CAPÍTULO 4 Aureliano Soranzo sonrió con mi infancia
Aureliano Soranzo no entró en la sala: dejó que la sala se convenciera primero de que lo estaba esperando.
Eso era un talento, y los talentos siempre me irritaban más cuando eran útiles.
La cámara del palacio donde nos recibió tenía techos pintados con batallas navales, lámparas de vidrio que parecían lágrimas congeladas y ventanas altas abiertas sobre un canal tan tranquilo que daba la impresión de haber firmado un acuerdo de confidencialidad.
Había cojines, alfombras, un aparador cargado de frutas demasiado perfectas y una mesa baja donde alguien había colocado pan, aceitunas, queso blanco, membrillos y naranjas cortadas en cuartos.
Las naranjas fueron lo primero que vi.
No porque tuviera hambre, aunque después de medio día de espejos, funcionarios, góndolas moralmente inestables y un mensajero que olía a miedo de lujo, habría comido un documento si Hamza prometía que no era original.
Vi las naranjas porque estaban cortadas exactamente como mi abuela las cortaba: no en rodajas, no en medias lunas limpias, sino en cuartos con una incisión pequeña al centro para que la piel cediera bajo los dedos de una niña impaciente.
Era un detalle demasiado pequeño para ser investigado.
Demasiado doméstico para ser político.
Demasiado mío para estar sobre una mesa veneciana.
—No las toques —dijo Kemal, muy bajo.
No fue una orden. Fue una lectura. Había visto el golpe llegar antes de que mi cara lo admitiera. Eso, en otras circunstancias, habría sido consuelo. En aquella sala, se convirtió en una vulnerabilidad nueva.
—No pensaba tocarlas.
—Estabas calculando si podían usarse como arma.
—Las naranjas tienen bordes emocionales.
—He visto lo que haces con jabón. No subestimaré cítricos.
Mara, a nuestra derecha, fingió interesarse por una lámpara mientras escuchaba cada respiración de la habitación.
Raquel había quedado en la imprenta con Yusuf y Hamza, oficialmente porque una sala de recepción veneciana no era lugar para una adolescente que coleccionaba información como otros niños coleccionan piedras, realmente porque Raquel se había ofrecido a interrogar al mensajero con almendras y nadie quería descubrir si eso funcionaba.
Hamza se quedó para preparar una declaración sobre propiedad de recuerdos antes de que Venecia inventara una categoría peor.
Yusuf necesitaba desmontar el compás que desde la góndola señalaba hacia el pan, el espejo y, de vez en cuando, hacia mí con una grosería técnica.
Así que fuimos tres: Kemal, Mara y yo. Suficientes para no estar sola. No suficientes para impedir que el palacio intentara tratarnos como entretenimiento.
Una mujer mayor vestida de negro estaba sentada junto a la ventana.
No se presentó. Nos observó con una serenidad propia de las viudas, las banqueras y los animales que ya habían decidido si comerían de tu mano o de tu garganta.
A su lado, un hombre joven con la cara demasiado lisa sostenía una bandeja sin mirarnos.
Había otros dos asistentes, un músico sin instrumento visible y un perro blanco de patas largas que me juzgó con más honestidad que todos los humanos juntos.
Aureliano apareció desde una puerta lateral cuando nadie podía fingir que no lo esperaba.
Era hermoso de la forma irritante en que lo son ciertas cosas fabricadas para sobrevivir a demasiadas miradas: cabello oscuro recogido con una cinta color vino, piel dorada por un sol que probablemente también lo obedecía, boca hecha para decir medias verdades y dejar que otros agradecieran no recibir la mentira entera.
Llevaba un jubón azul profundo, sin exceso de joyas, lo cual en Venecia era una forma más refinada de exceso.
Sus manos eran largas, elegantes, limpias.
No manos de soldado. No manos de artesano.
Manos de alguien que tocaba objetos después de que otros hubieran pagado por hacerlos significativos.
Sus ojos fueron lo peor.
No porque fueran verdes, ni claros, ni alguna descripción barata que una mujer muerta dos veces y resucitada una vez no debería notar. Fueron lo peor porque me miraron con reconocimiento.
No deseo.
No curiosidad.
Reconocimiento.
Como si yo hubiera llegado tarde a una conversación que él llevaba años ensayando conmigo.
—Inés León Benatar —dijo en castellano moderno.
No español antiguo. No lengua aprendida por comercio. Moderno, limpio, exacto, con el ritmo de Madrid escondido bajo la seda veneciana.
Kemal no se movió. Su quietud cambió de temperatura.
Mara dejó de mirar la lámpara.
Yo sonreí.
La gente suele confundir una sonrisa con una apertura. En mi experiencia, una sonrisa bien usada era una puerta cerrada con flores encima.
—Aureliano Soranzo —dije—. El vidrio respira nombres mejor que algunos hombres.
—El vidrio carece de timidez.
—Y de intención criminal, hasta donde sabemos.
—Qué generosa: concederle al vidrio presunción de inocencia antes que a mí.
—El vidrio no me ha enviado naranjas.
Su mirada bajó a la mesa y volvió a mí con una suavidad ensayada.
—Pensé que quizá agradecerías algo familiar después de un viaje desagradable.
Ahí estaba. La palabra familiar, puesta en la mesa junto a la fruta como un cuchillo sin empuñadura. Kemal la oyó. Mara la oyó. La mujer de negro junto a la ventana probablemente la había comprado antes de que llegáramos.
—Lo familiar se ofrece mejor cuando no hay que preguntar quién lo robó —dije.
Aureliano se llevó una mano al pecho, ofendido con elegancia.
—Robar es una palabra con botas. Yo prefiero rescatar.
—Los secuestradores sentimentales también.
Mara hizo un ruido mínimo, mitad tos, mitad aprobación profesional.
Aureliano sonrió como si la frase le hubiera gustado de verdad. Ese era otro peligro. Los hombres que se enfadaban eran fáciles. Los hombres que coleccionaban tus golpes verbales porque creían que aumentaban el valor del encuentro necesitaban otro tipo de vigilancia.
—Tienes la misma costumbre de atacar antes de aceptar una silla que tenías a los ocho años —dijo.
El cuarto se estrechó.
No mucho. No de manera visible. Las ventanas siguieron abiertas, el canal siguió tranquilo, el perro blanco siguió despreciándonos con consistencia. Pero dentro de mí, algo dio medio paso hacia atrás y encontró pared donde antes había aire.
A los ocho años, yo había empujado a un niño contra la puerta de la panadería porque me quitó una naranja de la mano.
No se lo conté a nadie. Mi abuela me hizo disculparme y luego, en casa, me enseñó a clavar el pulgar bajo la muñeca en vez de usar los dientes, porque si el mundo iba a acusarte de violencia, al menos debías ser eficiente.
La frase exacta de mi abuela fue: no muerdas salvo que quieras recordar el sabor.
Aureliano tomó una naranja y la giró entre los dedos.
—No muerdas salvo que quieras recordar el sabor —dijo.
Mara dejó de respirar durante un segundo. Kemal no me miró; no me expuso. Sus ojos se quedaron en Aureliano, y en ese acto de no buscar mi cara me dio más protección que muchos hombres con espada habrían sabido ofrecer.
Yo conté las salidas. Cuatro. La puerta por donde entramos.
La lateral de Aureliano. Una cortina pesada detrás del aparador.
La ventana, si una estaba dispuesta a caer a un canal con vestido y dignidad dañados.
Conté manos. Conté posibles armas. Conté el perro, que no era arma pero tenía opinión.
Conté respiraciones hasta que la mía volvió a obedecer.
—Bonita frase —dije—. ¿La compraste con el resto del teatro?
Aureliano dejó la naranja sobre la mesa sin pelarla.
—No compro memorias, Inés.
—Las heredas, imagino. Una tradición familiar. Los Soranzo reciben al nacer una cuna, un apellido y una caja de infancias ajenas.
—Las salvo de perderse.
Kemal habló por primera vez.
—¿Con permiso?
Aureliano giró hacia él con una cordialidad impecable.
—Ah. El investigador otomano que confunde distancia con respeto.
—Solo cuando la distancia evita una intrusión.
—O cuando permite no elegir.
La frase no fue dirigida a Kemal, aunque usó su cara como blanco.
Viajó hacia mí por debajo de la mesa, tocó una inseguridad que Aureliano no debería saber nombrar: la parte de mí que, incluso después de Granada, después de Elena, después de la isla de las horas, todavía esperaba que el cuidado verdadero se demostrara invadiendo más rápido que el daño.
Una parte antigua, entrenada por violencia y por oficios donde la ausencia de control era una condena.
Kemal no respondió de inmediato. Si lo hacía, Aureliano convertía la conversación en duelo masculino. Si se callaba, podía parecer que la acusación había tocado hueso. Eligió una tercera ruta.
—Cuando Inés quiere que elija, lo oigo de su boca —dijo.
No levantó la voz. No adornó la frase. No me reclamó como prueba. No me pidió que confirmara.
Aureliano volvió a mirarme con interés renovado.
—Eso debe de ser agotador para una mujer acostumbrada a que todos la obliguen a sobrevivir deprisa.
—Tú pareces muy preocupado por mi cansancio para alguien que acaba de poner mi infancia en una bandeja.
La mujer de negro junto a la ventana sonrió por primera vez.
—Aureliano, la señora muerde con educación. Es refrescante.
—Mi tía Vittoria —dijo él—, que cree que todos los invitados deberían sangrar un poco para demostrar sinceridad.
—No todos —corrigió Vittoria—. Solo los interesantes.
Mara inclinó la cabeza hacia mí.
—Venecia está empezando a parecer una familia de gatos con dinero.
—Los gatos tienen límites más claros —murmuré.
Antes de que la conversación pudiera convertirse en duelo privado, Vittoria golpeó el suelo con el bastón.