CAPÍTULO 3 El espejo que amaba otra cara #2
Miré el espejo cubierto. Bajo la tela gris, la superficie parecía absorber incluso el reflejo del fuego.
Me di cuenta de que estaba retrasando la prueba con observaciones, bromas, sospechas y análisis de arquitectura.
Todo útil. Todo real. Todo también una manera de no ponerme frente a una memoria que podía demostrar que mi abuela no era solo mía.
—Si el espejo muestra otra cara —dije—, no quiero que nadie intente consolarme rápido.
Kemal aceptó la petición como se aceptan las instrucciones antes de una operación.
—No lo haré.
—Ni explicarme que compartir una memoria no la reduce.
—Tampoco.
—Ni decir que lo importante es encontrar al culpable.
—Eso sería cierto y, en ese momento, inútil.
Me quedé mirándolo un segundo más de lo prudente.
No era el único hombre capaz de entender el silencio.
Aureliano también lo entendería, seguramente.
La diferencia era que Aureliano, por lo que ya sabíamos de él sin haberlo visto, habría llenado el silencio con algo mío para demostrar que podía. Kemal lo dejaba respirar.
—Bien —dije.
—¿Quieres que Mara esté más cerca?
Miré a Mara. Estaba negociando con Pietro una posición desde la cual pudiera ver el espejo, la puerta, a Raquel y al aprendiz sospechoso, todo mientras parecía una invitada impaciente y no una mujer preparada para romperle el codo a alguien con una regla de medir.
—Mara ya está donde quiere estar.
—Cierto.
—Eso debería preocuparnos a todos.
—También cierto.
Pietro, después de firmar algo que Hamza redactó con velocidad ofensiva, colocó tres marcas de tiza en el suelo. La primera era para mí. La segunda para un testigo autorizado. La tercera para el maestro. Raquel protestó porque no había marca para ella. Pietro le dio una escoba.
—Tu marca es donde no mueras.
—Ese hombre entiende pedagogía —dijo Mara.
El espejo fue descubierto solo hasta la mitad al principio.
El negro del vidrio no reflejó; bebió. Pietro nos pidió que no dijéramos el apodo completo hasta que el fuego del horno bajara un tono.
El fuego, al parecer, afectaba la nitidez de las deudas.
Hamza escribió eso con una expresión de felicidad horrorizada.
—¿Todas las memorias adheridas pueden reflejarse? —preguntó.
Pietro negó con la cabeza.
—Solo las que fueron tocadas por vidrio, agua o deseo fuerte. El deseo deja superficie.
—Eso es científicamente detestable —dijo Yusuf, que acababa de llegar al taller con su compás bajo el brazo y la dignidad mojada por la lluvia.
—La ciencia también deja manchas cuando trabaja —respondió Pietro.
Yusuf abrió la boca, la cerró y decidió que odiaba Murano con respeto.
El compás se agitó cerca del espejo. La aguja intentó apuntar hacia el vidrio, luego hacia mí, luego hacia la puerta pequeña donde el aprendiz fingía arreglar una cerradura que no estaba rota.
—Hay una ruta esperando salir —dijo Yusuf.
—¿Del espejo?
—O hacia él. O desde alguien que no quiere que se vea. Mi instrumento se ha vuelto poético y voy a castigarlo cuando todo esto acabe.
Pietro terminó de descubrir el espejo.
El taller se quedó sin ruido de golpe, no por magia sino porque incluso los trabajadores que fingían indiferencia sabían reconocer una cosa peligrosa cuando su oficio la había parido. El vidrio negro no pidió atención; la tomó como quien toma una silla reservada.
—Di el apodo —dijo Pietro.
No lo dije.
Primero dije mi nombre completo.
—Inés León Benatar, testigo vivo, no propietaria automática de lo que parezca mío.
Kemal habló desde su marca.
—Kemal Arslan, testigo de límite declarado.
Mara, sin marca oficial, añadió desde el borde:
—Mara Branković, testigo de que si el espejo intenta hacerse el listo, hay escobas.
Raquel levantó la suya.
—Escoba preparada.
Pietro parecía arrepentirse de habernos dejado entrar. Eso también me tranquilizó.
Solo entonces dije el apodo.
—Nesica.
Me coloqué frente al espejo negro. La superficie no reflejó mi cara; reflejó mi deseo de mirar y mi resistencia a dejarme ver. Había diferencia. El vidrio sabía esa diferencia.
Kemal dio un paso y se detuvo antes de quedar detrás de mí en la línea de reflejo.
—¿Puedo estar aquí? —preguntó.
Era una pregunta pequeña. Ridícula, quizá, para cualquiera que no hubiera visto ciudades construidas con consentimiento robado.
Podría haber dicho que no importaba. Podría haber bromeado.
Podría haber usado la ligereza como armadura y negar que una pregunta así, hecha en el momento exacto, me dejara menos sola frente al vidrio.
—Sí —dije—. Pero no más cerca.
Él aceptó el límite con un leve movimiento de cabeza.
El espejo se aclaró.
Primero vi mi cara. No como era en ese momento, mojada por la lluvia, cansada por viaje, marcada por media luna bajo la clavícula y tres libros de decisiones que no cabían en ninguna biografía.
Vi mi cara de niña, redonda todavía en los bordes, con el pelo recogido de mala gana y una mancha de naranja en la manga.
Detrás de esa niña estaba la cocina de mi abuela. Después la imagen se dobló.
La niña levantó la cabeza.
No era yo.
Tenía mis ojos, o algo que el vidrio quería que yo reconociera como mis ojos.
Tenía la manera de torcer la boca cuando ocultaba una mentira pequeña.
Pero la piel era de otra mujer, una mujer joven que no había nacido en Madrid, con una cicatriz fina bajo el mentón y un collar de cuentas rojas.
Estaba sentada en una habitación de Venecia, no en una cocina española.
Frente a ella había pan, naranjas y una vieja que cantaba en ladino con una voz parecida a la de mi abuela, aunque no igual.
La vieja decía Nesica con ternura prestada.
El vidrio me puso esa cara encima.
La sensación fue íntima y desagradable, como si alguien me hubiera colocado una máscara tibia por dentro de la piel.
Durante tres latidos, mi boca no me perteneció del todo.
Sentí la cicatriz bajo un mentón que no era mío, la presión del collar en una garganta ajena, el recuerdo de una habitación donde nunca había estado.
Alcancé a oler cera, agua de canal y naranjas secas.
Kemal no me tocó.
Su voz llegó desde el límite acordado.
—Inés, dime qué necesitas.
No qué ves. No qué hago. Necesitas.
La palabra me dio una cuerda.
—Tiempo —respondí.
—Tómalo.
La mujer del espejo —la propietaria suficiente, o una de ellas— miró hacia un lado, como si alguien acabara de entrar en su habitación.
No vi al visitante. Vi su efecto. Su rostro se suavizó con una confianza prematura, una alegría que no sabía que estaba siendo observada por vidrio siglos después.
Una mano masculina dejó sobre la mesa un trozo de tela color vino.
La mujer lo tocó. El espejo oscureció alrededor de los bordes.
La escena dentro del vidrio se negó a avanzar mientras yo intentaba mirarla como investigadora y no como niña.
Ese fue otro detalle importante: la memoria no cedía al método que yo prefería.
Cuando la observaba buscando ángulos, salidas, manos, objetos, se nublaba; cuando permitía que la emoción rozara la superficie, aclaraba.
Lo odié de inmediato. Los sistemas que exigían vulnerabilidad como llave siempre merecían sospecha, incluso cuando no habían sido diseñados por enemigos.
—No fuerces —dijo Pietro.
—No estoy forzando.
—Tienes cara de romper cerraduras con los dientes.
—Ha funcionado.
—En vidrio, no.
Kemal no intervino. Mara tampoco. Pero Raquel, detrás de la escoba, habló con una suavidad rara.
—Mi madre decía que las canciones se recuerdan mejor si no intentas agarrarlas por la garganta.
La frase me atravesó por un lugar que no estaba defendido.
Miré a Raquel. Ella fingió estudiar la escoba con enorme interés, arrepentida quizá de haber dicho algo tan útil.
Pensé en su madre, en todas las madres perdidas que habían dejado instrucciones prácticas escondidas dentro de niñas que luego se convertían en testigos. Aflojé la mandíbula.
No abrí la puerta. Dejé de empujarla.
La cocina del vidrio respiró. La mujer de la cicatriz bajo el mentón levantó una naranja y, en vez de pelarla como mi abuela, la cortó con un cuchillo pequeño en tiras largas para secarlas junto a una ventana veneciana.
La vieja que cantaba no era mi abuela, pero compartía con ella esa autoridad de las mujeres que han perdido tantas casas que deciden gobernar cualquier habitación donde haya fuego.
En la pared, casi oculto por humo, vi un trozo de papel clavado con una aguja.
No pude leerlo entero, pero sí una palabra: retorno.
—No es posesión —murmuré.
Hamza levantó la pluma.
—¿Qué?
—La teoría de espíritu entrando en el niño es cómoda, pero no encaja. Esto no se comporta como cuerpo invadido. Se comporta como ruta heredada que alguien abrió desde fuera.
Yusuf exhaló con alivio irritado.
—Bien. Odiaba la teoría de posesión. Mecánicamente perezosa.
—Moralmente también —dijo Mara—. Convierte al niño en recipiente y nos deja olvidar quién trajo la jarra.
El vidrio, como si aprobara la frase o quisiera cobrar por ella, aclaró el borde derecho de la escena.
La mano masculina dejó sobre la mesa la tela color vino.
No tocó la mujer. No necesitó hacerlo. Ella la tomó como si el gesto ya hubiera sido acordado en una intimidad que tal vez existía y tal vez había sido fabricada por repetición.
En la tela había una inicial bordada con hilo casi negro.