No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 81
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El taxi los dejó en el aeropuerto y se marchó.

Stan cogió las maletas y las cargó en un carrito. Sonrió a Tilda y entraron en la terminal.

Después de la operación, que había acabado con la muerte de Judith Delatour y de cuatro víctimas más, la reportera y el jefe de la DAS de Madrid volvían a casa.

—No me parece verdad verte en un aeropuerto —dijo ella.

Él resopló.

—He pensado en regresar en coche, pero son muchas horas de viaje, maldita sea. Me engañaron para venir, y ahora me toca volver con un pájaro mecanizado de estos —gruñó Stan.

Tilda suspiró, poniendo los ojos en blanco.

—Si te ayuda, piensa que, si los pájaros vuelan, los aviones también pueden volar.

—No me vengas con las típicas frasecitas que se dicen a los que tienen fobia a volar —contestó Stan, mientras empujaba el carro con las maletas.

Solo con ver el control de seguridad, empezó a sudar—.

Si Dios hubiera querido que voláramos, nos habría implantado unas alas en la espalda.

Pero no es así. Esto de volar es antinatural, lo mires como lo mires.

Tilda se rio por lo bajo. Stan era un caso perdido.

Stan se detuvo justo delante de la última puerta de acceso, que se abría con el código QR del billete.

—Bueno, nos volvemos a separar… —dijo ella.

—Eso parece —contestó él con tristeza.

—Supongo que nos volveremos a ver pronto.

—Ya…

Stan sacó su maleta y la de la mujer. Dejó el carro a un lado.

Los dos se quedaron mirándose. A él le habría gustado decirle cuánto le gustaba y cuánto deseaba estar con ella. Pero el miedo lo bloqueó otra vez.

El miedo a los jodidos aviones.

El miedo a sufrir otra vez.

El miedo a los fantasmas de Mirella.

El miedo bloqueó sus palabras, a pesar de todas las veces que había ensayado esa situación. Las decenas y decenas de veces que, delante de un espejo, probó a decirlo, por si había una segunda oportunidad.

Pero la ficción no tiene nada que ver con la realidad. La escena del espejo en su casa no era lo mismo que ahí, en el aeropuerto, rodeados de gente.

—¿Seguro que no prefieres que espere aquí hasta que llegue Minerva? —preguntó Tilda.

Él hizo un gesto con la mano.

—Da igual, enseguida estará aquí, no te preocupes. Vete o perderás el avión.

Ella sonrió y bajó la mirada a su iPhone . En la pantalla aparecía el billete, listo para pasar por el lector y dejar atrás París, a la Asesina del Sexto Mandamiento y, tristemente, también a Stan.

Tilda lo abrazó. Después se giró y fue a pasar el código.

Él no hizo nada.

Tilda se acercó y el lector falló. No reconoció el código.

Ella apartó el móvil y subió la intensidad de la pantalla.

Stan, viendo sus dificultades, levantó su billete, impreso en una hoja.

—A la vieja usanza nunca falla —dijo señalando el papel.

—Ya… supongo.

Tilda se giró hacia la puerta giratoria y se detuvo.

—Stan…

—Sí, dime…

Ella suspiró. Estaba convencida de que no volvería a preguntárselo, de que no iba a humillarse otra vez, pero el recuerdo vívido de las noches que pasaron juntos en Madrid fue más fuerte que ella.

—¿Estás seguro de que no quieres venir a Londres?

Los ojos de Stan se iluminaron.

—Me encantaría.

—¿Sí?

—Me encantaría ir, si no fuera por este maldito…

—¡Stan! Si lo has hecho una vez, ¿por qué no puedes soportarlo otra más? Ven a Londres.

Él suspiró.

—¿Cómo te lo explico? —susurró—. Si tienes fobia a las arañas, aunque aplastes una, cada vez que ves otra el miedo regresa.

A ella la respuesta no le gustó, pero asintió.

—¿Y si voy yo?

—Ojalá, Tilda. Ven tú.

—Pero la última vez me dijiste lo mismo y no me cogías el teléfono.

Él miró hacia otro lado y se pasó la mano por el pelo engominado.

—Antes era antes, Tilda.

Tilda se acercó y le dio un beso ligero en los labios.

Al separarse se miraron.

Stan pensó que era guapísima, con su pelo blanco y sus ojos expresivos de pantera negra dentro de una mujer esbelta y atractiva.

No dejó escapar otra oportunidad y le devolvió el beso. Esta vez, fue largo, intenso y con pasión.

Tilda se agarró a su cintura y apoyó su cuerpo en el del policía. Sintió cómo algo en sus pantalones se despertaba. Eso era una señal inequívoca.

Cuando se separaron, él tuvo que disimular y ella se puso a reír.

—Me voy o pierdo el vuelo —dijo y pasó el móvil por el lector, que ahora sí se desbloqueó y la dejó pasar—. Te escribo al móvil de Minerva cuando llegue.

Él sonrió y la despidió con la mano.

La siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo de embarque.

Tilda hizo lo mismo. A cada minuto se giraba, como hacen los enamorados.

Cuando subió al avión, se sentó en la segunda fila, en la parte delantera.

La sección business de British Airways tenía preparada para ella una copa de champán.

Dio un sorbo y un hombre se sentó justo a su lado.

Arrugó el ceño y, al observarlo mejor, lo reconoció. No podía ser verdad, era él, Michael Lee.

Al verlo, en Tilda se despertó una ola de recuerdos.