No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 79
94%

79

La deflagración los paralizó.

Aquella fuerte explosión que venía de la tienda no presagiaba nada bueno.

Judith y Rufus se miraron pero no tuvieron tiempo de hablar.

Una figura oscura apareció por la puerta.

Minerva entró y se encontró a la Asesina del Sexto Mandamiento con el pene de Claudio en una mano y un cuchillo en la otra, a punto de ejecutar la voluntad de Su Eminencia.

Detrás de ellos estaba el mismo hombre corpulento que había visto por el cristal de la puerta.

Claudio la miraba de reojo, con la barbilla levantada y sujeto por una soga que bajaba del techo.

Estirada en el suelo, otra mujer estaba llorando con el rostro entre las manos.

La situación no era para menos.

—¡Quietos! ¡Soltadlo! —ordenó Minerva con la pistola en la mano.

Minerva entendió enseguida que lo más peligroso era esa mujer que sujetaba el cuchillo.

La mujer se giró hacia Rufus.

Minerva dio un paso hacia adelante hasta tener a pocos metros a Judith.

En una décima de segundo podría reventarle la cabeza y evitar que mutilara a Claudio.

—¡He dicho que lo soltéis! —gritó aún más fuerte—. En dos segundos dispararé. Uno…

Judith y Rufus se miraron.

Las dos miradas eran completamente diferentes. Expresiones diametralmente opuestas.

La mole, el soldado de Dios, la miró con menosprecio y condescendencia.

La mujer le devolvió la mirada con una expresión de derrota.

—¡Dos! —gritó Minerva.

Todo lo que pasó después ocurrió en pocas décimas de segundo.

Judith soltó al seminarista y bajó el cuchillo a su costado.

Rufus, al mismo tiempo que soltaba la cuerda, se encogió de hombros mirando a la asesina. Con dos zancadas rápidas huyó por la puerta del obrador. La misma por la que había entrado poco rato antes.

Minerva se acercó a la mujer, sin perderla de vista por la mirilla de la pistola.

—¡Aléjate! —le ordenó.

Judith dejó el cuchillo en la mesa central del taller de perfumería y se fue alejando, poco a poco, hacia el fondo.

Minerva le habría metido un balazo en la cabeza y habría seguido al hombre, pero decidió no hacerlo.

Su prioridad era liberar a Claudio.

Sin dejar de apuntar a la mujer, fue soltando la cuerda de la polea, hasta que Claudio se pudo sentar.

—¿Cómo estás? —preguntó ella.

Claudio le sonrió.

Sus ojos azul mediterráneo se reflejaron en los suyos.

Ella lo abrazó. Esta vez, más fuerte que las otras, con más sentimiento. Él no pudo devolvérselo por estar maniatado.

—Creo que estamos en paz, uno a uno —dijo Minerva sonriendo.

—Me gustaría que me liberases, Minerva —dijo él, algo ruborizado por estar desnudo.

La escena les recordó a lo sucedido en la clínica de Madrid. En pleno paseo de la Castellana, en la clínica de Román Gascón, Claudio le había salvado la vida a ella.

Minerva desató a Claudio y, cuando consideró que el seminarista estaba a salvo, pasó al otro lado de la mesa que estaba en el centro del taller.

—Dame un segundo.

—Sois adorables… —dijo Judith con ironía.

Minerva intentó mirar por la puerta por donde se había escapado el hombre calvo. Desde donde estaba, vio que después de un corto pasillo había una puerta semiabierta. Después se intuía un patio interno del edificio, seguramente en medio de la manzana.

Minerva se giró sin dejar de apuntar a la asesina.

—¡Bravo, inspectora! —suspiró Judith—. Muy bien, me ha encontrado.

—Ha dejado atrás demasiada muerte y demasiadas pistas, señora Dati.

Ella se contrarió.

—No, se equivoca, soy la señora Delatour.

—Lo que usted diga. Los refuerzos están llegando. Va a pasar un buen tiempo en la cárcel.

Ella negó.

—La cárcel y las leyes civiles no me interesan.

—Y entonces, ¿qué es lo que le interesa?

—A mí solo me interesa lo que piensa Dios y la salvación que Su Eminencia ha reservado para mí.

Minerva bajó la cabeza unos centímetros, hasta mirar a la mujer de frente.

Fue entonces cuando se dio cuenta.

¿Cómo no pudo verlo antes?

Ella, la inspectora Cadalso, con su especialización en criminología y estudio del comportamiento, no había sabido verlo antes.

Pero ahora lo entendía.

A Judith Delatour no le interesaba nada de lo terrenal. Le daba igual que la descubrieran en el despacho de su marido después de matarlo.

Le daba igual que Minerva y los de la policía llegasen hasta su taller y que se acabara la tradición perfumera Delatour. Nada de todo eso le interesaba.

Ella quería una redención que solo podía darle Su Eminencia.

Al llegar a esta conclusión, más dura que el acero y tan enorme como la eternidad, Minerva dedujo qué era esa mujer.

Esa mujer estaba hecha de la misma pasta que Román Gascón.

Los dos eran unos religiosos enfermizos.

No era cuestión de ir a misa los domingos, rezar antes de acostarse, leer la Biblia o hacer el bien en nombre de Dios.

No, ellos no eran unos católicos normales.

Román y Judith eran fanáticos. Y los fanáticos harían lo que fuera necesario para llevar a cabo su misión y recibir la recompensa que se les había prometido.

Judith Delatour era una fanática y no le importaban las consecuencias de sus actos.

A su modo de ver, las consecuencias se quedarían en la Tierra y ella se elevaría al nivel de mártir, de semidios. Un querubín del bien haciendo el mal. Un ángel difundiendo la palabra de Dios. Un Mesías que devolvería la fe entre tantos pecados.

—Estás muy equivocada —dijo Minerva.

Judith se sorprendió de la frase de la inspectora. La miró y sonrió amargamente.

Luego se apoyó en el banco de su laboratorio.

—¿Sabe, inspectora Cadalso…? Sabiendo que usted ha jugado con la vida de su madre, no es la más idónea para hablar de justicia.

Minerva apretó los dientes. Judith sabía dónde meter el dedo, y en qué llaga.

Claudio se giró. Seguía desnudo y se intentó tapar como pudo.

—No caigas en la tentación. Tienes que arrestarla, Minerva. No la mates. La justicia es algo divino, no nos toca a nosotros. No te ensucies las manos.

Minerva se mordisqueaba el labio y seguía apuntando.

—Quiero saber por qué has matado a tantas personas…

Judith subió las cejas.

—Si te lo explico, no lo entenderás. Ni siquiera el seminarista lo va a entender. Por cierto —dijo ella y movió la cabeza hacia el italiano—. Está muy bueno. Pero ojo, no te lo tires, que será pecado…

Tras decir eso, Judith se rio como una posesa. Minerva ladeó la cabeza.

—Qué más te da, tú en diez minutos estarás en una furgoneta hacia la prisión y no nos veremos más.

—Por eso, la carne es débil y cuando pruebas la miel, no puedes dejar de tomarla.

Minerva suspiró.

—¿Cuál es tu pecado?

La mujer pensó unos instantes.

—Todos cometemos errores, inspectora. Yo, para redimir los míos y elevarme al paraíso, solo podía hacer la voluntad de Nuestro Señor.

Minerva hizo una mueca.

—Vaya, tú también pecaste, ¿verdad? Seguro que tú también caíste en la tentación de la carne. Fuiste infiel a tu matrimonio. Vaya, vaya…

—Es mucho más complejo de lo que crees.

—Te equivocas, es mucho más simple de lo que nos quieres vender —afirmó Minerva.

En ese momento, desde la lejanía, se empezaron a escuchar las sirenas de la policía.

—Vaya, nuestro tiempo juntos se está acabando —dijo Judith—. Antes de que sea demasiado tarde, tengo una pregunta.

—A ver… —respondió la inspectora, aceptando el desafío.

—¿Cómo me encontraste?

—Por tu apellido. La secretaria me…

—No —interrumpió Judith—. Me refiero a que ayer, con Claudio, conseguiste encontrar mi perfumería. Entrasteis aquí dentro. Preguntasteis por la mezcla de las tres esencias —afirmó la perfumista—. Os vi por las cámaras.

—Soy policía, ¿lo has olvidado?

—Hay más de doscientas perfumerías en esta jodida ciudad.

Ella sonrió y se giró hacia Claudio.

—Yo creo que ha sido la voluntad de Dios —dijo Minerva satisfecha—. Quería fastidiar tu misión y que se jodiera Su Eminencia. Solo eso.

A Judith se le llenaron los ojos de furia.

—No hables de Su Eminencia de ese modo. Ninguno de todos vosotros se acerca remotamente a él. No le llegáis ni a la suela del zapato. No sois ni siquiera dignos de besarle los pies.

—Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros —dijo Claudio—. Evangelio de Juan 13:14–15.

Minerva escuchó cómo los agentes empezaban a gritar y a entrar en la perfumería por el boquete que había conseguido hacer explotando la batería del patinete.

—Judith Delatour, ¿por qué echaste el perfume? —dijo Minerva ladeando la cabeza—. Si no hubiese sido por eso, no te habríamos encontrado tan rápido y tu misión se habría cumplido.

Judith bajó la cabeza y se giró hacia el mueble lleno de botellas.

Minerva se preguntó qué iba a hacer esa mujer. Pero la dejó; los agentes estaban a punto de entrar, era cuestión de segundos.

Judith cogió un frasco y se giró de nuevo. En su mirada apareció una nueva expresión: la rendición.

—Ya lo sabrás. La flor de lis era símbolo de nuestra ciudad y de nuestra nación. La aquilegia, de la infidelidad, y el jazmín, del erotismo y del misterio. Lo que pocos saben es que la aquilegia concentrada es tremendamente difícil de encontrar.

Minerva consiguió leer el nombre del contenido de la esencia del frasco que la mujer tenía en la mano.

Vio de soslayo que los RAID ya estaban entrando en el laboratorio. Alargó una mano y los detuvo a distancia. Algunos agentes se detuvieron y otros empezaron a gritar órdenes. Valeria fue sacada rápidamente por un hombre y los otros se quedaron mirando la escena.

—¿Es difícil de encontrar? —preguntó Minerva.

—Sí, porque la aquilegia, aparte de ser una esencia, si se adquiere en dosis puras y elevadas, también es un potentísimo veneno.

—No, Judith. Déjalo, no merece la pena.

—No sabes qué merezco o no en esta vida. Eres demasiado joven —afirmó Judith—. «Por esta santa unción… que el Señor te conceda la salvación y te conforte».

Minerva intentó lanzarse sobre ella y quitarle el frasco de las manos.

Pero en menos de un segundo, Judith se tragó de un solo sorbo el contenido del frasco.

Ella y el frasco cayeron al suelo.

A Minerva no le dio tiempo de alcanzarla.

Judith empezó a contorsionarse y a sufrir espasmos. Se abrazó el torso de dolor, emitiendo gritos descontrolados. Minerva se arrodilló delante de ella, pero ya era demasiado tarde.

Los RAID cogieron a Claudio y lo sacaron de allí. Otros cogieron a Minerva y se la llevaron a rastras del laboratorio.

Los últimos se quedaron mirando cómo Judith se retorcía y seguía gritando. Minerva se agarró al marco de la puerta para que no la sacaran de allí. El hombre de antidisturbios la empujaba e intentaba que se desprendiera, pero no pudo.

Solo cuando Judith Delatour dejó de moverse, Minerva entendió que ya era demasiado tarde y se dejó llevar.

Mientras cruzaban la perfumería, un agente entró con un maletín de primeros auxilios, como si todavía pudiera evitar lo inevitable.

Al llegar a la calle Minerva encontró a Claudio envuelto en una manta.

Se acercó a él y se lanzó a sus brazos.

Los dos se quedaron abrazados durante mucho tiempo, fundiéndose en un solo cuerpo.

Cuando fue consciente de que ya todo había pasado, Minerva se separó un poco y le habló al oído.

—Tuve miedo. Tuve mucho miedo —le dijo a Claudio.

—¿De qué, Minerva?

—De haberte perdido…