó a la consulta temprano y solo pensó en James en dos ocasiones.
Le pareció totalmente razonable.
La primera había sido mientras se cepillaba los dientes.
La segunda, esperando el ascensor en el edificio de la consulta.
En ambas ocasiones había apartado el pensamiento casi de inmediato.
Había sido un mensaje.
Nada más.
La gente recibía mensajes.
La gente sonreía.
La gente viajaba por trabajo.
La idea de que James pudiera estar teniendo una aventura era absurda.
Alicia lo sabía.
También sabía que, una vez que un pensamiento se colaba en la cabeza, no siempre era fácil hacerlo desaparecer.
Su consulta ocupaba el principal de un edificio rehabilitado del Eixample, a pocas calles del paseo de Sant Joan. Los altos ventanales daban a la calle y el recibidor conservaba el suelo hidráulico original. Los pacientes solían comentar lo tranquilo que resultaba el espacio.
Alicia sospechaba que el mérito era, sobre todo, del edificio.
Su primera paciente llegó a las nueve y media.
Laura tenía cuarenta y tres años, era directora de marketing de una empresa farmacéutica y, según su propia descripción, estaba «profesionalmente realizada y emocionalmente agotada».
Se acomodó en el sillón frente a Alicia y suspiró nada más sentarse.
—Llevo tres días convencida de que todo el mundo en el trabajo me odia.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
Alicia sonrió.
—¿Nada?
Laura se encogió de hombros.
—Hubo una reunión.
—¿Y?
—Hablé.
—¿Y?
—No estuvieron de acuerdo conmigo.
Alicia esperó.
Laura puso los ojos en blanco.
—Ya sé cómo suena.
—Cuéntamelo de todos modos.
—No estuvieron de acuerdo demasiado rápido.
—¿Qué quieres decir?
—Que seguro debían de haberlo hablado antes.
Alicia se recostó ligeramente en el sillón.
—¿O...?
Laura volvió a suspirar.
—O simplemente no estaban de acuerdo conmigo y punto.
—¿Cuál de las dos explicaciones puedes confirmar?
—La aburrida.
Alicia sonrió.
—La aburrida suele ser la ganadora.
Laura no pudo evitar reírse.
Dedicaron gran parte de la sesión a analizar suposiciones. A buscar explicaciones alternativas. A separar los hechos de las interpretaciones.
Era un trabajo que Alicia disfrutaba de verdad.
Las personas rara vez sufrían únicamente por lo que había sucedido.
Muchas veces sufrían más por lo que creían que había ocurrido.
Al terminar la sesión, Laura parecía haberse quitado un peso de encima.
—Sé exactamente lo que vas a decirme.
—¿Qué?
—Que deje de tratar mis suposiciones como si fueran hechos.
Alicia sonrió.
—¿Nos vemos la semana que viene?
Cuando Laura se marchó, Alicia miró el móvil.
Un mensaje.
James.
Ya he embarcado. Todo bien. Te llamo cuando aterrice.
Sonrió.
Normal.
Completamente normal.
Dejó el teléfono boca abajo y abrió las notas de su siguiente paciente.
A mediodía empezaba a notarse el calor.
La luz del sol entraba con fuerza por las puertas del balcón, iluminando el suelo y obligando a Alicia a bajar parcialmente las persianas de la consulta.
Su último paciente antes de comer llegó puntual.
Víctor tenía cincuenta y un años y acababa de divorciarse.
Había empezado terapia tres meses atrás, después de descubrir que su mujer tenía una aventura.
A diferencia de muchos pacientes, hablaba de ello con calma.
Demasiada calma, a veces.
Alicia sospechaba que la rabia seguía allí, escondida en algún sitio.
Esperando.
—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó.
Víctor se encogió de hombros.
—Tranquilo.
—¿Tranquilo bien o tranquilo mal?
—Todavía no lo sé.
Sonrió brevemente.
—Aún me estoy acostumbrando a no tener que preguntarme dónde está otra persona.
Alicia asintió.
—Es comprensible.
—Me he pasado veinte años creyendo que sabía exactamente lo que hacía otra persona.
—¿Y lo sabías?
Víctor la miró.
Alicia vio el instante exacto en que entendió lo que quería decir.
—No —admitió.
—En realidad, nunca lo sabemos del todo.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Qué reconfortante.
—No debería serlo.
Víctor se rio.
Después, la conversación tomó otro rumbo.
La soledad.
Las rutinas.
La realidad práctica de reconstruir una vida a los cincuenta y un años.
No volvió a mencionar a su exmujer hasta casi el final de la sesión.
—A veces todavía me siento idiota.
—¿Por qué?
—Por no haberme dado cuenta.
Alicia guardó silencio.
—Nunca sospeché nada —continuó—. Ni una sola vez.
—¿Por qué ibas a hacerlo?
—Exacto.
Miró hacia la ventana.
—Todo el mundo me pregunta si hubo señales.
—¿Y las hubo?
Víctor se tomó unos segundos antes de responder.
—No lo sé.
Alicia esperó.
—Después me convencí de que sí.
—¿A qué te refieres?
—Los mensajes a deshora. Los viajes de trabajo. Que estuviera distraída...
Se encogió de hombros.
—La verdad es que no empecé a atar cabos hasta que ya sabía la respuesta.
Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo nada.
—¿Crees que esas señales eran reales? —preguntó Alicia.
—Sinceramente, ya no lo sé.
Cuando terminó la sesión, Alicia se descubrió pensando en aquella respuesta más tiempo del que habría querido.
A la una cerró la consulta y se dirigió a un café cercano donde solía comer varias veces por semana.
El camarero ya sabía lo que iba a pedir.
Una ensalada.
Agua con gas.
Y después, café.
Una de las ventajas de las rutinas era no tener que tomar decisiones.
Acababa de beber el primer sorbo de agua cuando sonó el teléfono.
James.
Alicia sonrió y respondió enseguida.
—Hola.
—Tengo cinco minutos.
La línea crepitó un instante.
Las salas de espera de los aeropuertos sonaban todas igual, estuvieras en el país que estuvieras.
—¿Qué tal por Berlín?
—Gris.
—Qué sorpresa.
James rio por lo bajo.
—Ya.
Alicia oía voces de fondo.
Alguien riéndose.
El ruido de un carrito al pasar.
Sonidos normales.
Reconfortantes.
—¿Qué tal el día? —preguntó él.
—Mucho trabajo.
—¿Pero bien?
—Bueno, del que paga la hipoteca.
—Excelente.
Alicia sonrió.
La conversación no duró ni cuatro minutos.
Nada extraño.
Nada distante.
Nada que veinticuatro horas antes le hubiera llamado la atención.
Cuando colgaron, se quedó unos segundos mirando el teléfono antes de dejarlo sobre la mesa.
Después negó con la cabeza.
Ridículo.
Absolutamente ridículo.
Y, sin embargo, mientras observaba a la gente cruzar la calle al otro lado del cristal, volvió a preguntarse quién le habría enviado aquellos mensajes esa mañana.
Un instante después se obligó a pensar en otra cosa.
Pero la pregunta siguió allí.
En silencio.
Esperando.