No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 78
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Minerva echó a correr hacia el Elíseo, que se encontraba muy cerca de la perfumería.

El edificio, inexpugnable, era la residencia del presidente de la nación.

Corrió hasta los guardias.

Cuando llegó, el esprint hizo que tuviera que recuperar el aire y le costó hablar.

Mientras, les enseñó la placa.

Explicó a los guardias que necesitaba ayuda, que esperaba refuerzos, pero que no llegaban a causa del tráfico y que necesitaba una intervención rápida.

Estos la miraron como si se tratara de una loca. Su pelo mal cortado al estilo pixie , su vestimenta oscura y sus ojos grandes con delineador le daban una imagen de perturbada, más que de policía seria.

Los guardias se rieron y no le hicieron ningún caso.

Minerva apretó los ojos. Les habría reventado la cabeza a los dos. Estaba en juego la vida de Claudio. Pero esos dos energúmenos que estaban de guardia se reían de ella, de su aspecto, de su acento extranjero o de cualquier otra cosa. O, simplemente, se reían porque era una mujer.

Apretó los puños y reprimió las ganas de dejarlos tiesos en el suelo. Se dio la vuelta y corrió de nuevo hacia la perfumería.

Esta seguía cerrada y las luces apagadas.

Al acercarse, le pareció ver que alguien estaba dentro. Aceleró la carrera y se acercó más. Pudo ver a una mujer que movía los brazos y era reducida por un hombre corpulento.

Al ponerse delante de la puerta, vio cómo ese hombre grande, calvo y vestido de negro cogía a la chica a hombros y se la llevaba.

Pero antes, esa mole de hombre se giró y Minerva pudo verlo bien.

El hombre y la inspectora cruzaron la mirada.

En ese instante los dos entendieron más cosas que las que mil palabras podrían explicar.

En los ojos del hombre, Minerva pudo ver que la reconocía. No habría sabido explicarlo, nadie la habría creído, pero Minerva supo que ese hombre sabía quién era ella.

La confirmación llegó rápidamente.

Sin soltar a la mujer que se retorcía, el hombre acercó el dedo índice a su garganta y recorrió lentamente todo lo ancho que era su cuello, mirando a Minerva.

Luego se giró y desapareció por la oscuridad.

Minerva se quedó sin palabras y sin aliento.

Se acercó al cristal. Como un fantasma, el hombre se había disipado en la oscuridad.

Tenía que encontrar una forma rápida de entrar en esa perfumería. Sacó la pistola y apuntó a la puerta. Al hacerlo, todos los transeúntes empezaron a gritar y corrieron en varias direcciones, alejándose de la mujer armada.

Minerva ni se dio cuenta. Estaba concentrada solo en una cosa: poder entrar en ese establecimiento.

La puerta tenía un marco ancho de aluminio. Se veía fuerte y resistente. Seguramente por la cantidad de productos de valor que albergaba ese lugar, era a prueba de balas.

Desestimó disparar directamente a la puerta. Habría sido en vano y muy probablemente alguna bala podría alcanzar a algún inocente.

—¡Mierda! —gritó.

El tráfico se había interrumpido y la calle se había vaciado de repente.

La gente de los edificios vecinos la miraba con preocupación. Una mujer estaba al teléfono, seguramente llamando a la policía.

—¡Eso, llamad, a ver si conseguís que vengan!

Pero sabía que esperar a que los demás resolvieran su problema era tan probable como que los guardias del Elíseo le prestaran una tanqueta para destrozar el escaparate de la perfumería.

Minerva se giró de nuevo hacia el local.

La idea de usar una tanqueta le gustaba. Lástima que no tenía ninguna. Lo único que tenía era esa maldita pistola que le habían entregado en la DAS de París.

Miró a su alrededor.

A la derecha.

Luego a la izquierda.

Aparte de la pistola, disponía de un patinete.

Un jodidísimo y a la vez bendito patinete eléctrico robado a un repartidor de comida a domicilio.

La clave estaba allí.

Había leído en la prensa que en España habían prohibido subirlos a los trenes, por la inestabilidad de las baterías. Se inflamaban y a veces explotaban.

Decidió probarlo; era su única baza.

Acercó el patinete a la puerta. Lo dejó justo al lado, tocándola.

Luego se alejó y apuntó.

Suspiró y, por primera vez en mucho tiempo, rezó.

Rezó que ese disparo sirviera para algo y que no alcanzara a nadie.

Comprobó que nadie estuviera cerca y volvió a apuntar.

Miró con precisión por la mirilla y apretó el gatillo.

El disparo atravesó el costado del patinete y se clavó en la batería.

El ruido del disparo retumbó en la calle y las pocas personas que había gritaron y se marcharon.

Durante un instante no pasó nada. Ni un sonido. Ni una chispa.

Luego se oyó un siseo.

Minerva lo vio antes que nadie.

El disparo, y la idea, de pronto perdieron fuerza.

Pero luego pasó algo.

—¡Atrás! —gritó por instinto.

La carcasa se abrió con un crujido seco y una llamarada blanca estalló desde dentro. No fue una explosión limpia, sino una furia súbita de fuego y presión. El calor golpeó la puerta de cristal. Los gases, comprimidos, empujaron hacia fuera. La enorme deflagración sorprendió a Minerva.

El vidrio vibró… y cedió.

Estalló en una lluvia de fragmentos mientras la llama devoraba el cristal y dejaba un agujero en la puerta. Los fragmentos crearon una alfombra en la acera y por dentro de la tienda.

La batería seguía sacando humo, llamas y leves siseos.

Minerva arrastró el patinete, cogiéndolo por la rueda trasera, y este cayó en medio de la acera. No esperó a que el humo se disipara. Dio varias patadas al cristal hasta que tuvo el espacio suficiente para poder pasar.

No se lo pensó más y accedió.

Llegaba tarde y, a pesar de los humos tóxicos, la vida de Claudio era mucho más importante.

Cruzó la perfumería rápidamente. Luego se encontró el pasillo. Siguió las luces hasta encontrar lo que estaba buscando, aunque posiblemente ya fuera demasiado tarde.