No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 80
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Rufus salía en coche de la ciudad, pensando que París era un fortín de violencia y pecados.

Rufus se había esforzado por cumplir la voluntad de Dios y de Su Eminencia, pero, aun así, se sentía inquieto.

Desconocía si el mensaje había conseguido calar en la sociedad.

No sabía si su cruzada estaba teniendo realmente un impacto notable en los fieles, en las personas.

Una vez terminada su labor, ¿realmente se cumpliría el pronóstico de Su Eminencia? ¿Los fieles dejarían de pecar? ¿La gente dejaría de caer en el adulterio?

Pero esas dudas se las guardaría para él, estaba claro. No estaba dispuesto a faltar al respeto a su mentor.

Una vez abandonado el casco antiguo, el tráfico se volvió más fluido.

Rufus decidió parar el coche y entrar en un área de servicio para repostar y comprar un café para el largo viaje.

Justo cuando paró el motor le sonó el teléfono.

El móvil, naranja y desechable, sonó con su melodía de otra época.

Contestó enseguida.

—La contraseña —ordenó Su Eminencia, sin saludo alguno.

Rufus apretó el móvil contra la oreja mientras la lluvia repicaba en el parabrisas.

—El infierno está entre nosotros.

Hubo un segundo de silencio.

—Habla.

—Judith ha muerto.

La respiración del otro lado no cambió.

—Eso ya lo sé. Quiero saber por qué ellos siguen vivos.

Rufus tragó saliva.

—Todo se torció. Llegué hasta ellos. Los tenía. El seminarista y la mujer italiana estaban en el laboratorio de la perfumería. Pero apareció la policía antes de lo previsto. Alguien tuvo que alertarlos. Judith cayó y yo…

—¿Tú, qué?

—Tuve que retirarme, Su Eminencia. Si me quedaba allí, me atrapaban.

—No era la policía, era Minerva Cadalso, la pecadora. Y yo no te envié para retirarte. Te envié para terminar la obra de Dios.

Rufus cerró los ojos un instante.

—Lo sé. Lo lamento. He fallado.

—Has fallado dos veces. Primero, al no proteger a Judith. Después, al dejar con vida al seminarista y a su exprometida. Dos errores mortales.

—No volverá a pasar.

—Eso dijiste la última vez. Tantos meses de preparaciones y tanto dinero, y nuestra obra divina se está viniendo abajo. No permitiré otro fallo, ángel de Dios.

Rufus apretó los dientes.

—Escapé por los pelos. Me están buscando. He cambiado de coche, de ropa y de ruta. No podrán encontrarme esta noche.

—Me importa poco lo que tengas que hacer, lo que sí me importa es que llegues a Milán.

Rufus se incorporó en el asiento.

—¿La siguiente?

—Sí. Viajarás a Milán. Continuarás la misión. Y esta vez no quiero excusas, ni improvisaciones, ni cadáveres equivocados. Quiero eficacia. Cuando llegues me llamarás y te indicaré quién es nuestro mesías. ¿Está claro?

—Claro que sí, Su Eminencia.

—No busco tu entusiasmo, Rufus. Busco obediencia.

—La tendrá también, Su Eminencia.

—Escúchame bien. Judith ha sido útil en la muerte. Tú aún no has demostrado merecer seguir siéndolo en vida.

Rufus sintió un escalofrío que lo sacudió por completo.

—Sí, lo entiendo. Seré merecedor. No se preocupe. Lo he entendido.

—No. Aún no lo has entendido. Si en Milán vuelves a fallar, necesitarás un lugar muy remoto para que no te encuentre y te dé tu antiextremaunción.

—No fallaré —dijo Rufus bajando la voz—. Lo juro ante Dios.

—Jura menos. Cumple más.

La llamada se cortó.

Rufus miró la pantalla del teléfono y se centró en lo que le había indicado Su Eminencia. Tenía que ser más efectivo. Tenía que seguir conduciendo toda la noche hasta Milán. Allí le esperaban más indicaciones y estaría un paso más cerca de su redención.

Estaba convencido de que no fallaría otra vez. En esta ocasión, en la ciudad italiana, no dejaría que el mesías se llevara la gloria, ni que fallara por los dos.

Echó gasolina. Le esperaba un viaje de ochocientos cincuenta kilómetros.