No Todo Es Real CAPÍTULO UNO
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No Todo Es Real

No Todo Es Real

Por M D Trenchs

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CAPÍTULO UNO

Alicia se despertó antes de que sonara el despertador.

Durante unos segundos se quedó inmóvil, escuchando los sonidos familiares de su hogar. El suave zumbido del aire acondicionado. Un perro que ladraba a lo lejos. El crujido de las tuberías tras las paredes.

A su lado, James dormía.

O eso suponía.

Miró el reloj.

7:12.

Demasiado temprano para un día entre semana.

Alicia se incorporó, se calzó las zapatillas y salió del dormitorio.

El piso seguía en silencio.

La luz de la mañana entraba por los altos ventanales que daban a la calle y dibujaba rectángulos pálidos sobre el suelo original de mosaico hidráulico.

Cuando volvieron a Barcelona, casi seis años antes, el piso les había parecido enorme después de Londres. Techos altos con molduras ornamentadas. Largos pasillos. Puertas dobles separando las distintas estancias. Cuatro balcones sobre una calle arbolada en pleno Eixample.

Necesitaba una buena reforma.

James había odiado la idea desde el principio.

Alicia se había enamorado del piso al instante.

Cogió una taza y se acercó a la cafetera.

Aquellas primeras horas de la mañana se habían convertido en su momento favorito del día.

Antes de los pacientes.

Antes del tráfico.

Antes de las preguntas de Theo sobre el colegio, de los vuelos de James y de las decenas de pequeñas responsabilidades que llenaban el resto de sus horas.

Durante veinte minutos, el piso era solo para ella.

James apareció poco después, vestido con una camisa blanca y pantalones oscuros. La maleta estaba junto a la isla de la cocina, lista para salir.

—¿Te he despertado? —preguntó ella.

Él levantó la vista y sonrió.

—No. El vuelo sale temprano.

—¿Y?

—Me gusta levantarme con tiempo. Así puedo empezar a pensar en todo lo que tengo que hacer.

—Llevas años viajando.

—Y aun así sigo pensando que algún día me dejaré el pasaporte.

Alicia sonrió mientras sacaba una tostada.

Había cosas que nunca cambiaban.

Después de veinte años juntos, podía anticipar conversaciones enteras antes de que empezaran.

A las ocho apareció Theo.

Llevaba el pelo como si se lo hubiera secado con un soplador de hojas.

—Buenos días —dijo Alicia.

Él respondió con un gruñido.

—Buenos días a ti también.

Otro gruñido.

—¿Tienes clase temprano? —preguntó James.

—Exámenes —respondió Theo.

—Ah.

Eso lo explicaba todo.

Theo se dejó caer en una silla y cogió el móvil por puro reflejo.

—No.

Levantó la vista.

—¿No qué?

—Nada de móvil durante el desayuno.

—Papá está con el suyo.

—Estoy trabajando.

—Yo estoy estudiando.

James se echó a reír.

—Buena respuesta.

Theo puso los ojos en blanco.

A sus catorce años, parecía estar atrapado en algún lugar entre la infancia y la edad adulta. Una semana reclamaba independencia. A la siguiente no era capaz de encontrar sus zapatillas de baloncesto sin ayuda.

Algunos días, Alicia todavía alcanzaba a ver al niño que la había seguido a todas partes.

Pero esos momentos eran cada vez menos frecuentes.

A las ocho y veinte, el desayuno había terminado.

Theo desapareció por el pasillo para ir a buscar la mochila.

James miró el reloj.

Dos veces.

Y luego una tercera.

—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? —preguntó Alicia.

—Berlín hoy. Londres mañana y el jueves.

Alicia asintió.

—¿Vuelves el viernes?

—Ese es el plan.

Ella sonrió.

—Sabes que Theo te echa de menos cuando estás fuera.

James levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Sonrió—. Solo que los dos te echamos de menos.

Su expresión se suavizó.

—Yo también os echo de menos.

Cogió la maleta.

—Estaré de vuelta antes de que os deis cuenta.

Alicia lo acompañó hasta la puerta.

Las ruedas de la maleta traquetearon suavemente sobre las baldosas del recibidor.

Fuera, la calle ya estaba llena de vida. Padres acompañando a sus hijos al colegio. Furgonetas de reparto en doble fila. El olor a café que llegaba desde la panadería de la esquina.

Barcelona les había parecido distinta cuando regresaron.

Familiar y desconocida a la vez.

La ciudad en la que Alicia había crecido, vista ahora con ojos adultos.

Los años en Inglaterra quedaban ya muy lejanos.

Había pasado suficiente tiempo para que Theo hablara catalán con más naturalidad que inglés.

Para que Alicia hubiera conseguido levantar una consulta privada gracias a las recomendaciones de sus pacientes y a la reputación que se había ido ganando.

Para que dejara de comparar cada restaurante, cada calle y cada día de lluvia con Londres.

El tiempo suficiente para creer que, por fin, habían encontrado su lugar.

Su madre vivía ahora a solo dos calles.

Aquella había sido una de las razones por las que decidieron volver.

Aunque entonces ninguno podía imaginar hasta qué punto acabaría siendo importante aquella decisión.

James la besó.

—Te llamo esta noche.

—Buen vuelo.

Cogió la maleta y salió hacia el taxi que lo esperaba.

Alicia cerró la puerta y se acercó al balcón para verlo marcharse.

El taxista guardó la maleta en el maletero.

James subió al asiento trasero.

Su teléfono vibró.

Incluso desde allí, Alicia lo vio mirar la pantalla.

Y sonreír.

No fue una gran sonrisa.

Ni siquiera parecía que algo le hubiera hecho gracia.

Fue algo más sutil.

Más íntimo.

Una de esas sonrisas que aparecen sin que uno se dé cuenta.

Sus pulgares se movieron rápidamente sobre la pantalla.

Unos segundos después llegó otro mensaje.

James respondió enseguida.

El taxi arrancó.

Alicia se quedó allí unos instantes.

Probablemente era un compañero de trabajo.

Un cliente.

Un amigo.

Algo completamente normal.

Cerró la puerta del balcón.

Y, aun así, la imagen la acompañó de vuelta a la cocina.

La sonrisa.

Los mensajes.

La forma en que había inclinado ligeramente el teléfono, dejando la pantalla fuera de su campo de visión, sin siquiera parecer consciente de hacerlo.

No tenía por qué significar nada.

Seguramente no significaba nada.

Y, sin embargo, por primera vez en veinte años, Alicia se preguntó si su marido podía estar teniendo una aventura.