No toda verdad debe ser recordada (La Sombra de la Media Luna nº 4) CAPÍTULO 4 Aureliano Soranzo sonrió con mi infancia #2
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CAPÍTULO 4 Aureliano Soranzo sonrió con mi infancia #2

No fuerte. No necesitaba hacerlo. El bastón tenía una empuñadura de marfil tallada con forma de garza, y la sala reaccionó como si la garza pudiera dictar sentencias.

Los asistentes se movieron. El músico sin instrumento encontró, de alguna parte, un laúd pequeño y empezó a afinar una cuerda que nadie le había pedido tocar.

El perro blanco cambió de postura y colocó la cabeza sobre las patas delanteras con una elegancia que sugería decepción hereditaria.

—Basta de olisquear cicatrices —dijo Vittoria—. Si vais a hacer política con recuerdos, al menos comed algo antes de ensuciar el suelo.

—Tía —dijo Aureliano con paciencia.

—No me tía en público. Me hace parecer responsable de tu educación.

Mara inclinó la cabeza.

—Creo que me gusta.

—No adoptes nobles venecianas —murmuré.

—Tarde. Ya estoy comparando precios.

Vittoria señaló las sillas. No las ofreció.

Las asignó. A mí me tocó una con respaldo bajo, desde la cual podía ver las dos puertas principales y la ventana; a Kemal, una a mi derecha pero no demasiado cerca; a Mara, otra que ella desplazó tres dedos para no perder de vista la cortina detrás del aparador.

Aureliano observó esos pequeños ajustes con placer genuino.

No se le escapaba nada. Ese era parte de su peligro: la atención completa puede sentirse como intimidad para quienes han pasado la vida siendo observados solo como función.

No le concedí el error.

—Dime cómo encuentras memorias sueltas —dije.

—No empiezas por agradecer.

—No empiezo por deber.

—No es lo mismo.

—Por eso lo dije.

Vittoria chasqueó la lengua, encantada. Aureliano tomó asiento frente a mí y dejó que la luz del canal lo alcanzara por el perfil correcto.

Había hombres que aprendían a luchar con espada, con ley, con dinero.

Él había aprendido a luchar con la sensación de ser visto.

Contra otra persona, quizá funcionaría de inmediato: la víctima se sentiría elegida, descubierta, reconocida por fin.

Contra mí, funcionaba de otra manera. Me daba ganas de contarle los dientes.

—Las memorias no se pierden igual que las llaves —dijo—.

Las llaves caen. Las memorias se desprenden cuando alguien las carga sin lugar donde ponerlas.

Exilio, duelo, fiebre, culpa, vejez, amor mal enterrado.

Venecia está llena de bordes donde esas cosas se enganchan.

Puentes, espejos, máscaras, panaderías, cartas nunca enviadas.

Mi familia aprendió a recoger lo que otros dejaban sangrar.

—Qué noble. ¿Las familias pobres también tienen el privilegio de recuperar sus propias pérdidas o solo pueden admirar vuestra colección?

—Las devolvemos cuando sabemos a quién.

—Y cuando no, las guardas.

—Cuando no, las protegemos de quienes las usarían peor.

—Ese argumento tiene una barba larga. Lo he oído con reliquias, con archivos, con testimonios, con cuerpos.

Kemal apoyó la mano sobre la mesa, no cerca de la mía, pero en el mismo campo de visión. No era casual. Me estaba dando un objeto presente, algo que no pertenecía a Aureliano ni al pasado. Una mano viva, quieta, sin reclamo. Mi cuerpo, traicionero pero educable, la registró.

Aureliano la registró también.

—Él te deja sola con demasiadas decisiones —dijo.

—Tú intentas acompañarme dentro de decisiones que no te invitaron.

—A veces entrar a tiempo salva.

—A veces entrar sin permiso se llama allanamiento, incluso si llevas flores.

Vittoria soltó una carcajada seca.

—Aureliano, la mujer te está dejando menos guapo. Me agrada.

Aureliano no perdió la sonrisa, pero la puso bajo llave.

—Caterina Ziani querrá verte.

Ahí estaba el otro nombre, colocado en la mesa por fin. No como amenaza. Como destino social. En Venecia, según empezaba a entender, las amenazas que se presentaban como destino social eran las más caras.

—¿Trabajas para ella? —preguntó Kemal.

—Trabajar es una palabra triste.

—Entonces lo reformulo: ¿ella se beneficia de lo que haces?

—Media Venecia se beneficia de lo que hago. La otra media finge horror hasta que necesita recordar una frontera, una promesa, una ofensa o el nombre de un muerto cuya familia desea negociar mejor.

—¿Y Caterina?

Por primera vez, Aureliano miró hacia la ventana antes de responder.

—Caterina cree que la guerra es memoria mal administrada.

La frase era demasiado buena para ser espontánea. También demasiado peligrosa para ser descartada.

—Y tú le administras memoria.

—Yo le muestro rutas que otros ya han dejado.

—¿Con permiso?

Aureliano tomó una aceituna y la dejó intacta entre los dedos.

—El permiso, Inés, es sencillo en habitaciones pequeñas y cruel en ciudades que van a arder.

Si dos familias recuerdan la misma matanza de maneras incompatibles, y una memoria compartida puede impedir que sus hijos se maten mañana, ¿de verdad vas a preguntar primero si la abuela que guardó el dolor autorizó su uso político?

La habitación se volvió más honesta. Ahí estaba la trampa moral, no en la naranja, no en el apodo, no en su belleza cuidadosamente colocada. Estaba en esa pregunta. Si la memoria robada podía salvar vidas, negarse a usarla se parecía demasiado al lujo de quien no sangraría por la negativa.

Había aprendido a temer los argumentos que funcionaban.

—Voy a preguntar precisamente porque los hijos no deberían vivir en una ciudad construida con abuelas abiertas como mapas —dije.

—¿Y si mientras preguntas mueren?

—Entonces alguien deberá vivir con el peso de no haber encontrado un método limpio a tiempo. Pero el método sucio no se vuelve limpio porque el reloj grite.

Kemal me miró entonces, un instante. No con orgullo.

Con recuerdo. La isla estaba allí, entre nosotros: las velas de horas prestadas, las mujeres que habían firmado con hambre, los niños que respiraban gracias a tardes ajenas.

No necesitábamos decirlo. Aureliano no conocía esa isla, no de verdad, aunque quizá alguna memoria suelta le hubiera dado imágenes.

No conocía el olor de las velas devolviendo cicatrices. Nosotros sí.

Aureliano también notó el silencio.

—Ah —dijo suavemente—. Esto ya te ocurrió con otra forma.

—No uses mi historia como llave.

—No la he tocado.

—Acabas de probar la cerradura.

La tensión rozó por fin algo afilado. Vittoria levantó la copa, no para beber sino para estudiar el color del vino contra la luz.

—Caterina no es una ladrona vulgar —dijo—.

Eso la hace más peligrosa, no menos. Aureliano cree que la utilidad redime la procedencia.

Caterina cree que la procedencia se vuelve secundaria si el resultado evita cadáveres.

Tú, al parecer, vienes de algún lugar donde ya aprendiste que los cadáveres evitados pueden esconder vivos robados.

La miré con más atención.

—¿Y usted qué cree?

—Que todos los sistemas morales suenan mejor antes de la cena.

—Eso no responde.

—Responde bastante si has sobrevivido a suficientes cenas.

Mara hizo un gesto mínimo con la mano: útil, pero no segura. Archivé a Vittoria en esa categoría. Las categorías tranquilizan poco, pero al menos evitan que una confunda el filo de una persona con el mango.

El músico empezó a tocar una línea baja, casi imperceptible. No era entretenimiento. Era cobertura sonora. Aureliano quería privacidad sin parecer que la pedía.

—No soy tu enemigo necesario —dijo él.

—Nadie es necesario hasta que empieza a llamarse así.

—Podría ayudarte a encontrar quién usó tu calle en el pan.

—Podrías empezar diciendo quién te dio mi apodo.

—No me lo dieron.

—Lo encontraste.

—Lo rescaté.

—Lo repetiste.

El golpe entró. Lo vi en sus dedos, no en su cara. La naranja sobre la mesa rodó apenas porque su mano, por primera vez, perdió una fracción de control.

—Sí —dijo—. Lo repetí.

No era una disculpa. Pero tampoco era evasión. Me sorprendió lo suficiente para no llenar el silencio.

—Hay memorias que llegan con voces pegadas —continuó—. Una vez oídas, no pueden desoírse. Puedo elegir no usarlas. Hoy elegí mal.

Kemal no se movió. Mara tampoco. La sala entera pareció inclinarse hacia mí, esperando si convertiría esa admisión en golpe.

Quise hacerlo. Tenía frases preparadas. Algunas hermosas, otras eficientes. Pero si el objetivo era construir una herramienta que pudiera distinguir entre memoria rescatada, robada y usada, entonces debía notar incluso cuando un hombre peligroso decía una verdad pequeña.

—Elegiste mal —repetí—. Y sigues esperando que el hecho de reconocerlo te devuelva autoridad.

Aureliano sonrió apenas.

—Tu crueldad tiene muy buena puntería.

—No es crueldad. Es contabilidad.

Vittoria volvió a reír. El perro blanco, quizá cansado de la política, se levantó y caminó hasta Kemal. Lo olfateó con sospecha. Kemal le ofreció el dorso de la mano, sin tocar. El perro decidió que esa forma de respeto era aceptable y apoyó la cabeza contra su rodilla.

Mara abrió mucho los ojos.

—Traición canina.

—El perro reconoce fronteras —dijo Kemal.

—El perro reconoce hombres que no huelen a naranjas manipuladoras —murmuré.

Aureliano miró al perro con una expresión de ofensa más real que cualquiera de sus heridas sociales.

—Bruto no suele elegir extranjeros.

—Bruto tiene gustos democráticos —dijo Vittoria.

El pequeño absurdo relajó la sala lo justo para que la siguiente amenaza entrara más limpia. Un asistente se acercó a Aureliano y le susurró algo. Él escuchó, asintió y volvió a nosotros.

—Caterina ha convocado una recepción mañana.

Estarán los Morosini, los Contarini, dos enviados milaneses, tres familias que llevan veinte años sin sentarse bajo el mismo techo y una viuda griega que recuerda una matanza mejor que los archivos.

Si queréis entender el Atlas antes de que alguien lo convierta en tratado, venid.

—¿Invitación o advertencia? —preguntó Mara.

—En Venecia, querida, la diferencia depende del vestido.

—No me llames querida —dijo Mara con dulzura.

—Anotado.

Aureliano señaló el paquete de seda.