No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 82
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—Gracias por venir —dijo Antoine.

El inspector de la policía de la DAS de París seguía con la pierna levantada, pero en la estancia del hospital se respiraba un aire muy diferente a la última vez que Minerva había estado allí.

—Es lo mínimo que podíamos hacer —respondió Minerva—. Veo que estás muy bien acompañado.

La inspectora señaló a Sophie, que estaba a su lado, sujetándole la mano.

Esta sonrió y se ruborizó.

Los dos se miraron con complicidad y luego bajaron la vista.

—Creemos que fue un tal Rufus el que te hizo caer de la moto —dijo Claudio, que estaba de pie al lado de Minerva, a los pies de la cama—. Escuché a la asesina llamarlo por ese nombre.

—¿Por qué no os sentáis? —preguntó Antoine.

Minerva negó con la mano e indicó el reloj de pared con la barbilla.

—Tenemos poco tiempo, nuestros vuelos salen en breve.

Antoine asintió.

—Me han dicho que… —añadió Antoine mirando a Claudio—. Judith Delatour te tenía preparado el mismo tratamiento especial que a las demás víctimas.

—Si no hubiese sido por la rápida intervención de Minerva, ahora estaría en el sótano, en la morgue.

Minerva no reaccionó.

—Por suerte la pudimos detener —dijo Minerva y cerró el puño—. Pero aún no hemos conseguido coger al otro asesino de Su Eminencia. Ya lo teníamos, casi lo teníamos, y se me escapó. ¿Quién demonios iba a imaginarse que ese perfume podría tener un efecto tan devastador…?

—Minerva, no te fustigues. Son cosas que pasan.

Seguramente, a un inspector cualquiera, le habría servido una respuesta como esa.

Pero ella era Minerva Cadalso, y eso no le bastaba.

Necesitaba entender. Necesitaba sacar la verdad de su madriguera.

Porque, en su interior, había anidado la peor de las sensaciones: Su Eminencia no se detendría solo con dos mandamientos.

Pero no tenía ganas de seguir discutiendo. El caso de París y del Sexto Mandamiento se había terminado.

—Gracias, Antoine. Cuídate mucho. Espero que, por fin, encontréis lo que buscabais… —dijo indicando a Sophie.

—Gracias —respondió ella.

Eso no le bastó a Minerva, miró directamente a Antoine y siguió.

—Sophie tiene mi número de teléfono, como le partas el corazón, vendré y te partiré la otra pierna. ¿Me has entendido? —amenazó muy seria.

El inspector levantó la mano.

—Prometido —respondió. Luego bajó la mano y la apoyó en la de la mujer que estaba a su lado.

Claudio les dio su bendición y dos besos. A Minerva no le gustaban esas despedidas tan efusivas. Salió y lo esperó fuera.

Claudio cerró la puerta.

La imagen del seminarista con sotana que tenía delante difería mucho de la que recordaba el día antes, colgado por una soga al cuello.

Desnudo, Claudio era mucho más atractivo. Esa ropa larga y oscura le hacía perder uno de sus grandes atractivos: un cuerpo fuerte y escultural, con los abdominales bien marcados.

—¿Vamos? —preguntó él.

Ella asintió y se dio la vuelta. Se despidieron del policía que presidía la puerta y protegía al inspector, y se marcharon en dirección al ascensor.

—Minerva, ¿qué te pasa? Te veo rara desde ayer…

—Nada, ya me lo has preguntado.

—No, te pasa algo, si no me lo quieres decir, es otra cosa. Venga, ¿qué te pasa?

Ella apretó el botón del ascensor. Ante la insistencia de Claudio, se giró y lo miró directamente. De pronto sintió que se hundía en el azul de sus ojos.

—Está bien —bufó—. ¿Quién es Valeria?

La pregunta no pilló desprevenido a Claudio. En su corazón, sabía que era algo de lo sucedido en ese laboratorio de perfumes.

—Me dejó tirado en el altar. Me iba a casar con ella, pero, por suerte, no se presentó.

Minerva arrugó el ceño.

—¿Por suerte?

—Sí, porque ya se estaba viendo con Calogero. Nos habríamos casado y luego… ya sabes cómo pueden ir esas cosas.

Minerva se cruzó de brazos y se giró hacia el ascensor.

—No me lo esperaba.

—¿Qué es lo que no te esperabas?

—Que un cura hubiera estado a punto de casarse.

Él se rio sarcásticamente.

—Antes de emprender el camino religioso, era un hombre corriente.

Ella se encogió de hombros.

Las puertas se abrieron y entraron. Minerva apretó rápidamente el botón del entresuelo, como si quisiera que ese trayecto durase lo menos posible.

—¿Tú nunca has tenido un novio?

Ella lo miró de soslayo.

En el ascensor había dos enfermeras y un paciente, que también bajaban.

—No es asunto tuyo —susurró ella.

—O sea, yo te confieso que mi novia me engañaba y me plantó en el altar, y tú no puedes ni admitir que has tenido algún novio hasta ahora.

—¿Quieres bajar la voz?

La escena surrealista hizo que las dos enfermeras comenzaran a chismorrear. Un cura que hablaba de su matrimonio y la otra mujer que se comportaba como si aún fuera virgen.

Minerva apretó el botón otra vez.

—¿Es que este ascensor es el más lento de París o qué?

—¿Por qué te pone tan nerviosa este tema?

—¡Quieres callar!

Él se calló, hasta que las puertas se abrieron y Minerva salió como una bala.

Minerva caminó delante del seminarista hasta salir del hospital. Una vez fuera, tomó una bocanada de aire fresco.

Se detuvo bajo un techo donde los visitantes del hospital se refugiaban cuando llovía.

—¿Entonces?

Ella se pasó las manos por el pelo. El corte estilo pixie se desordenó aún más.

—Nada, Claudio. No pasa nada.

—Minerva, empiezo a conocerte. ¿Qué te pasa?

—Ya te lo he dicho. Me resulta… —dijo y buscó una palabra adecuada—, extraño, eso es todo.

—¿El qué? —preguntó él sonriendo.

Minerva miró hacia el coche con cristales oscuros. El chofer los esperaba. En el maletero estaban sus maletas y faltaba una hora y media de tráfico hasta el aeropuerto para volver a sus respectivas ciudades.

Le pasó por la cabeza la opción de decir la verdad. Sí, debería haberle dicho la verdad. Pero a veces la verdad de una persona no es lo que el otro quiere escuchar.

No, no era una situación adecuada para decir la verdad.

Así que optó por una media verdad.

—Estarás contento, ¿no? Ahora volverás a casa y tendrás de nuevo a tu Valeria, lista para seguir con vuestra historia de amor. Podrás dejar el celibato… —dijo mientras señalaba la sotana—. Y recuperar tu vida como antes, ¿no te parece?

Claudio se entristeció al escuchar esas palabras.

Esa era la última respuesta que se esperaba. Después de salvarlo y verlo desnudo, tanto físicamente como internamente, no se esperaba esa reacción.

El viejo Claudio se habría marchado y punto.

Pero él ya no era el viejo Claudio.

¿Qué le pasaba a Minerva?

Necesitó unos instantes para entenderlo.

No se atrevió a decirlo en voz alta, pero Claudio creyó que Minerva estaba celosa.

¿Celosa?

¿Podría ser eso cierto?

¿Desde cuándo?

¿Cómo, y por qué?

Si él era un chico cualquiera, nada del otro mundo. Solo tenía los ojos claros. Pero nada más.

—¿Te preocupa Valeria? —preguntó y negó con la cabeza—. Pues nuestra historia se acabó el día que no se presentó en la iglesia.

—Me da igual lo que pasó. Creo que nos tenemos que marchar —dijo ella y comenzó a caminar hacia el coche.

Claudio no la dejó escapar.

La cogió de un brazo y la arrastró hacia él con una fuerza que la sorprendió.

Los dos se miraron, a menos de un palmo.

—¿Tienes prisa por marcharte? —dijo él.

—Tenemos que marcharnos o perderemos el avión.

Él asintió, pero no la dejó ir.

Era la primera vez que se miraban tan de cerca, con tanta intensidad.

Para la gente de alrededor, la imagen era algo inquietante: un sacerdote y una mujer, mirándose como dos enamorados.

Pero a ellos dos les daba igual lo que pensaran las personas que entraban y salían del hospital.

—Mi vida sigue en una dirección distinta a la de Valeria.

Le deseo lo mejor, pero ella ya no forma parte de mi vida.

Ni siquiera deseo estar con ella —dijo, se dio cuenta de cómo había sonado eso y rectificó con un carraspeo—.

Quiero decir, que si no estuviera en camino de ser cura, ella sería la última persona que me interesaría.

Minerva tragó saliva. Miró sus labios carnosos y se pasó la lengua por los suyos.

—¿Y quién te interesaría, si no estuvieras en camino de ser cura?

Claudio tardó en responder.

Cuando finalmente abrió la boca, el claxon del chófer que los esperaba los interrumpió.

Los dos se giraron. El chófer que les indicó con un gesto que llegaban tarde.

Ambos suspiraron.

—Será mejor que nos vayamos.

—Sí, será mejor —confirmó él.

Ella apartó la mirada de los ojos azules de él y se fueron caminando hacia el coche.

Durante todo el trayecto, no intercambiaron una palabra más. El chofer los dejó en la terminal y caminaron hasta el control de seguridad, lo pasaron y se quedaron delante de los monitores de salidas. Ella debía irse hacia la derecha y él hacia la izquierda.

—Yo me voy… —dijeron al unísono.

Sonrieron y Claudio fue a decir algo, pero ella lo interrumpió.

Minerva le pasó la mano por la mejilla. Su barba rasposa de varios días le pinchó los dedos, pero no dijo nada.

—Cuídate —le dijo mientras nadaba una última vez en sus ojos azul mediterráneo.

Luego, sin esperar a que él dijera nada, se giró y se marchó.

Desapareció en medio de la gente. Claudio la vio marcharse, arrastrando su maleta.

Ella no quiso girarse. Entró en el Duty Free y aceleró el paso, a pesar de sentir la mirada de él sobre su espalda.

Caminó hacia su puerta de embarque, donde Stan la esperaba. Mientras, se repetía la pregunta que quedó sin respuesta. La pregunta que intuía que la atormentaría en los siguientes días, semanas o incluso meses.

La pregunta que el destino no quiso que fuera respondida.

La pregunta de todas las preguntas.

Una pregunta que, en ese momento, pasaba por encima de las que se cernían al caso y quedaban abiertas:

¿Quién era su Eminencia?

¿Dónde estaba?

¿Seguiría matando?

¿O se había acabado todo?

No, la pregunta que taladraba a Minerva era una mucho más sencilla.

Y era precisamente esa que ella, delante del hospital de París, le había formulado a Claudio.