CAPÍTULO 3 El espejo que amaba otra cara
El vidrio de Murano no mostraba rostros; elegía culpables.
Eso nos explicó el maestro vidriero después de exigir tres garantías, dos testigos, un pago por adelantado y una promesa escrita de que, si alguno de nosotros moría dentro de su taller, no culparíamos oficialmente a la calidad del vidrio.
Se llamaba Pietro Riva, aunque Mara susurró que nadie en Murano confiaba en un maestro que usaba su nombre completo sin añadir al menos un apodo insultante.
Era bajo, ancho de hombros, con barba quemada en las puntas y unas manos tan llenas de pequeñas cicatrices que parecían mapas de islas donde cada volcán había tenido una opinión distinta.
Su taller se encontraba detrás de una puerta azul a la que la humedad había dado textura de piel vieja.
Dentro, el calor golpeaba como un animal paciente.
Hornos abiertos respiraban al fondo, rojos y dorados, mientras aprendices movían cañas largas con bolas de vidrio fundido en la punta, cada esfera girando entre fuego y aire como si el mundo todavía estuviera decidiendo su forma.
Olía a ceniza, arena caliente, sudor, aceite y a algo mineral, limpio y peligroso, como si la piedra hubiera aprendido a derretirse sin perdonar a nadie.
Después de la lluvia del puerto, el calor debería haber sido bienvenido.
No lo fue. El agua me había pegado el pelo al cuello, y el apodo Nesica seguía mojado dentro de mi oído.
El niño no sabía de dónde venía la palabra.
Su madre juró que jamás había oído castellano antiguo en casa.
El funcionario veneciano intentó convertirlo en testimonio bajo custodia; Mara le explicó, con una sonrisa de funeral caro, que llevarse a niños empapados porque sus bocas habían sido alquiladas por fantasmas era una tradición que Venecia podía estrenar sin nuestra ayuda.
Terminamos en Murano porque Hamza encontró una nota en los papeles de Safiye: las rutas de memoria se reflejaban mejor en vidrio que hubiera sido hecho para mentir.
No era una frase tranquilizadora. Era, sin embargo, específica, y la especificidad siempre merecía seguimiento antes de convertirse en luto.
Pietro nos condujo hasta un espejo alto cubierto por una tela gris.
—No es un espejo de vanidad —dijo en veneciano.
—Qué alivio —murmuró Raquel—. Venía preocupada por mi peinado.
El maestro la miró.
—Las niñas que bromean con vidrio suelen acabar barriendo.
—Las niñas que barren oyen cosas —respondió ella.
Pietro reconsideró su vida entera en un parpadeo y decidió no discutir con la generación siguiente.
Mara me miró de reojo.
—Tal vez deberíamos conseguirle una escoba oficial. Con sello.
Hamza ya tenía la mano en la bolsa de documentos.
—No provoques categorías nuevas.
Kemal no se unió a la broma. Estaba observando el espejo cubierto, las salidas, los aprendices, la manera en que Pietro no se colocaba nunca entre nosotros y el horno.
A veces el cuidado de Kemal parecía desinterés para quienes no sabían leerlo.
Aureliano —todavía un nombre escrito por vapor, todavía una ausencia demasiado presente— seguramente habría llamado frío a ese cuidado y habría sonreído como si la palabra demostrara algo.
Kemal no invadía. Eso no lo hacía distante.
Lo hacía peligroso de una manera que mi cuerpo empezaba a reconocer antes que mi cabeza.
Pietro tiró de la tela.
El espejo era negro.
No sucio. No apagado. Negro como agua profunda bajo una iglesia cerrada.
El marco era de vidrio azul oscuro, torcido en formas que parecían algas o dedos, y en el centro de la superficie no vi mi reflejo sino la luz del horno doblándose hacia adentro, tragada por una profundidad que no pertenecía al taller.
—El vidrio recuerda a quien le pagó —dijo Pietro—. El espejo común devuelve la cara de quien mira. Este devuelve la cara de quien puso algo dentro.
—¿Algo como una memoria? —preguntó Hamza.
—Algo como deuda —dijo Pietro.
Las palabras viajaron mal por el cuarto. Deuda. Después del primer umbral, la palabra tenía hueso. Después de Granada, tenía futuro. Después de la isla, tenía horas dentro. Ahora adquiría rostro.
El Archivo apareció en una gota de condensación sobre el marco.
[ATLAS — HERRAMIENTA DE PROVENIENCIA]OBJETO: ESPEJO DE PROPIETARIO REFLEJADO.FUNCIÓN: MOSTRAR PORTADOR ORIGINAL DE MEMORIA ADHERIDA.CONDICIÓN: PREGUNTA LIMITADA; CUERPO FUERA DEL UMbrAL SI NO HAY CONSENTIMIENTO.COSTE: SUPERPOSICIÓN FACIAL brEVE.ADVERTENCIA: PARECERSE NO EQUIVALE A PERTENECER.
—Qué agradable —dijo Mara—. El vidrio también da consejos que nadie pidió.
Yo me acerqué. El suelo estaba cubierto de polvo fino, arena y ceniza.
Mis botas dejaron marcas claras, demasiado visibles.
El taller tenía tres puertas: la principal, una lateral hacia el canal, otra pequeña junto a los hornos que probablemente daba a un patio de enfriamiento.
Dos aprendices nos observaban fingiendo limpiar herramientas.
Un tercero miraba demasiado poco. Lo archivé para después.
—Quiero probar el apodo —dije.
Pietro frunció el ceño.
—¿Con el niño?
—Conmigo.
Kemal se volvió hacia mí. No dijo mi nombre. Agradecí la ausencia porque mi nombre completo, en una habitación caliente, habría sonado a orden.
—El espejo mostrará al propietario de la memoria adherida —dijo Hamza—. Si el apodo no es tuyo en sentido suficiente, veremos a otra persona. Si lo es, puede haber superposición.
—Si el apodo es mío, alguien lo sacó de mí o de alguien que lo guardaba por amor —dije—. Ambas opciones me interesan.
Raquel bajó de un banco donde se había subido sin que nadie le diera permiso.
—No me gusta el espejo.
—A mí tampoco.
—Entonces déjame odiarlo de cerca.
—Lo odiarás detrás de Mara.
—Eso sigue siendo cerca si Mara se mueve mucho.
Mara puso una mano sobre la cabeza de Raquel y la empujó suavemente detrás de sí.
—Hoy soy muralla. Hazme quedar bien.
Antes de permitirme acercarme al espejo, Pietro exigió que alguien le explicara por qué media ciudad murmuraba ya sobre una mujer que traía calles extranjeras en el desayuno.
No era una exigencia absurda. Si un grupo de desconocidos llegaba a mi taller pidiendo que un objeto peligroso confirmara si un apodo infantil había sido robado por un hombre que todavía no se dignaba a aparecer, yo también habría querido una historia, un arma o una excusa para cobrar el triple.
—No traigo calles —dije.
Pietro cruzó los brazos.
—Las personas que no traen calles rara vez llegan con un sello de Morosini, una intérprete que amenaza con sonreír y un otomano que mira mis hornos como si pudieran declarar ante un tribunal.
Kemal no apartó los ojos del horno principal.
—Los hornos son testigos pobres. Destruyen demasiado.
—Mis hornos crean.
—Entonces también saben qué cuesta transformar.
Pietro miró a Kemal con una molestia nueva, la molestia de un artesano obligado a aceptar que un extraño había elegido la palabra correcta. Después se volvió hacia mí.
—Cuéntamelo sin poesía.
—Una ruta de memoria abrió una calle madrileña en un canal.
Un niño dijo un apodo que no podía conocer.
Un pan contenía papel molido y tinta veneciana.
El Atlas distingue entre memoria aparente y propiedad suficiente.
Necesitamos saber si el apodo pertenece a mi recuerdo, al de otra persona, o a alguien que lo está usando como llave.
Pietro asintió una sola vez.
—Eso era bastante poesía, pero al menos tenía dientes.
Lía Abravanel aún no había entrado en nuestra vida, pero en aquel momento pensé que ella y Pietro habrían podido fundar una república pequeña basada en insultos útiles.
Me pregunté cuántas personas como ellos había en Venecia: artesanos que entendían que la belleza era un subproducto, no una disculpa.
El maestro nos llevó primero por el taller para mostrarnos las reglas sin explicarlas como historia.
Una mesa contenía espejos normales, brillantes, destinados a mujeres con dinero y hombres que se miraban más de lo que admitían.
Otra mesa tenía vidrios verdes con burbujas atrapadas dentro, cada burbuja un pequeño defecto que, según Pietro, demostraba que el vidrio había respirado antes de obedecer.
Al fondo había tres piezas cubiertas. Una de ellas emitía una vibración casi inaudible, el tipo de sonido que se siente en los dientes antes de oírse en el oído.
Raquel intentó tocar una esfera azul.
Mara la sujetó por el cuello de la camisa sin mirar.
—No.
—No iba a romperla.
—Esa frase ha sido pronunciada antes de más tragedias que la palabra destino.
Pietro señaló a Raquel con una pinza.
—Esa niña tiene manos de ladrona.
—Gracias —dijo Raquel.
—No era elogio.
—Lo acepto igual. Hay escasez.
El maestro ocultó una sonrisa bajo la barba quemada, pero el taller no se relajó.
Los aprendices seguían demasiado atentos.
Uno de ellos, el muchacho que luego intentaría vender el horario, limpiaba la misma caña una y otra vez.
No miraba el espejo cubierto. Eso fue lo que me hizo mirarlo.
La gente culpable mira demasiado los objetos peligrosos; la gente entrenada para entregar información evita mirarlos como si el vacío pudiera absolverla.
Kemal se acercó a mí mientras Pietro discutía con Hamza sobre si un permiso otomano podía proteger una prueba dentro de jurisdicción veneciana.
—El aprendiz de la puerta pequeña —dijo.
—Lo vi.
—Quería asegurarme.
—¿De que no estaba distraída por mi propia infancia robada?
—De que no pensabas usarlo como excusa para no decir que estás afectada.
La frase no fue suave. Tampoco fue cruel. Kemal tenía una forma de tocar la verdad con los nudillos, no con cuchillo. A veces prefería el cuchillo.
—Estoy funcionalmente afectada.
—Eso suena a informe de Hamza.
—Hamza se sentiría halagado y haría tres copias.
—Inés.
Mi nombre, esta vez, no fue orden. Fue cuerda tirada con cuidado.