No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 83
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—¡Michael Lee!

El hombre se dio la vuelta.

Se quedó un segundo observando a Tilda y reaccionó.

—¡Que me parta un rayo! No me lo puedo creer, si es Tilda Glass. La auténtica y escurridiza Tilda Glass —afirmó el hombre.

—Shh. No grites, Michael, veo que no has perdido tu voz de tenor.

El hombre sonrió, se acomodó y dejó su maletín a sus pies. Cruzó las piernas y se giró hacia ella.

—Increíble… —dijo indicando los dos asientos—. ¿Qué probabilidad teníamos de vernos en un avión de vuelta a Londres?

Ella se ruborizó.

—¿Cuánto hace, Tilda? ¿Quince años?

Ella se ruborizó aún más.

—Creo que eres muy prudente, han pasado casi treinta.

—Dios santo, cómo pasa el tiempo.

—¿Aún te acuerdas de aquello?

Él miró a su alrededor.

—¿Cómo podría olvidar esos maravillosos meses juntos?

Ella arqueó la boca, sorprendida.

—Michael Lee, tú eras un donjuán. Después de mí y antes de mí, hubo un sinfín.

—No te lo discuto, pero esos meses… —dijo y lo repitió con más ahínco—. ¡Esos meses! Los recuerdo tanto. No te puedo explicar cuánto.

—Eres el mismo embaucador de siempre.

—Soy sincero y te estoy diciendo que fue una época preciosa.

Ella subió las cejas y ladeó la cabeza.

El avión se estaba desplazando hacia atrás, ayudado por un tractor de remolque. Tilda dio un sorbo a su copa de champán.

Al girarse de nuevo, vio que el elegante hombre la estaba mirando intensamente. Recordaba muy bien esa mirada. Durante un tiempo se despertaba con esos ojos verdes clavados en ella.

Como siempre, Michael vestía un traje ajustado y de sastrería. Nada de prefabricado, solo artesanos a medida de Bond Street.

—¿Quieres que te desvele un secreto? —preguntó él.

—A ver…

—Sé por qué estás aquí.

—¿De verdad? —respondió ella con un tono intrigado.

—Sí. He seguido muy de cerca todos tus artículos y tus reportajes. El renacer de la vieja pantera en el The Britannia Post .

Pocos la llamaban así. Después de muchos años, solo Michael Lee y pocos lectores de entonces se acordaban de la pantera negra.

—Estoy impresionada…

El hombre se giró y pidió una copa de champán. También pidió que volvieran a llenar la de Tilda.

Cuando la tuvo llena, la alzó.

—Te propongo un brindis.

—¿Y por qué brindamos?

—Porque las casualidades no existen. Por los viejos tiempos.

Ella acercó la copa y los dos brindaron.

Dieron un sorbo y él lo hizo sin quitarle la vista.

—Tengo una idea.

—Ay, ay, conozco ese tono, Michael.

—Ya lo sabes, soy un libro abierto para ti.

—Nunca lo has sido, Michael.

—Dame una oportunidad. ¿Qué haces después?

—¿Después?

—Sí, al aterrizar, ¿te apetece tomar una copa? A lo mejor en un pub o incluso si quieres algo menos mundano, en mi nuevo ático…

Ella miró por la ventanilla. El avión ya se estaba acercando a la pista de despegue.

—Eres igual que siempre.

—¡Venga! ¿Qué me dices?

Tilda fue a contestar cuando un ruido la interrumpió.

En el bolso de Prada, su teléfono sonó. La azafata se acercó.

—Tienen que poner sus dispositivos móviles en silencio, por favor, vamos a despegar en breve —le dijo a la periodista.

Ella ni la escuchó.

El timbre era un mensaje de Telegram . Desbloqueó el teléfono y entendió que la historia por la que había acudido a París no se había acabado todavía.

Su Eminencia había enviado un mensaje. Pero no era uno normal, era algo nuevo esta vez. Un vídeo había entrado en su dispositivo.

No podía verlo allí, entre tanta gente.

Pero no podía dejarlo para después. ¿Y si era algo relacionado con París o un asesinato más?

—¿Tilda? —preguntó él.

—Un momento, Michael —respondió tajante.

Se colocó los auriculares y le dio al play .

La imagen la dejó paralizada.

Era la primera vez que le veía la cara a Su Eminencia.

La imagen estaba encuadrada desde el pecho hacia arriba del hombre. Se movía con la solemnidad rígida de una retransmisión litúrgica. Su Eminencia llevaba sotana negra impecable, alzacuellos blanco y una muceta oscura que caía con una perfección casi excesiva.

Su rostro era sereno, severo y ascético.

No parecía grotesco, ni menos aún, un asesino despiadado. Nada en él transmitía locura.

Allí precisamente radicaba lo inquietante: parecía un hombre perfectamente normal.

Pero solo aparentemente normal.

Casi creíble.

«Hijos míos,

Si he decidido hablaros hoy, aunque sea por este medio indigno, es porque el mundo ha llegado a un punto de corrupción en el que callar sería pecado. Yo, a mi edad, no tengo ni tiempo ni deseo de ser cobarde ante Dios.

Durante años os han enseñado que los mandamientos eran reliquias de otro tiempo. Os han dicho que matar puede ser compasión, que traicionar puede ser libertad y que el cuerpo no tiene límites mientras el deseo lo justifique.

Ésa ha sido la gran mentira de vuestra época.

«No matarás» no fue dado solo para impedir la sangre, sino para recordar al hombre que no es dueño absoluto de la vida.

Y «No tocarás», que habéis querido convertir en una vieja consigna incómoda, sigue recordando que no todo deseo merece obediencia y que no toda pasión es inocente…»

Cuanto más hablaba Su Eminencia, Tilda más tenía la impresión de estar en una pesadilla.

Su Eminencia, en persona. Se lo había imaginado más viejo y más experto. Alguien que quería dar un último coletazo, no una persona de esa edad, más joven que ella.

Detrás de él se alzaba el interior de una iglesia.

Un ábside de piedra en penumbra. Dos cirios altos encendidos.

Un crucifijo antiguo suspendido al fondo.

Paneles de madera oscura. Un ambón de nogal tallado.

A un lado, una imagen de la Virgen velada por sombras doradas.

Al otro, una vidriera apenas visible, de mil colores, como si fuera de madrugada o de última hora de la tarde.

«… Lo más insoportable de este tiempo no es el pecado.

Es el orgullo con que ahora se exhibe.

Políticos corruptos hablando de virtud.

Ministros del altar mancillando aquello que juraron proteger.

Hombres y mujeres convirtiendo la traición en una forma de vida.

Y cuando llega el castigo, todos fingen escándalo.

Por eso os lo advierto:

Esto no ha terminado.

Después de la sangre y de la carne, llegará el tiempo de la mentira.

No matarás.

No tocarás.

No mentirás.

El infierno está entre nosotros.

Los ojos de Dios lo ven todo y yo seguiré siendo su mano ejecutora.

Amén.»

Después del vídeo había un mensaje escrito de Su Eminencia.

«Nos vemos pronto, Tilda, en Milán».

Al acabarse el vídeo, a Tilda se le planteó la pregunta más sofocante de su carrera.

¿Qué debía hacer ahora?

—¿Todo bien, Tilda? —preguntó Michael.

Ella ni siquiera le escuchó.

No supo cómo ni por qué, pero se levantó, tirando la copa de champán y enredándose en el cable de los auriculares.

Pasó por delante de otro pasajero y se fue directamente a la parte anterior del avión.

Cuando las azafatas sentadas la vieron se alarmaron.

—Señora, tiene que sentarse, estamos a punto de despegar.

—No pueden despegar. Tengo que bajar.

Las mujeres se sorprendieron.

—¿Se encuentra bien? ¿Es una emergencia?

—Es una emergencia, sí.

Las azafatas quisieron saber si ella estaba bien o tenía algún problema de salud.

—No, es que necesito bajar. He recibido una información muy importante y tengo que bajarme.

—¿Qué información, señora? —preguntó la azafata más veterana, por si era algo relacionado con ese vuelo.

—No os lo puedo explicar.

—Tiene que sentarse, por favor.

—Pero…

—Tiene que sentarse —dijo la azafata con firmeza—. Si insiste en interferir con la tripulación, avisaremos al comandante y será detenida al aterrizar en Londres. Así que le aconsejo que se siente, se abroche el cinturón y cuando llegue a Londres, entonces haga lo que tenga que hacer.

Tilda se quedó sin palabras. Solo pudo darse la vuelta y regresar a su asiento en segunda fila.

Todo el avión tenía los ojos sobre ella.

Apretó los dientes y regresó a su asiento.

Una vez abrochado el cinturón, pensó que, mañana por la mañana, toda esa gente vería en la página web de The Britannia Post lo que ella acababa de recibir.

—¿Estás bien? —preguntó Michael.

Ella no respondió.

Se limitó a sonreír y a mirar por la ventanilla.

El avión despegó y ella sintió una presión en el pecho. Su Eminencia no era como se imaginaba. Pero eso no era lo peor. Acababa de recibir la confirmación de que la cruzada del Asesino de los Diez Mandamientos aún no había terminado.