No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 77
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El paso del aire se estaba cerrando.

Así acabaría Claudio Addante: ahorcado delante de su exprometida.

Valeria se tapó los ojos con las manos para no ver la escena.

La Asesina del Sexto Mandamiento había sacado de un armario un cuchillo afiladísimo y el último cáliz.

Se acercó y cortó los calzoncillos de Claudio. El seminarista, maniatado y con la soga que apretaba cada vez más, quedó completamente desnudo.

—Dejadme hablar un momento, por favor —intentó decir con un hilo de voz.

Judith se detuvo al escucharlo.

—Está bien. ¡Rufus! Un segundo.

El hombre gruñó y soltó ligeramente la cuerda.

—¿Qué quieres? —dijo Judith.

Respiró otra vez.

—Déjala marchar. Ella no ha hecho nada.

—¿Ella? —preguntó Judith indicando a Valeria con el cuchillo.

—Sí, dejadla marchar. Ya me tenéis a mí.

Judith se rio a carcajadas.

—Nuestra cruzada se termina hoy y tenemos que concluir con el sacrificio de los dos amantes de Trapani. Tú, el seminarista impuro, y ella, la traidora infiel —dijo Judith acercando la punta del cuchillo al cuerpo de Claudio.

Posó el cuchillo debajo del pene del seminarista y enarcó las cejas de forma apreciativa.

—Qué lástima, un miembro tan grande y hermoso, y te lo vas a comer en breve. Pero será tu redención.

—Mi redención es rezar, no ser asesinado.

—Es un sacrificio, no un asesinato. Lo que importa es el mensaje que estamos dejando —afirmó Judith, miró a Rufus y este asintió.

En el mismo momento en que Rufus iba a dar otro empujón a la cuerda y dejar colgado definitivamente a Claudio, Judith agarró el miembro viril del seminarista con la mano.

Alargó el cuchillo y lo apoyó justo donde tenía que cortar.

Una ligera presión con aquel cuchillo afiladísimo y el miembro estaría separado del cuerpo al instante.

Después, la sangre caería en el cáliz dorado.

Una vez acabada esa operación, llegaría el turno de Valeria, la otra pecadora.

Rufus inspiró y se dispuso a dar el último estirón a la cuerda.