CAPÍTULO 3 El espejo que amaba otra cara #3
La palabra retorno del papel clavado en la pared se encendió apenas.
No con fuego, sino con reconocimiento. Hamza dijo mi nombre muy bajo, no para atraer mi atención sino para dejar constancia de que la pista existía antes de que el espejo intentara tragársela.
Ese detalle importaba. Una memoria podía discutir, mentir o seducir, pero un testigo vivo seguía siendo el clavo más humilde contra una pared demasiado móvil.
El nombre apareció en vaho sobre la superficie negra.
AURELIANO
El horno del fondo soltó una chispa que murió antes de tocar el suelo. Nadie habló. Incluso Raquel entendió que algunas palabras necesitaban silencio para mostrar su tamaño.
La palabra dejó una humedad fría en la habitación.
No lo escribió una mano. Lo respiró el vidrio.
Pietro soltó una maldición en voz baja. Uno de los aprendices dejó caer una pinza. Raquel, detrás de Mara, susurró el nombre como si probara si sabía a veneno.
Yo seguía mirando la palabra.
—Nadie lo ha dicho aquí —murmuró Hamza.
—El espejo sí —dijo Yusuf—. Eso complica mi deseo de romperlo.
La superficie cambió antes de que pudiera apartarme.
El nombre se hundió y apareció otra escena: agua nocturna, una góndola detenida bajo un puente, una mujer de cabello oscuro entregando una página doblada a un hombre con guantes claros.
El hombre no mostró su cara. En la página había una línea de mapa y, al margen, una frase escrita en castellano moderno.
La niña de Madrid no debe saber que también fue recordada por otra.
El vidrio se apagó.
La superposición facial se fue de golpe.
Volví a mi cuerpo con una náusea fría. Mi mano buscó el borde de la mesa más cercana, pero calculé mal por el coste de orientación que aún llevaba en el cuerpo y toqué aire.
Esta vez Kemal se movió un paso, no para sujetarme sino para poner la mesa bajo mis dedos, empujándola apenas hacia donde mi cuerpo la esperaba.
El gesto fue tan preciso que casi me enfadó.
—Gracias —dije, porque no era una bestia.
—La mesa fue voluntaria —respondió él.
Raquel soltó una risa nerviosa.
—Voy a necesitar que todas las mesas firmen eso por escrito.
Hamza ya estaba escribiendo.
—No me tientes.
Mara se acercó al espejo sin cruzar la línea que el Archivo había marcado con luz azul sobre el suelo.
—Aureliano Soranzo —dijo Pietro, con la voz menos firme—. Hay familias que fabrican vidrio para mirarse. La suya fabrica ocasiones para que otros quieran mirarlos.
—¿Vivo? —pregunté.
—Demasiado.
—Eso no es una categoría legal —dijo Hamza.
—En Venecia debería serlo.
El aprendiz que había mirado demasiado poco se movió hacia la puerta pequeña.
Yo lo vi. Kemal también. Ninguno corrió.
Correr habría convertido el taller en una caja de vidrio roto y niños con quemaduras.
Kemal hizo una señal mínima con dos dedos.
Yusuf, que llevaba rato fingiendo estar absorto en el compás, dejó caer una herramienta con un estrépito calculado justo delante de la puerta.
El aprendiz tropezó, no cayó, y Mara apareció junto a él con una sonrisa dulce.
—¿Vas a avisar a alguien de que hemos aprendido el nombre antes de la hora prevista? —preguntó en veneciano.
El muchacho palideció.
Pietro cerró los ojos.
—Tomaso, por la madre de todos los hornos, dime que no has vendido la puerta.
—No vendí la puerta —dijo el aprendiz.
Mara levantó una ceja.
—Esa respuesta tiene demasiada arquitectura.
—Vendí el horario —confesó Tomaso.
Raquel hizo un sonido de admiración pura.
—Eso es casi peor y más creativo.
El Archivo brilló en el suelo.
[CLAVE DE PROVENIENCIA OBTENIDA]NOMbrE VINCULADO: AURELIANO SORANZO.ESTADO: PORTADOR SECUNDARIO / CURADOR DE MEMORIAS AJENAS / CONSENTIMIENTO NO VERIFICADO.LÍMITE DETECTADO: NO PUEDE RETENER UNA MEMORIA SI LA PROPIETARIA SUFICIENTE LA NIEGA EN PRESENTE.PENDIENTE: LOCALIZAR A PROPIETARIAS SUFICIENTES.
La regla cayó en la habitación con más peso que el nombre. No puede retener una memoria si la propietaria suficiente la niega en presente. No era victoria. Era una grieta. Las grietas bastaban si una sabía dónde poner la palanca.
—¿Dónde encontramos a Aureliano? —pregunté.
Pietro miró al espejo negro, luego al aprendiz atrapado por Mara, luego a mí.
—No se encuentra a Soranzo. Soranzo decide cuándo parece casualidad.
La puerta principal del taller se abrió.
Nadie llamó. Venecia, al parecer, consideraba los buenos modales opcionales para los hombres con suficiente belleza.
Entró un mensajero vestido de seda gris, no Aureliano, demasiado joven y demasiado nervioso para ser el nombre que el vidrio había respirado.
Llevaba un tubo de cristal sellado con cera color vino.
Se inclinó ante Pietro, ignoró al resto con un fracaso evidente de educación y extendió el tubo hacia mí.
—Para la señora de la media luna —dijo en italiano.
Kemal no tomó el mensaje. Mara tampoco. Nadie decidió por mí.
Yo miré el sello. No tenía escudo. Tenía una inicial trazada con una elegancia ofensiva.
A.
—Qué puntual —dije.
El mensajero tragó saliva.
—Mi señor ruega que no culpe al espejo por tener memoria. Los espejos, dice, siempre han sido más honestos que las personas que les pagan.
El vaho que quedaba en la superficie negra se reunió por última vez.
AURELIANO.
Esta vez, debajo del nombre, apareció una frase en castellano que no pertenecía al mensajero ni al vidrio.
Nesica, no todas las puertas robadas quieren permanecer abiertas.